Amarillo era el El Porsche

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

La pantalla del ordenador me ha amanecido encharcada de pintura amarilla. Escribiré en el cuaderno azul a 0,70 euros. La pintura es la misma que me impresionó hace más de un tiempo. El Porsche amarillo de dos mil años, cuando Jesucristo moría inútilmente en una cruz destartalada. Como para caerse y matarse, a sabiendas de que no redimiría a la humanidad pecadora. Él vocifera en arameo y le da gritos al cielo que ni caso. Me refugio en una casa grande de Ámsterdam con luz de ronda nocturna y allí está el sacrificio del hombre Van Gogh: una planicie de amarillo que nunca he olvidado.

Tomo el último descafeinado con leche. Nunca más, never, jamais plus. Calle estrecha y día de mercado con harapientos turistas británicos. El Porsche amarillo se ha parado a dos metros de mi último sacrificio. Al pintor le habría gustado manejarlo. A mí también. Para nosotros es el fin de un mundo. Dos mil años y pico después del mismo día, casi a la misma hora, un güisqui con una porrada de cine, con Billy Wilder chorreando entre el vapor del frío y Marilyn agarrada a un enorme cacho de hielo, casi tan grande como el que hundió al pretencioso trasatlántico “Titanic”. me calma la célula rebelde del hemisferio derecho que a ratos quiere enloquecerme.

El Perrier acaba de lavar mi mala conciencia de perdedor. Años 60, París, cuando era capital del mundo, no ciudad provinciana y turística. Reinaba el cha cha cha y el twist, que paladeábamos en medio de las largas y decentes faldas de regio tejido que enaltecían la belleza de muchachas sin más maldad que la de sobrevivir apenas con champán bien frío (frappé) y canapés recién sacados del horno por los guantes blancos de un maître d’hôtel vestido por Hitchcock, el Alfred que nunca pudo adelgazar. Tiempos de mambos locos y de coches rápidos. El Marqués de Portago se mataba en las 24 Horas de Le Mans, aquella carrera hecha para hombres y no para esos muñequitos de la Fórmula 1 instalados en auténticas cápsulas espaciales. Matarse en un circuito era cosa de hombres no de ingenieros. Paul Newman había paseado su Porsche 936 por Le Mans. Era antes de que se muriera de mala manera y a pie, ya me entienden. Pero ya antes de antes, siempre hay un antes después de un mañana con puntos suspensivos, el locuelo James Dean se había hecho polvo a finales de septiembre de 1955 con su Porsche 550 A Spyder. Nadie llegó a saber si el muchacho al que tan poco le gustaban los barberos hubiera podido ser Marlon Brando. No se dio tiempo y tuvo razón. No hay que dar nunca la ocasión de que se demuestre lo contrario.

No epato ni provoco al lector. Sólo informo, confieso. La mañana no está para más gaitas. Luego, ya entenderán ustedes que los periodistitas que éramos en el París de todos los sueños realizados nos apasionamos por el Porsche, el coche más caro, al que nunca tendríamos acceso. Tiempos aquellos, como los de hoy, en que la categoría social se te media por lo que condujeras. Yo casi lo conseguí. Con los esfuerzos de muchos plazos y mucha amistad, un amigo del sur de Francia, corredor de rallyes más apaleado por la carretera que los malditos de Mayo del 68 por el general Charles de Gaulle, el hombre que no se reía jamás, que no sonreía más que para epatar, me vendió uno de sus automóviles, un Triumph Dolomite Sprint. No me entusiasmó que tuviese cuatro carburadores, tres escapes, “overdrive” y estuviese forrado de madera noble y cuero finísimo cuyo olor me recordaba a una noche que pasé recién llegado a París en un inmenso y lujosísimo piso en la exclusiva Avenida Foch. Aquella noche, era demasiado jovencito y estúpidamente carente de seso, dejé escapar a la mujer que pudo ser. Ya no me acuerdo como se llamaba, pero tenía la belleza de la madurez y el poder del dinero y yo quizá hubiese podido ser su Rastignan.

