Belmondo, el viejo triunfante

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Con sus 87 años a cuestas, Jean Paul Belmondo, sigue siendo el actor más popular de Francia, título que ha mantenido a pulso casi sin descanso durante toda su carrera a base de películas familiares y de acción simpáticas, aunque no le ha dado miedo meterse en filmes de corte intelectual cuando se lo han propuesto. Él y yo somos de la misma quinta, aunque mi cuartel se resumió a una oficina donde me ponían un sello en un librito de papel casi de fumar y me despedían con el mismo estribillo de cachondeo: “No se olvide de venir si hay una guerra”, alusión a la Segunda Mundial terminada el año de mi nacimiento. Cosas de la vida y de los militares que tenían sentido del humor. Y de los periodistas que gozábamos en Francia de algunos privilegios.

Cuando yo llegué a París, 1957, después de haberme graduado de periodista en el semanario de Tánger “Cosmópolis” donde hasta me dejaron tener una columna propia, descubrí a ese tipo extraordinario con la nariz rota y la boca llena de labios y de sonrisa que me encantó.Era, por supuesto, Jean Paul Belmondo, el amo de las taquillas de las que se había apoderado son una simpatía que parece no fingida y guiones hechos para distraer y que encantaban a chicos y mayores, que apreciaban un humor popular pero eficaz y muy sincero.Siempre ha estado metido en guiones donde combinaba acción y humor. Todo el mundo le amaba. Era el actor más popular y casi el mejor pagado de Francia con Alain Delon, aunque este último tenía el mu malange que no sonreía ni por un Oscar.

Esperó hasta última hora para consentir hacer un papel de gángster de los años veinte, pero medio en broma, en aquella Marsella que sigue siendo la ciudad más turbulenta de Francia y que durante los años treinta era un amasijo de bandidos, metralletas norteamericanas que escupían plomo por menos de nada. Con el titulo de “Borsalino” y Alain Delon de oponente formó un dúo victorioso, en el que la acción no faltaba más de veinte segundos.Durante toda su vida, Belmondo ha sido el policía medio truhan que a bofetadas, con un revólver en una mano o empuñando con las dos un fusil a repetición sabía poner orden y hasta humor en los momentos más peligrosos. Cuando sacaba su fusil a repetición y lo hacía crujir para subir una bala al disparadero no tenías más que sonreír porque sabía que iba a liquidar al malo malísimo que había cometido todas las atrocidades. Y el cine se venía abajo.

Algo de sombra le hacía otro actor de los más populares que ha conocido Europa, Lino Ventura, tipo siempre enfadado, también paladín de la libertad y la justicia.El marginal, Classé tous risques, Stavinski, El animal, son algunas de los exitazos de Belmondo pero no cabrían todas en el artículo, aunque sí que hay que distinguir dos muy particulares, Pierrot le fou, dirigida por Jean-Luc Godard, que salía del clásico justiciero de la ley, y otra con el mismo director, mucho más popular, A bout de souffle.En esta última, el justiciero, que ahí lo era menos, daba la réplica a la bonita Jean Seberg, que con esta película se convirtió en una estrella en Europa después de haber presentado en París una cinta sobre Juana de Arco, ella era la Juana, claro, que fue un rotundo fracaso, pero que le dio sin duda suerte de llamar la atención de todo lo mejor del cine francés.

Últimamente, Jean Paul Belmondo exhibe una cabellera plateada que hace juego con sus dientes, que siempre han sido de un impecable anuncio para dentífricos. Y las señoras tiritan por él.Si en esta mañana de coronavirus maldito les hablo de Belmondo es porque fue el hombre que más optimismo me dio, como se lo daba a las colas de espectadores que llenaban las salas, en una confusión de padres e hijos. La particularidad de un gran actor o de una gran actriz es conseguir que hagan lo que hagan el espectador esté siempre deseando que las carteleras anuncien otra nueva película cuya , porque sabe que les gustará. Todos recordaremos siempre, y no sé hasta cuántas generaciones, a Marilyn Monroe. Ella sabía que esa era la parte más difícil de conseguir: que la reclamasen. Hasta me atrevería a afirmar que el presidente John F. Kennedy tuvo un recuerdo agradable para ella cuando un tirador de cuyo nombre no me quiero acordar le mató en Dallas, en un descapotable y al lado de su esposa, Jackie, que lucía un divino modelito llegado de París probablemente.

Belmondo ya tiene 87 años y todo el mundo le recuerda con mucho cariño porque siempre fue el hombre que hacía sonreír, reír o que agradaba porque siempre estaba al lado de nosotros, no de los malos. Él y Alain Delon, otro monstruo de la pantalla francesa, son los que quedan de una generación de actores que dieron al cine europeo una dimensión universal, la prueba de que el cine tiene que ser ante todo una fiesta. (Escribo toda esta ensalada de recuerdos a casi dos mil kilómetros de París, en una isla africana a la que nunca ha venido Belmondo ni tampoco aquella muchacha que le acompañó en una película, Jean Seberg, de la que yo me enamoré, creyendo que si ella aceptaba beberse una Coca-Cola conmigo –éramos muy jóvenes, y las botellas eran entonces de cristal y lo que tenía dentro sabía a cocacola—ello equivalía a dos alianzas de oro a 328 euros y el matrimonio estaba hecho. Murió matada por uno de esos servicios secretos que tanto aman las bestias de los Estados Unidos. Y yo tuve que olvidarla, seguir con mi vida, menuda vida, para aterrizar en este lugar adonde no llegan más que panteras llenas de coronavirus. Y luego quieren que crea en dios.

En el mercadillo de esta isla mía, un grupo de malqueridos, como yo, canta Avanti, aquella película en la que Jack Lemon encuentra el amor en Capri y la voz recia de un “Avanti!” cuando llamas a la puerta de una habitación se convierte en un himno al amor. Pero nadie llama a mi puerta para que yo conteste con la fuerza amorosa que lo hizo Jack Lemmon: ¡¡Avanti!!”.

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