Amaar

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Creo que si pudiese ver de nuevo, aunque fuese un ratito, a cada una de las mujeres que he amado, he creído amar o me han amado o me dijeron que me amaban, me iría al otro mundo con una sonrisa, que no aparece en mis labios desde hace bastantes años. Porque lo que siempre me ha ocurrido es que todos mis amores, no hablo de idilios de una noche de verano o de un cóctel atravesado por el güisqui, han sido serios, fuertes. Dicho de otro modo, siempre que he dado con una mujer conquistable era para toda la vida, al menos en mis pensamientos. Fui siempre un enamoradizo constante y machacante. Pude amar a dos o tres mujeres a la vez pero siempre de veras, convencido de que me casaría con las tres, aunque los detalles nunca los menee mucho en mi cabecita.

Un amigo ciego que veía todo lo que yo era incapaz de ver con mis bellos ojos negros me explicó un día que ese defecto de amar a las mujeres sin hacer asco a casi ninguna era una herencia. Afirmaba que él había sido ayudante de mi padre, un coronel del Ejército de Francisco Franco, cuando una estrella quería decir algo, y que le conocía como nadie, “aunque yo ya estaba ciego cuando me destinaron a su cuartel general, porque decía el Alto Estado Mayor que yo tenía mucha valía”. Luego supe que lo que tenía es lo que se llama vulgarmente enchufes y negocios extra militares, no, nada de espionaje, pero cosas que daban mucho dinero y que sin él eran inviables·.

El caso es que decía que conocía muy bien a mi progenitor al que acusaba de ser un mujeriego pendenciero, calidad o defecto que atribuía a su perfil de actor italiano a punto de entrar en Roma al frente de sus tropas después de la II Guerra Mundial. Pero ahora que me acerco a otro lugar del que tengo alguna referencia pero pocos conocimientos, por no decir ninguno, me doy cuenta de que tal vez fui un poco ligero de cascos y que seguramente es preferible amar a una mujer a la vez. Un psiquiatra que me encontré una noche en un cóctel en París me explicó que la poligamia es lo propio del hombre. “¿Por qué se cree usted que casi todas las religiones e iglesias varias prohíben que se tenga varias esposas, amantes o novias? Solo los musulmanes aceptan la poligamia y casi siempre está limitada a dos ejemplares”. Le expliqué mis enamoramientos y después de haberse tomado su cuarto Manhattan concluyó que en mi caso (no entendí esta parte porque yo me consideraba casi normal salvo ese defectillo de las mujeres) era fácilmente explicable. Me dijo que cuando se tiene un padre militar de estrellas que no tiene ni la delicadeza de reconocerte en el Juzgado se produce un retroceso mamario que “para que usted lo entienda, le provoca un salto hacia la prima infancia y por lo tanto hace que no pueda vivir lejos del pecho de una mujer, de preferencia bonita, joven y enérgica”.

Desde aquella conversación me sentí más tranquilo y seguí enamorándome de dos o tres mujeres al mismo tiempo. Lo más difícil en estas relaciones mías eran los finales de mes, porque con un sueldo de periodista era difícil mantener dos o tres idilios, sí, porque yo tenía la manía de enamorarme siempre de mujeres muy jóvenes, caprichosas y acostumbradas a creerse que el dinero era una cuestión de voluntad y que, por lo tanto, yo tenía que tenerlo en abundancia. Mi vida sentimental, yo siempre fui algo parecido a Peter Pan, se asentó bastante cuando conocí en París a Juliette. Era una morena impresionante de ojos verdes y un cuerpo que no había visto ni en el cine y estudiaba cuarto de Medicina en un hospital de París. Cuando se dio cuenta de la vida que yo llevaba y mi fijación por las damas, amenazó con caparme, y cada vez que estábamos juntos tenía un bisturí en la mesilla de noche, amenazándome con enseñarme como lo manejaba si durante el acto carnal o siquiera entre sueños se me escapaba otro nombre que no fuera el suyo.

A ustedes les parecerá una broma pero para mi se convirtió en una obsesión. Empecé a ver a Juliette cada vez menos con mil pretextos porque no se me iba de la cabeza la imagen del bisturí, que una noche de intimidad me pasó por todo el cuerpo, despacito, como los indios de las películas cuando iban a descabellar a un blanco, y aquello dio u giro de 180 grados, por lo menos de 90, a mi virilidad. Y un día comprendí que lo mejor era casarse, tener hijos y olvidarse del pasado. Y de ahí mi arrepentimiento y el deseo de volver a verlas a todas, separadas de preferencia. Pero, ¿y si vuelvo a liarme otra vez?… Esto es un cuento que me contaron y que yo les cuento como me lo conto

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