El Triumph Dolomite Sprint rugía como en aquellas películas de mi existencia, casi con tanta prestancia como el Ford Mustang GT de Steve MacQueen transformado en el impenetrable Bullit y con la bella francesita Jacqueline Bisset esperándole en una casa inclinada de San Francisco cuando se le acababa la gasolina de vivir. Los gendarmes me adoraban y me soportaban cuando me pescaban con demasiada velocidad y con mi carné deprensa en la mano y una sonrisa de veintitantos años. Hoy les enseñas una credencial y puede que vuelan a abrir Sing Sing para encerrarte una buena temporada. Hasta los gendarmes creían que los periodistas éramos personajes importantes. Lo que me había enamorado de aquel Dolomite Sprint, que creo terminé de pagar hace poco, es que tenía la carrocería pintada del amarillo que Van Gogh había inventado cuando Jesús agonizaba. Era como pasearse con un cuadro suyo por París. Un día dejó de quererme. El mecánico de alta competición que se encargaba de su complicado corazón me lo anunció sin andarse por las ramas: “Elle t’aime plus” (Ha dejado de quererte, y fíjense que en francés el coche se declina en femenino). Lo entendí cuando le miré los faros apagados en aquella calle alta de un barrio elegante de París donde en una clínica vecina yo acababa desaber que otras ilusiones mías tampoco me amaban. Y tuve que abandonar el Triumph en el bordillo de la acera y mis ilusiones de Rastignac en el bolsillo derecho de la chaqueta según se entra por el forro parece que hasta era domingo, uno de esos domingos soleados que sólo conoce París, cuando en el mes de mayo surgen de todas partes pajaritos que no has visto nunca – y sonó el timbre de la puerta. Al abrir me encontré con dos enormes gendarmes con sus respectivos kepís. Daban la impresión de que habrían pagado cualquier cosa por encontrarse lejos de aquel rellano. Pensé que mi hija y su novio habrían hecho cualquier tontería y que estos señores venían para explicarme… Y me lo explicaron tras muchos titubeos, pero no me contaron lo que yo había imaginado. Corinne se había matado. Un rato largo después, sin entender todavía nada, me llevaron a un garage de un pueblo cerca de París. Allí había un féretro abierto y dentro la cara más bonita del mundo. La niña, mi niña, mi única esperanza de vida, tenía el dedo meñique roto y al parecer no le dolía. Sus ojos profundos estaban cerrados pero suscejas negras y de una belleza insolente para una muerta (como si fuese egipcia de la estirpe real) daban escalofríos de vida.

