Amigos hasta la muerte

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Se puso a hacer un recuento de los amigos que le quedaban y pronto paró de contar. Entre los cementerios de París y de La Habana tenía algunos que le habían sido fieles hasta que un día se desvanecieron. Porque tuvieron la vergüenza de no anunciarles que pronto se irían pese a que lo sabían desde hacía tiempo. Pensó en los vivos y contó hasta cuatro. Solo le quedaban tres amigos y una amiga, que en otros tiempos fue algo más, mucho más. Pero la vida te da lo mejor cuando todavía no puedes apreciarlo a fondo. Y no haces caso, porque imaginas que siempre estarán en algún teléfono. Lo terrible es cuando la agenda se vacía. Y luego estaban los arrepentidos, que de pronto habían decidido que ya no valía la pena contar con tus opiniones o simplemente tu conversación. Todo por el jodido oficio. Estaba seguro que un carpintero tenía relaciones más fieles que las que puede tener alguien que es periodista o que escribe sin más. La envidia, el orgullo manoseado, la locura de creerse lo que no se es. Cuando todavía estaba en actividad su agenda era un cuaderno. Los fieles cabían en un bloc pequeño, pero en estos tiempos del Coronavirus, terrible momento de la puñetera humanidad, las hojas no tenían más que nombres rayados. Había abandonado Europa y se había metido en su isla africana pensando en una nueva vida. Pero no hay vidas nuevas, todas son viejas. Naces con un itinerario que hay que seguir cueste lo que cueste. Antes había cambiado tres veces de país, esperando que encontraría lo que ya no tenía, la esperanza de vivir con una copa de güisqui en la mano que no fuera de desesperación, sino la celebración de un brindis con una sonrisa en los labios y unas almendras ofrecidas por un amigo, por una amiga, por alguien a quien no le fueras indiferentes.

Y así fue un tiempo. Lo que él bautizó como el tiempo de la felicidad terrenal. Conoció a una mujer que era visitante médica o algo por el estilo. Su trabajo consistía en tratar de que los médicos y otros prófugos de la medicina consumieran los productos del laboratorio que ella representaba. Al cabo de dos meses, su mesa de despacho, en la pequeña casita que daba al mar y a las montañas, estaba inundada por todo tipo de folletos de todo tipo de medicinas que a veces, cuando lo que le estaba escribiendo patinaba, ojeaba por aburrimiento. Al cabo de seis meses era él quien le preparaba a ella la estrategia para vender esa invendible crema “para uso íntimo de la mujer” que en realidad era un bombazo sexual y que producían unos pequeños laboratorios catalanes.

Ella estaba encantada. Nunca había vendido tanto, porque el marketing de su compañero era imparable ya que le enseñaba siempre cuentecillos que él podría haber escrito y que ella utilizaba como introducción con los médicos, alguno de los cuales le pidió salir con ella. Un día, él pensó que si se casaban quizá la felicidad que tanto se le resistía vendría por fin. Le ofreció unas lindas vacaciones a una isla lejana y exótica, pero solo ocho días, precisó ella, que ya estaba desbordada por su trabajo y dirigía todas las delegaciones europeas, con lo que pasaba más tiempo en los aviones que en casa. La isla fue un fracaso. Ella casi le obligaba a producir nuevas ideas de venta mientras hacían el amor y cuando él decía que estaban de vacaciones para hablar de cosas serias ella desparecía.

Una noche se decidió y le pidió matrimonio. Ella quedó muy azorada. Aparentemente no se lo esperaba aunque se entendían muy bien en todos los momentos del día y de la noche. Bueno, una noche cálida de más, la había sorprendido memorizando algo que él decía durante los descansos. Cuando regresaron a la isla africana, ella le anunció que le dejaba. Un mes más tarde leyó un enorme reportaje que en una de las revistas médicas que seguían llegando a su casa daba cuenta del enlace de la que había sido, o así lo creía, el amor de su vida, con el Presidente Director General de la firma que ella ya representaba en exclusiva en Europa Se agarró al carné pequeño, el de los amigos, que no había tirado, y trató de buscar consuelo. Pero no escuchó más que desternillantes carcajadas en las que se notaba la alegría y una mijita de cachondeo. Entonces se fue a la cocina, sacó del frigo uno de aquellos pedazos de hielo que le confeccionaba una tienda del barrio para sus güisquis y que tenían la virtud de no aguar el güisqui, fue a buscar la botella al salón y saltó por el balcón de la terraza por donde entraban los primeros rayos cálidos del verano como si fuese una coreografía de Gene Kelly en Bailando bajo la lluvia.

 

 

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