Adiós Bagdad, Bagdad Café

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Mi mala cabeza me impidió ver Bagdad, cuando todavía uno podía creerse allí en el cielo, según me contaron viajeros fiables. Tampoco viajé a Jerusalén, porque me confundieron con un espía marroquí, y eso que entonces tenía pinta de jesuita. Total que mi vida ha sido un ir y venir por la nostalgia. ¿Y Beirut? En París se iba y venía en aquellos tiempos a la capital del Líbano como a la Costa de Azul. Tuve que conformarme con lo que me contaban mis amigos y con una película primorosa, Caramel, con dos actrices que hacen mis sueños menos terribles, Nadine Labaki, igualmente directora, y Yasmine Al Masri. Y era en 2007.

Desde entonces, llegaron los millones de caballeros del Apocalipsis, esos bichos chinos que nos corroen el alma y nos chupan la voluntad de vivir y, sobre todo, de esperar una vida mejor. Beirut y Jerusalén en realidad son las heridas abiertas de un fracaso. Como Nueva York, que ya no tendré tiempo de volver a ver. Viajero muy particular he sido y cuando estuve en la ciudad de los rascacielos y en la de Frank Sinatra, pasé todo el rato refregándome con las carrocerías de los taxis y admirando el amarillo, que curiosamente es mi color preferido, el de Van Gogh. Luego fui a Amsterdam para impregnarme en su museo del amarillo Van Gogh. Y llegué a la conclusión de que el inventor del amarillo de los taxis neoyorquinos era el mismo. No sé si me entienden.

La película libanesa Caramel tuvo la virtud de curar mis heridas durante un buen rato de años. Me bastaba con recordar una escena y recobraba esa sonrisa que perdí no sé ni cuándo. Hasta que un día de 1987 apareció en las pantallas Bagdad Café, de Percy Adion y fui tontamente feliz por un tiempo más largo. Hasta me enamoré, cosa corriente en mí, de Marianne Sagebrecht, la protagonista, pese a que no cumplía todos los requisitos de lo que yo esperaba de la belleza. Luego o durante salió una canción que es un himno de los desesperados que como yo hemos vivido siempre en un lugar perdido del desierto de Mojave, esperando la esperanza, que siempre se hace esperar y a veces, muchas veces, ni nos llega.

Siempre he soñado con que una mujer oronda, totalmente ajena al bikini y a la estética corriente, se enamorara de mí. Y no me ocurrió porque ya las mujeres no son como ellas. Son cualquier cosa. Todas igualitas de remilgadas en el peso, en la talla. Marianne, la viajera que aterriza en el café arruinado y perdido, es la alegría de vivir hecha carne, repleta de vida como son los gordos, como yo fui cuando pertenecía a ese club.

Juré por todos los santos del calendario que un día iría a Mojave para ver el lugar del rodaje de la película y encontrar algo del Bagdad Café. Pero las mil y una noches me rehúyen, no me dejan entrar en su fantasía. Tuve que conformarme con la canción, con la foto, el recuerdo y esa señora Nostalgia que creo fue hasta niñera mía antes de convertirse en mi amante. Me hubiese gustado llevarme a la gorda protagonista a Nueva York y pasearla en un taxi amarillo hasta que viéramos clarear el día por una ventanilla, en la que caería la lluvia cansada de una madrugada de primavera. Porque para eso está el cine, para soñar, para llorar, para amar, para sonreír y tratar de escapar a la mediocridad de la vida. Para millones de personas la canción, aquella canción inspirada en el desierto de Mojave y en la pena que la turista alemana Jasmin quiere enjugar en aquel lugar perdido, ha sido también un paño de lágrimas.

Por supuesto que tampoco estuve en ese desierto. Finalmente mi vida se ha definido en un querer y no poder o querer y no querer desesperante. Desde entonces, todos los cafés que me parecen idóneos se llaman Café Bagdad. Imagino que el presidente norteamericano Bush, de odioso recuerdo, lo conocerá y se le pondrán los pelos de punta (¿tienen pelos de punta los malos malísimos?) cuando oiga la canción, si es que la entiende, porque los alcohólicos arrepentidos pertenecen a una raza o algo aparte. ¿Recordará aquel glorioso presidente, como han sido todos los presidentes de los Estados Unidos, autorizados para matar y con ganas de matar, cuando dio la orden de que el presidente Saddan Hussein de Irak, al que él atribuía la posesión de armas diabólicas que nunca aparecieron, fuese ahorcado de la peor manera?. Las imágenes están por si algún día, qué risa, hay un nuevo Nuremberg para juzgar a criminales de la humanidad.

De Mojave a París no hay a veces más que un paso. Estábamos en julio de 1958. La suerte insolente de un reportero novato hizo que una bonita persona morenita y apocada me concediese una entrevista en su piso de París. Era la princesa Fazilia Ibrahim de Egipto, que había hecho escala en la capital francesa para ir de compras antes de volar a Irak a casarse con el rey Faisal.

Me ofreció un té en el piso que le había cedido no sé quién en París y charlamos un poco, aunque era muy tímida. Pero mi instinto me decía que lo principal era fotografiarla junto a una foto en un bello cuadro desde donde le sonreía en una mesita el rey de Irak. El 14 de julio, día de la Fiesta Nacional en Francia, el rey Faysal de Irak era asesinado. Y mis fotos se vendían como rosquillas. Es indecente pero entonces lo que me pagaron por esas instantáneas me aseguraban mi almuerzo de dos huevos con un café creme por unos cuantos meses. Fui mucho después cuando estuve en Nueva York oliendo la pintura de los taxis y más aún cuando me metí en el museo de Van Gogh en Amsterdam. Y no me quedó de tanta cosa más que la música de Bagdad Café.

Algo es algo.

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