Otra nueva crisis, fuerte y tan desagradable como las demás. Un médico argentino, que afortunadamente no es amigo mío, me pregunta si no he pensado en adelantar el trasplante comprando un lóbulo de hígado por mi cuenta. Apenas me cree cuando con mi más infinito y despiadado cachondeo le cuento que en España la gente es muy suya y no se vende a trozos en el mercadillo de los sábados. Estamos todos locos. A un escritor muy conocido, amigo, le cuento lo que me sucede en un correo electrónico. Se ha hecho el tonto. Y lo entiendo. Las desgracias son para uso exclusivo del o de los que la padecen. Ni son exportables ni compartibles. Cuando ocurrió aquello con Corinne, mi angustia era tan inmensa que no sabía dónde meterla. Se me ocurrió decírselo telefónicamente a un amigo, creía yo que lo era. Acogió la noticia, él que la conocía, que la había tratado, que era amiga de sus hijas mayores, como si le hubiese anunciado su próximo asesinato por talibanes criados en los barrios bajos de Sevilla. Me contestó muy secamente que cómo se me ocurría llamarle para darle semejante noticia. Nunca le odié porque le comprendí. Hay gente convencida de que la desgracia es más contagiosa que lo fue la tuberculosis. Únicamente un compañero cubano, al que conocía muy poco, me animó cuando le hablé de lo que tenía ahora en casa diciéndome que la desgracia tiene patas y que se va como llegó. El pobre se tropezó con un infarto que lo mató antes de que tuviese el gusto y el placer de presentarme a sus alumnos de periodismo para unas lecciones que yo le había prometido darles. Desde entonces evito dar comunicados cuando las cosas no van. Me los guardo con la tonta esperanza de que otros ojos verdes vuelvan a iluminar mi vida. En esta bullanga de la encefalopatía te encuentras tan solo que llegas a temer perderte en tu cuarto, como la cucaracha de Kafka vestida con la elegante levedad del ser de Milan Kundera. Es más, crees que a lo mejor tú tienes ácido bórico en el cerebro. Cada día lo llevas peor. No sé cómo se siente la víctima directa cuando el amoníaco invade partes claves de su cerebro. Entonces puede arrancarse una prótesis dental firmemente anclada. Como cuando se sacó el yeso que le habían puesto tras su primera caída. El traumatólogo creyó que le gastábamos una broma al contarle lo que había sucedido. Porque todo puede ser normal en la vida del enfermo hasta que el amoníaco se pone bravo, repentinamente, sin aviso, sin saber por qué. Me parece que ni siquiera los médicos saben realmente lo que es vivir con esta guerra química no declarada día y noche. Supongo que andar por un campo minado debe de producir la misma sensación de fatalidad. El mundo en que ella juega durante sus crisis me está vetado a mí y a los demás. Nadie sabe qué ocurre en su cerebro, en sus entrañas en el momento preciso en que su escritura se vuelve garabato, como si estuviese codificando un mensaje para acceder a otra dimensión. Un lugar al que el testigo no tiene ningún acceso posible. Cuando se han cerrado las puertas del entendimiento, casi siempre con un portazo inesperado, como si una bocanada de viento hubiese arrastrado la puerta en un gesto de malhumor, se queda encerrada en algún lugar que sólo ella sabe, pero que olvida. Porque cuando vuelve de ese dominio de Alicia, no sé si en un país de maravillas o en algún infierno apartado, no recuerda nada, o apenas, en todo caso suficientemente poco para no sufrir. Esto es al menos lo que creo. He probado a espantar el ensimismamiento de varias maneras, incluso con un grito de enfado. Entonces trata de obedecer, de hacer lo que le dices, palabras que le llegan en esos momentos muy despacio, casi ininteligibles.

Cuando surgen los brotes siempre me las arreglo para que no haya nadie con nosotros. La maldad de la gente es infinita. Tienden a infantilizar al enfermo, a hacerlo entrar en regresión, manejarlo. En ese momento, el amoníaco ha ganado un tonto de pueblo más. Odio a esa gente, como aquel individuo, amigo dice él, que una noche, cuando la pobrecita trataba de luchar por la razón en una reunión, se burló de ella con otro comensal. Odio al mundo entero por su maldad, su indignidad, su falta de generosidad. Odio a todos esos criminales de mentes, auténticos genocidas de la generosidad. Cuando hay calma me hago la pregunta del millón: ¿por qué? Estas partidas, no se hagan ilusiones, se juegan sólo entre dos.

