Brigitte Bardot cantaba y yo silbaba

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Un día, una noche y otros días más, con sus lunas, sus soles y sus estrellas, perseguí a Brigitte Bardot hasta más allá de Rio de Janeiro, donde acaba la maravillosa ciudad brasileña y empieza un pueblo encantador, Búzios, que entonces estaba prohibido para gente no enamorada. Como yo estaba enamorado de BB, pude pasar los controles de la guardia pretoriana que hubiesen podido impedirme acceder a la playa donde una antigua Madame francesa me alquiló su mejor apartamento, encima del mar, como Neptuno, por recomendación de una joven y guapísima cónsul francesa que nunca me amó.

BB tampoco me amó, vayan a creerse pero yo la perseguía con tal de oír su voz que parecía un orgasmo prolongado. Había llegado hasta Buzios, encantador y pulcro pueblecito de pescadores donde nadie pescaba más que de vez en cuando, o cuando les daba la gana, una melopea, hecha de cachaza, el aguardiente traidor carioca.

Mi amiga y un servidor nos instalamos en la inmensa casa de la Marquesa de No se qué. Los nuevos huéspedes, uno por mes, y muy recomendados, teníamos que cenar la primera noche con ella para que antes de los postres pudiera levantar trágicamente sus ojos verdes esmeralda hacia el techo más repujado desde los Fizzi Contini. Entonces, con voz trémula, decía: “Hasta ahí llegaron los sesos de mi difundo esposo”. Claro, como no iba a estar difunto si se había abierto la cabeza con un fusil para cazar elefantes. Lo hizo por despecho. Porque él creía, para eso era austriaco, poder cazar elefantes en Brasil y cuando comprobó que era imposible, pulió durante doce días y doce noches la mejor de sus balas, un pequeño obús, por lo que me enseñaron, para descabezarse.

Su viuda, que tenía dos amantes fijos y un perro saltarín, lo lloraba la primera noche en que llegaba un huésped muy recomendado, porque en aquella casa no entraba cualquier monigote. Brigitte andaba por donde quisiera con un alemán que bebía más que yo. Habían previsto que BB inauguraría el cine del pueblo que llevaba su nombre, pero no apareció. Me contó un indígena que era la hora en que el alemán rendía más y ella no quería perdérselo. Nos habíamos visto muchas veces en París. Un día paso a mi lado, yo en funciones de peatón, en un precioso Triumph verde ojeras delirantes junto con Sacha Distel. Había sido uno de sus grandes amores, aunque luego él se casó con una muchacha que esquiaba. Pero de vez en cuando, BB le acompañaba en una canción con su voz que te metía debajo de las sábanas en busca del templo perdido. Nunca supe qué templo, si el de la Madeleine, donde en París se celebraban todos los funerales de postín. La verdad es que no busqué mucho a Brigitte por el pueblo de Búzios pero tampoco la encontré. Y luego me alegré porque mi amiga no quería salir del ático de nuestra playa más que para tomar un baño en la playa más ditirámbica del mundo y de nuevo a la cama. Adelgacé tres kilos. Ahora, en mi isla africana, no me canso de escuchar a Sacha Distel, sobre todo cuando me cuenta cómo pidió a aquella muchacha que colgara un lazo en su balcón para que él supiera qué calzoncillos ponerse. Pero en esta mañana dominical y de pandemia, ya no oigo la guitarra maravillosa de Sacha, sino los disparos asesinos de los judíos que quieren terminar, pese a quien pese, con la raza de los que le dejaron asentarse en su territorio, los palestinos, cuya fiesta mayor es el entierro de niños. Por el diario Le Figaro me entero de que han prohibido una manifestación en favor de los palestinos. Claro, el presidente de la Nación, que se casó muy joven, el tal Emmanuel Macron, casi en la frontera de la ley, tiene en su cabecita toda la ciencia de la judería francesa, él fue monaguillo de los todopoderosísimos banqueros judíos los Rotchild y quién se lo va a reprochar. Por lo menos es consecuente con sus intereses. Pero me asquea París con sus millones de judíos que piden a gritos la muerte de los palestinos que le dieron asilo cuando ellos huían de los nazis y se asentaron en tierra de los hoy masacrados. Claro que lo hicieron con la alevosía de los nefastos británicos que siempre han participado en todas las matanzas del mundo, desde la India hasta África, donde afortunadamente los terribles Mau Maus les cortaron un poco la chulería. Es sábado, pero podía ser domingo, y voy a ver si me suicido. Un amigo mío trató la otra noche de hacerlo con una botella de güisqui. Resultado: dos unidades de bomberos y policía a mansalva. Lo salvaron. Sólo le había dado tiempo a tomarse una copichuela de güisqui. Pobrecito mío.

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