Amar con dos ruedas

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Me había enamorado locamente. Ustedes que tienen mi edad, es decir que ya hablan con Jesús sobre compras que llevarle, si no han conseguido ese instante supremo, y más que supremo aproximado, no lo lean. Los otros que creen en los amores tardíos lean. Aparecía todos los sábados, momento del mercadillo de los sábados en mi isla africana hundida en la salida al mar pero no a las ilusiones y ni siquiera a la esperanza, sentada como una jabata en lo alto de su silla de ruedas con su sombrero del Oeste y una camisita que me recordaba a las cantantes de country. Detrás de su carricoche, cuya fuente energética eran sus dos bonitos brazos, arrastraba un aparato reproductor de sonido, algo más que un altavoz pero menos que una orquesta sinfónica. Aterrizaba en mitad de la fiesta de los pobres, gente que vendía cualquier cosa, la mayoría para comer a mediodía o por lo menos para echarle gasolina al coche que les había traído con todo lo que habían encontrado en casas de unos y otros y que ellos pretendían vender, por lo menos para un bocadillo. Casi siempre parejas unidas por la desgracia de la pobreza, que por la noche serían enamorados como los demás. Ella, la mujer de la silla de ruedas y su sombrero de vaquero, a mí siempre me recordó al que llevaba Stewart Granger, se situaba donde le daba la gana y ponía su reproductor, pobre reproductor sin mucho sonido. Como por un milagro, quizá Jesucristo estuviese vendiendo algo, el mercadillo entraba en fase silenciosa, Y se oía su voz, maravillosa en inglés, cantando canciones que todos conocíamos, que todos habíamos tarareado en algún cumpleaños feliz y que nos enamoraba. Dejaba que sus labios sacaran los sonidos de Bob Dylan, de un Sinatra o de cualquiera que supiera cantar. Porque aunque ella no tenía orquesta sinfónica ni la tendría nunca, su voz era única. Cantaba y escuchabas. Se callaban todos. Y formábamos un grupito al lado de ella para que no se nos escapara ningún sonido de su garganta- Me miraba con sus ojos azules de película musical y a mí se me hacía un nudo en la garganta. A mí y a algunos otros, u otras. Todos estábamos enamorados de ella. No les cuento cuentos. Cuando se tiene mi edad no se dice más que la verdad que un notario habría certificado de las dos manos. Y en ese momento pienso en que me hubiese gustado sacar de su silla de ruedas a mi norteamericana, hablar inglés con acento de Kentucky que un día aprendí por no sé que no les voy a contar, y hacerla bailar en la plaza, donde su voz ronca, bellísima, o será el enamoramiento, hasta que los dos nos cayésemos al suelo. Venía todos los sábados y yo cada sábado me enamoraba más de ella. Y no sé qué pensaría ella. Cuando sus ojos azules me miraban sin parpadear yo era feliz, muchos hombres serían felices. Un día del año del coronavirus, es decir del fin del mundo que hasta entonces había tenido esperanzas, ella desapareció. No se vio de pronto, hacia mediodía, como era costumbre, saltar su carromato desde una acera alta y ella con una sonrisa de Circe saludar tímidamente. Se acabó mi historia. Una más. Un enamoramiento más. Ya no bajé más al mercadillo en busca de su maravillosa sonrisa. Porque no hablábamos mucho. Nos sonreíamos. Un día le pregunté so quería que la acompañase y me sonrió con sus maravillosos labios llenos de dientes de esperanza. Es probable que ya tuviese otro amor, otra esperanza. Es la puñetera vida.

 

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