Nueva visita al médico, al psicólogo. Uno me dice que los desastres que pueda causar la encefalopatía antes del trasplante de hígado no habrá quien los quite. Detendrá la enfermedad pero todo lo que haya antes… Para el testigo, porque sigo creyendo que la víctima vive en su particular limbo, lo más espantoso es la incomprensión. Hasta los analfabetos creen saberlo todo y te dicen cómo actuar y hasta cómo curarla. La estupidez no tiene fronteras. Einstein le temía y por eso se reía de su propia estampa. Un buen día te levantas, una vez más, con el ánimo roto, y crees que tú también te estás volviendo loco porque no entiendes nada, porque no te cabe en la cabeza tanta maldad de la vida. Pero en el fondo lo que te sucede, muchachito, capullito de alelí, es que no sabes qué hacer. Tu ego te atormenta. Eres un inútil, incapaz de hacer frente a un gas que debería confundirse en excusas y marcharse con sólo abrir una ventana, por pequeña que sea. Son muchas las veinticuatro horas del día, salvo cinco o seis de sueño, para estar volando constantemente sobre el nido del cuco de Milos Forman y Jack Nicholson. Aunque últimamente yo he tomado el último vuelo de Brasilia para Manaus, que viene a ser lo mismo. Dos amigos médicos a los que he confiado mis angustias de locura están convencidos de que exagero mis capacidades para llegar a ese extremo. Lo dicen con el desprecio del profesional hablando al lego. También es verdad que son imbéciles de nacimiento y que no les vendría mal chutarse un poco con amoníaco, aunque fuese con tónica y con hielo. El teléfono es un artilugio del diablo del que un periodista no puede desprenderse, máxime desde que existen los móviles o celulares. Me ha perseguido toda mi vida y en un momento, creo que en los años ochenta, llegué a temerle como esa vara verde con la que se castiga la imaginación. En París, un terrorista de la organización vasca ETA, cuya vida giraba entre la traición y el deseo de poder regresar a España sin tener que rendir cuentas a la justicia, se empeñó en que yo le sirviera de introductor de embajadores. Fueron tres meses de auténtico suplicio. Cada vez que sonaba el teléfono en casa – pese a haber cambiado el número dos veces a mis hijas se les demudaba la cara. Sabían que quien llamaba, por el momento del día, podía ser el “señor Cano”, nombre supuesto de aquel hombre elegante cuyo rostro cambiaba en cada uno de nuestros encuentros. Llegó un día en que tuve que confesarle que en España nadie quería saber nada de él. Entonces, sus llamadas se volvieron más insistentes y amenazadoras. Nos vimos por última vez en la estación de Lyon de París. Mientras charlábamos en un bar que él había elegido, se oyeron estridentes sirenas de policía. Rápidamente abrió una bolsa de deportes que tenía a sus pies y su mano derecha sacó una bomba de mano. “No tengo nada que perder. Si vienen…”. La policía, afortunadamente, no estaba buscando al señor Cano. Días después desapareció de mi teléfono y de mi vida. Dos semanas más tarde, un periódico informó de la muerte en un tiroteo de un correo de ETA en el sur de Francia, cerca de la frontera. ¿Era el señor Cano que quería pasar al otro lado? Cuando me instalé en el sur de España, una mañana se recibió una extraña llamada telefónica pidiendo nuestra dirección exacta. Para los demás la atribuí a un mensajero despistado. Pero desde entonces no dejo de pensar que un día la sombra del señor Cano podría volver a perfilarse en mi vida.

Hoy mi fobia del teléfono se debe a que es él quien me tiene que decir que hay un hígado disponible. Esperas que te avisen un día, aunque al mismo tiempo lo temas, porque nadie garantiza nada. Cada día que pasa me pesa más esa soledad imparable en medio de multitudes. Para consolarme, de vez en cuando, cuando el optimismo me visita, me convenzo a trancas y a barrancas de que el trasplante de hígado está a punto de llegar y que entonces todo se acabará y habrá una nueva vida. Nuestra locura se esfumará y comeremos perdices. El hombre es el bicho sin plumas más desconcertantemente ingenuo de todos los universos. Cuando las cosas nos van regularmente mal nos aferramos a la idea que debe liberarnos, en mi caso la aparición de un hígado nuevo. Llevamos muchos meses esperando que el teléfono suene para anunciar la buena nueva. Ella lleva viviendo la cirrosis biliar primaria desde hace muchos años. Desde que nos casamos en un pueblo andaluz lleno de cotillas y creímos que la vida nos ofrecía un paseo por la gloria. Y es cierto que tuvimos años gloriosos en los que el amor tuvo tiempo de darle rienda suelta a la felicidad. Fuimos felices durante años. Viajamos, hicimos locuras, viajamos. Madrid, Brasilia, París, La Habana y un sin fin de sueño. Acabábamos de regresar a Fuengirola para asentarnos lejos de France Presse cuando empezaron a encenderse las luces de alerta. Un par de hemorragias esofágicas, intervenciones urgentes y salvajes para detenerlas fueron las primeras señales. Empezamos el calvario de los hospitales. Sin olvidar esas clínicas privadas y siniestras que en España llegan a la caricatura más espantosa, donde antes de mirar si te vas a morir te piden una tremenda cantidad de dinero como garantía de que no te escaparás por una ventana del quinto piso vomitando bocanadas de sangre y muriéndote a cachos.

