Caperucita roja

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Quiero escapar a un libro que no se retira de mi mesa de trabajo pero no puedo. Se titula “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” y asegura que si lo leo no me enamoraré más de madre ni querré matar a mi padre para quedarme con ella. Pero si todo eso lo sabíamos los que estudiamos griego por correspondencia. Y, además, ya no tengo ni padre ni madre.

Yo estaba enamorado de los pechos de mi madre, ella lo sabía pero mi padre biológico, el coronel, quería esperar a que tuviese 18 años para fusilarme en el monte del Hacho, allá en Ceuta, por donde se sube tras saludar al Cristo milagroso.

El ayudante de mi padre, que era maricón y se pasaba el día fustigándose con una varita de plomo envuelta en una canaleta de cuero salvaje, le decía: Don Antonio, tenga usted paciencia, que el niño ya se morirá. Con la gripe aviar que tenemos esta temporada… Yo le hecho en la sopa y ya verá qué pronto se nos va, el pobrecito mío.

Fue por aquellos tiempos cuando decidí enamorar a Caperucita Roja, que venía mucho por el Estado Mayor a echar instancias, porque era espía de los nazis y nadie lo sabía. Me dijo que estaba dispuesta a casarse conmigo, con lobo y abuelita, a condición de que matase a mi padre con una bala de zinc que ella le había comprado a un tipo en Jadú, la zona de las putas baratas, putas para soldados de Regulares.

Yo me aprovechaba y le decía que sí. Que cuando cumpliese veinte años, ya tenía doce, le hincaría la daga de mi abuelita al maldito coronel. Entonces estuvo muy festiva conmigo y por poco me deja embarazado. Le enseñé el libro de los cuentos de hadas y me dijo que era todo mentira. Lo probaba diciendo que el lobo feroz del bosque no se había comido a su abuelita ni a ella tampoco. Afirmaba que lo tenía encadenado en la cama de hierro y que de vez en cuando se acostaba con él para que el pobre animal dejase de morderla.

Entonces el lobo le contó un cuento de cuando él era oficial del Ejército Español.

Era un amigo del General, el padre, que se iba a casar. La noche de bodas, noche de bodas, la pareja se encaramó a la suite que el gobernador militar de la región les había cedido en un hotel casi secreto, donde sólo tenían entrada ciertos iniciados. Más tarde, por lo que se supo de sus declaraciones ante los jueces que debían preparar la anulación matrimonial ante el tribunal de la Rota, la muchacha confesaría que “nada más pisar la enorme habitación matrimonial, los orgasmos se sucedían entre sus muslos a medida que iba quitándose la ropa en el cuarto de baño, antigua terma romana. Cuando salió temblando de que él le arrancara la virginidad a dentelladas lo encontró totalmente desnudo –lo único que había conservado de su habitual indumentaria eran las gafas negras—y espatarrado en el suelo. Contó la pobre que cuando vio aquel enorme falo que se reflejaba en los cristales de las gafas del novio cerró los ojos para empalarse en él, olvidando todo cuanto sobre conducta sexual no le habían enseñado las monjas. Abrió las piernas y entonces oyó la voz del amado que desde el suelo le suplicaba: “¡Méame, Rosy!”.

En este punto del relato, las versiones difieren. Uno de los oficia- les del entorno más secreto del gobernador, que observaba aquella extraña noche de bodas desde una ventanilla minúscula practicada en el ojo derecho de un Richelieu de pie que desde un cuadro monumental presidía la suite, contó que la novia quedó durante unos segundos paralizada por el grito de su novio pero que no tardó en reaccionar. Se colocó encima de él y cumplió su deseo. Los chorreones hicieron saltar las gafas dejaba caer sobre el falo que le había hecho soñar hasta empalarse totalmente, las gafas de su recién estrenado esposo saltaron y ella empezó a gritar. Primero fue el placer de aquel descomunal cipote que se le clavó hasta la garganta, como contaría más tarde a Pepita, amiga de infancia y de convento. Luego, a los orgasmos múltiples que le provocó tan salvaje penetración siguió un chillido histérico. Rosy acababa de descubrir el hueco que en la órbita derecha de su esposo provocara la faca del bereber.

La otra versión, la de la propia interesada, detenía la acción sexual en el momento en que él le pedía que le meara encima. Entonces ella echó a correr y se encerró con llave en otra habitación, donde esperó la llegada de sus padres. Fue el escándalo conyugal más silencioso de los ocurridos en la corte de Franco. Llamado de urgencia a Madrid para resolver tamaño desbarajuste, el Coronel optó por hacer desaparecer en su isla a su fiel escudero. Un pedacito de leyenda muy aprovechable sobre todo por el público que más le interesaba, el de las damas.

Los papás de las muchas mozas casamenteras con más ansias de sementales que de velo blanco temblaban igualmente. Algunos llegaron a establecer estadísticas que demostraban de modo palpable – al menos así lo aseveraban en los bares donde podían hablar lejos de los oídos del Coronel— que el número de bodas estaba disminuyendo desde su llegada y algunas pretendían que aumentaban los abortos y algún que otro nacimiento clandestino. Los papás no le odiaban; sentían por él la misma repulsión que por los depredadores que en los cercanos desiertos sembraban el pánico en los rebaños de ovejas. Las mamás, más al tanto de las cosas, más realistas y más enteradas, llamaban al depredador el Rompebragas.

Un día Caperucita y yo nos casamos. Había conseguido vender su capa roja en exclusiva para las Galeries Lafayettes. Éramos ricos.

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