Brasilia, à la folie

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Mi cabeza era un tiovivo. Estaba borracho como nunca lo había estado. El avión de Varig acababa de dejarse caer en el aeropuerto moderno y arregladito de Brasilia, mi destino elegido por los dioses para evitar que me plantaran en la Redaccción central de la AFP en París como una flor asquerosa en el que los perros hubiesen podido mearse por autorización especial.

Estaba loco de contento. Había escapado al gulag del aburrimiento. Mi avión era el Mayflower. Ibamos a colonizar tierras, enseñar al que no sabía que yo me gastaba muy mala uva con los que mandaban. Desembarco triunfal. Me ajusté las gafas como Douglas MacArthur, olvidándome que él, un pelín más sabroso, lo hizo cuando salió derrotado de Filipinas. Yo todavía no había librado mi primera batallas. Cuando el director de Información de la Agencia France Presse en París me dijo que era el “elegido· para representarles en Brasil (una forma simpática de cantarme aquel tango del adiós, compañeros), tenía una vaga idea de que aquello era un destierro consentido. De haberme quedado me hubiesen cortado la cabeza para enseñarla a los visitantes y darles susto a las bonitas periodistas de origen español que a menudo subian a nuestra Redacción en el tercer piso de la Place de la Bourse en busca de un trabajito en la más prestigiosa agencia de prensa del mundo. Era como ser puta con Madame Claude, la señora que llenó de alegría París durante unos años formando el ejército de jineteras más bello y bonito del mundo. Yo podría haber sido una de ellas, porque había para los dos sexos.

Yo era un jinetero pero llegaba con ganas de joder al primer ministro que se me pusiese por delante y no tardó. Porque en Brasilia, nuestro nido era el Palacio de Itamaraty, maravillosa construcción hecho de todas las locuras de los constructores de Brasilia, Oscar Neymeyer y Lucio Costa. Y el ministro encargado de la prensa extranjera, que hablaba perfectamente francés, me tuvo tres meses a estricto brasiliense (no digo portugués porque son lenguas distintas). Lo odié hasta que lo amé y volví a odiarle otra vez. Luego se murió y me dejó viudo de maldiciones. Yo no era más que un candango (constructor de Brasilia en la bella sabana entonces llena de serpientes y árboles anémicos) menos ganado por la tuberculosis que los que nos dejaban ver en la Plaza frente a todos los poderes de Brasil, el palacio del Presidente, la Corte suprema y tutti quanti. A los brasileños les gusta el boato, y odiar a los portugueses es su deporte favorito.

Entonces mandaba un liberal, el presidente Fernando Henrique Cardoso, que contaba, cuando estaba chistoso, que un día uno de sus antepasados metió la patita en la cocina de la casa, donde operaban las bellas cocineras negras y por eso él tenía un poquito de sangre moruna, con lo que le convertía en el más guapo jefe de todos los Estados: Llegué a mi despacho y no me gustó. Me contaron que mi antecesor le importaba un carajo porque se pasaba la mayor parte del tiempo jugando al póker. Cómo tendría tiempo el cabrón de argentino. Pedí una secretaria porque la que me habían dejado en herencia no me volvía loco y me miraba con ojos enturbiados y no en la lujuria.

Me mandaron una chiquita mona, como de una comedia musical norteamericana que solo hablaba portugués pero merecía la pena. Me prometí darle lecciones particulares. Pertenecía a la Iglesia Evangélica –ahora será papesa–que es la iglesia de casi todo el mundo en este inmenso país risueño pese al hambre y cachondo hasta el embarazo telegráfico. Y descubrí mi nuevo mundo, el mundo en el que se podía soñar en technicolor y presumir de ser alguien, como en una locura provocada por media docena de las pastillitas que me acompañaban desde que me declaré loco por la muerte de una mujer. Jugaba con ellas hasta que me di cuenta que Brasilia no necesitaba nada. Que no había locos. El único conocido y debidamente fichado era el jefe de la oposición, Inácio Lula da Silva, que de obrero ajustador, en lo que se dejó un cacho de dedo, se había convertido en el jefe de la oposición de izquierdas, pese otra vez por un pelillo que tenía en la lengua, lo que no le impedía, entérense, bandidos de la lectura, en conseguir ser dos veces presidente de la República. Y, como a mí, le gustaba el vino tinto, el güisqui y los peces maravillosos que nos traían desde el Amazonas, porque en Brasilia no teníamos más que un lago, el Paranoá, donde podía encontrarse de todo, desde preservativos de dos generaciones pasadas, hasta barracudas, cocodrilos adormecidos pero con pésima mala leche y maravillosas mujeres, todas de la clase alta, que se paseaban en barquitos de vela luciendo muslos de los de las bailarinas del Folies Bergère.