Yo creía que este trato inhumano y más que vejatorio era ocurrencia de los países pobres de la muerte. Hace unos años, a raíz de la devaluación del real, la moneda brasileña que era orgullo de la estabilidad monetaria en América Latina, me hospitalizaron por algo que pudo ser un exceso de estrés debido a los días que pasamos tratando de comprender el fenómeno económico que se estaba produciendo, único en aquel momento, y de hacer que lo entendiesen los lectores. Me llevaron al hospital más lujoso de Brasilia que, como no todo el mundo sabe, es la capital de Brasil. Al llegar, mi secretaria tuvo que depositar una serie de cheques de garantía pese a que yo exhibía orgullosamente la tarjeta de una de las aseguradoras más poderosas a nivel mundial. El negro de la recepción se partía de risa explicándome lo que a él se le ocurría hacer con aquel trocito de plástico. Y, desde entonces y durante tres días, cada vez que se me acercaba un médico, automáticamente ascendido a especialista, mi secretaria tenía que rellenar un cheque con ceros suficientes como para acabar con parte de la fiebre amarilla en el país. Nunca se me olvidará que el risueño recepcionista soltó su más sonora carcajada cuando le pregunté qué haría él si se le presentase un harapiento brasileño a punto de morirse: “Pero, bueno, señor, ¿usted cree que se le ocurriría venir a mi hospital”?

Volví a acordarme de él años después cuando en Málaga tuve que encararme con una repulsiva empleada rubia de una clínica privada en la que mi esposa había sido internadacon una hemorragia de esófago. La tipa aquella maldita se reía igual que el negro al invitarme a entregarle Inmediatamente y como garantía de mi buena voluntad la brutal suma de tres mil euros. “Luego, ya le diré lo que tiene que ir pagándome”, agregó con una sonrisa casi más grande que su boca de días mejores.

La España de la medicina privada es espantosa. Muchos españoles, en su mayoría zafios, orgullosos y de una chulería asombrosa, prefieren las clínicas de aparente lujo, con habitación individual, canapé de falso cuero mil veces lavado con estropajos multiusos para arrancar sangre, esperma y Dios sabe cuanta guarrería más. Les importa poco que los médicos sean maquinitas tragaperras sedientas de billetes de 200 euros. Con las hemorragias, y como en el Bombay de la colonización británica, llegaron para nosotros las lluvias tropicales de la inquietud en todas las esquinas. Cuando apareció la locura de la encefalopatía comprendí que siempre puede ser peor, que no hay que quejarse de las cosas, por malas que nos parezcan, porque la vida siempre tiene recursos de sobra para sorprenderte con una maldad apocalíptica. Nada es peor que lo que puede llegar. Y llegó. Tina perdió la chaveta una mañana en la que, como de costumbre en Fuengirola, el sol se disponía a hacer su triunfal paseíllo para los turistas tarados del norte de Europa que se refugian en esta costa del nunca jamás en busca de la fuente de juventud que creen vislumbrar en los rayos del sol que les calientan huesos salidos de guerras como Irak o Afganistán y para los más viejos tal vez de Vietnam o incluso, quién sabe, de la guerra de los boers. En el cataclismo de esas vidas hechas de sombras y silencio del bienestar, se meten en mis playas en espera de que un Ulises de pacotilla les indique la ruta hacia Ítaca. Pero los muy bestias saben que nunca desembarcarán y que no les esperará ninguna Penélope bella, enamorada y fiel a su manera. Sus Penélope calientan en la misma playa sus enormes michelines salidos de una fealdad anatómicamente importante en espera de que el sol consiga el milagro de la juventud y, quién sabe, ser anglosajón y norteño europeo es muy complicado, les devuelva la fertilidad o por lo menos el poder de sentirse atravesadas por un pene cariñoso y comprensivo que les recordará que la vida no está compuesta únicamente de ginebra en la que, dicen, se bañaba aquella fea reina del United Kindong que tan bien suena en boca de un anglosajón.

Ya sé, me voy por los cerros de Úbeda porque no quiero hablar de lo esencial, recordar los doce meses de la ignominia, no sé cuantas semanas, para que diablos voy a contarlas, en los que ella dejó de respirar el aire de la vida y yo dejé de ser hombre. Fue cuando más que nunca me refugié en la escritura, esa amante que nunca me ha fallado y que todavía me permite abrir una ventana sin que necesariamente me den ganas de saltar alegremente los siete pisos que me separan de la calle.

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