Aquellas vírgenes de El Cairo

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Muchos aviones me han llevado al horror y al paraíso en cincuenta años de vida periodística. Pero también he perdido algunos vuelos, de lo que no me consuelo porque yo los había elegido en función de sueños. Nunca se sueña tanto como cuando cambias de aeropuerto. El cantante francés Gilbert Becaud tenía una canción de enorme éxito que se titulaba “Dimanche à Orly”, recordando esos días de fiesta obligatorios en Francia en que en tiempos de penuria y a falta de parques de Walt Disney la gente se iba de excursión a las terrazas del aeropuerto de Orly, el más bello de la capital, adonde llegaban las estrellas de cine, las personalidades de los más diversos estamentos. Y por una módica entrada te sentabas en una terraza de las que daban a las pistas y veían cómo llegaban los aparatos del mundo entero llenos de sueños, cuando quizá no traían más que pasajeros somnolientos. Pero era un espectáculo barato y cada cual podía elegir el lugar desde el cual se le antojaba llegar, con maletas repletas de tesoros en las valijas. Eran los dimanches à Orly.

Eso se acabó cuando los terroristas empezaron a utilizar aviones y aeropuertos como bases. Las terrazas de Orly se cerraron a cal y canto. Era la época en la que el avión era un lujo y no todo el mundo podía permitírselo. Los periodistas teníamos el pretexto de un reportaje en Laos, en busca de los traficantes de opio o una vuelta de una capital del Este Europeo, misterioso durante muchos años, hasta la caída del mundo (del mundo, efectivamente, porque la caída del muro de Berlín fue exactamente eso). Luego se han convertido, la mayoría de esos aliados de los soviéticos, en capitalistas a destajo que no sueñan más que con el bienestar que la doctrina socialista quería sólo para sus dirigentes. Ahora lo quieren para ellos y los suyos. Románticos de la política.

He perdido más de un avión, no el que me llevaba y traía de Rio, ni el que me llevaba a Nueva York para ver el color amarillo de los taxis, ni siquiera el de Miami, donde Julio Iglesias se había convertido en el ciudadano más destacado.

Una tarde en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, adonde llegaba procedente de México y Miami, un enorme personaje negro o de color, como les parezca, con todos los tatuajes del mundo, de cualquiera de los frentes que los norteamericanos frecuentaban entonces, miró mi pasaporte lleno de tampones y después de explicarle que España no estaba en América Latina, me preguntó que puñetas hacía yo por Nueva York. Le conté en portorriqueño mi obsesión por los taxis neoyorquinos y el tipo, dio un salto de alegría, un grito de siux de película en sesión continua y me puso un sello tan bonito que lo he conservado hasta hace poco.

Luego aterricé en mis dominios actuales, la que yo llamo mi isla africana, porque estamos con las piernas metidas en el Mediterráneo, frente a África, a unas cuantas brazas a lo Tarzan Weismuller. El último avión que he perdido ha sido por culpa del coronavirus, ese preciso regalo de la China Imperial. Tenía dos billetes ida y vuelta para El Cairo, donde se produjo una de las más voluntariosas primaveras árabes, que dicho en cristiano es cuando los cairotas se levantaron contra la dictadura que siempre ha existido en los países árabes y nació la Primavera Árabe.

Por supuesto que no quería ir a ver a los falso héroes de esas luchas, ni a los ganadores ni a los perdedores, porque en fin de cuenta todos pierden. Ni se me había ocurrido que nos reservasen camellos para las pirámides. Teníamos reservado, Toni y yo, un erudito que conocía como la palma de su mano todo el origen de las novelas de Nagub Mahfouz, escritor maravilloso y autor del libro que más me gusta a mí, “El callejón de los milagros”, que es como un laberinto de pasiones, rondallas amorosas y odiosas metido en El Cairo más profundo.

Callejones que por sí forman un barrio enorme, quizá hasta podía decirse que ciudad, donde el Premio Nobel Egipcio plantó personajes maravillosos que yo quería tratar de encontrar, por lo menos sus sucesores o sus rastros.

Callejones cuajados de vida propia. En la parte baja de los edificios, cafés, negocios y en los cafés, bibliotecas nacionales, la gente con cierta cultura o por lo menos inquietudes que pasan las mañanas discutiendo de la vida, del bien y del mar, y hasta del mal, con algún Sócrates que daba la pauta.

En lo alto de los edificios, casas enormes, de habitaciones gigantescas donde vivían las familias. La mayoría regentadas por mujeres, la mayoría con hijas casaderas. Y la mayoría de esas aspirantes al matrimonio de una belleza endiablada, criadas entre las faldas de las madres pero capaces de dar lecciones de literatura eróticas a las mujeres “malas” que cantaban con la autorización de la autoridad militar pero no de la religiosa.

Chiquillas vírgenes por convicción de que en el virgo puro y duro residía la clave de un buen matrimonio con un comerciante rico y caprichoso pero que jamás había conocido vírgenes. Y entre el momento del compromiso y el de la boda, entre el de las bendiciones papales que eran otras y la cama, ellas, niñas muy bien amaestradas que convertían en ceremonia onomástica el rito de quitarse la braga, sabían hacerse querer y alojar en tarde de engaño la verga del pretencioso marido entre los muslos, con mil pretextos de virginidad. Cuando, después de muchas, muchas noches, se dejaban penetrar era porque ya estaban ahítas y porque poco antes el verdadero amante se había llevado el virgo en una pasión desenfrenada. El marido, excitado por 21 días, era la regla que ellas establecían para las aproximaciones, penetraban en la matriz de la novia cuando el virgo había sido roto y celebrado por la novia con su amante, demasiado pobre para ser esposo.

Ahora espero que el coronavirus se marche para comprar de nuevo dos billetes para El Cairo.

 

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