Un día me echaron una cría de cocodrilo en la piscina y todavía estoy buscando al autor. Pero era Brasilia, el hábitat de Jesús, la ciudad más espiritual del mundo. La ciudad del amor. La ciudad de la esperanza. Por eso lloré, como era la tradición cuando al cabo de tres años embarqué en un maldito avión rumbo a París.

Pasé dos años completos en Brasilia y cuando llamé al bandido que en París prolongaba las estancias en el extranjero, me mandó el aviso: Puedo prolongarte ahora mismo un año más pero no los dos como tú quieres.

Para un loco como yo que había vivido las purgas en el Desk Español (el servicio en español para América Latina) consiguiendo que cayera más de una cabeza, todo estaba perfectamente claro. Más valía aceptar o me esperarían con el hacha con que meses antes una parte del equipo del Desk había descabezado a tres jefes que se creían sultanes en tierras de Arabia e incluso a un traidor de chileno al que dejamos salir por sus patas corriendo de la Redacción para ir a cagarse del miedo al bar de la esquina.

Yo había sido uno de los que habían degollado sin piedad porque no me gustaban los traidores. Éramos seis valientes locos, porque había que tenerlos bien puestos sabiendo cuáles serían las represalias si fallábamos en nuestro intento de degüelle.. Porque querían trasladarnos de París a Washington, todo el servicio, para estar más cerca del amo norteamericano. Luego cambiaron y optaron por Montevideo, cuyos dirigentes debieron quedarse mudos de sorpresa cuando les anunciaron que la primera agencia de prensa mundial tendría su sede en Uruguay. Habíamos perdido la partida, Pilar, Claude, Antonio… y tendríamos que pagar con la misma brutalidad con que los bandidos desertores habían pagado. El último acto de nuestra vendetta se había realizado y firmado por todo lo alto el 19 de septiembre de 1994. Éramos en total siete enanitos que con la ayuda de los poderosos sindicatos habíamos deshecho por el momento la trama de los cobardes. Pero ya pagaríamos.

Y cuando me llegó el aviso a Brasilia de que me estaban esperando, y no para un 14 de julio, yo estaba con una linda muchacha del Moviento de los Campesinos sin tierras, que trataba de adoctrinarme. Y yo que trataba de dejarme, de rendirme con ciertas condiciones. En la escalinata de la Catedral de Brasilia. No les contaré como terminó aquel diálogo porque no se lo creerían.

Brasilia, te amo, le adoro, me enseñaste a vivir y me diste la última posibilidad, la que se le da a los que van a morir. Y Maria, la revolucionaria, la relaciones públicas que había posado por la causa campesina desnuda en una revista, me enseñó lo que realmente vale la vida. Brasilia de mis amores, de mis locuras, de mis chulerías, de mis enfrentamientos con ministros, con los más poderosos, me dejaste jugar al grande, al niño cansino y caprichoso. Dios te lo pague y que Lula vuelva a ser Presidente. Iré entonces por última vez a Brasilia para invitarle a una botella de vino chileno en nuestro club, el de los corresponsales extranjeros, metido en las aguas del Paranoá. Y beberemos, y nos emborracharemos, y tal vez salgamos dando tumbos para el Hotel Naoun, donde las mujeres se vuelven locas entre sábanas de hilo celeste y un champán que siempre llega en el último vuelo de Air-France. A punto para consumirlo como en París. Y Brasilia vale muchas misas dichas en París.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *