Capilla, ron y Alfredo Guevara

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Habíamos subido una eternidad en un ascensor renqueante pero voluntarioso para saludar a unos distinguidos personajes de aquella empresa de prensa. Cuando desembarcamos, en un pasillo nos topamos con una foto enorme del Che Guevara en compañía del periodista Jorge Ricardo Masseti. Una voz en off explicó que los dos habían fundado la agencia Prensa Latina. Después de que el ascensor se balanceara como en una feria, aterrizamos en un pasillo estrecho, oscuro y blanqueado por luces indirectas. Una voz nos rogó que esperáramos, que ya iban a recibirnos.

Entramos en el despacho que parecía una capilla perdida entre cielo y tierra. A media luz. Enormes pañuelos de seda de mil colores y setecientos dibujos –estuve contándolos mientras esperábamos—formaban una pequeña cúpula por encima de una mesa y unos sillones de mucho gusto. Mi dama acompañante se sentó en uno de los sillones de enea y yo en el otro. Había una musiquilla que me pareció el Requiem de Mozart, pero no era seguro, porque la música estaba ritmada por el claclacla de los teletipos. En la mesita había dos copas con ron y mucho hielo. Bebimos. Ella se echó a reír y entonces me di cuenta de que era muy bonita. De pronto los velos desaparecieron, se encendieron luces como si fuésemos a rodar “La dolce vita”, entró gente que traía muebles y apareció nuestro personaje.

Y entonces pudimos hablar de lo que nos traía hasta aquel piso . De la extraordinaria victoria conseguida hacía un rato por Alfredo Guevara al permitir y conseguir que se rodase una película sobre homosexuales por la que ya hasta Hollywood gritaba el Bravo del éxito. “Fresa y chocolate” acaba de triunfar en el cine Carlos Marx, cerca de donde nosotros tomábamos ron. Mientras al viento húmedo del Malecón (el paseo marítimo habanero) le cuesta los trabajos de Hércules para llegar hasta la suite, Guevara la goza en su rincón. Por mucha modestia que quiera derrochar, ¿cómo va a olvidar el estreno de « Fresa y chocolate »? ¿cómo se le van a ir de la cabeza las imágenes de su triunfo, esos aplausos de toda una sala vuelta hacia él que, como siempre, está intentando que no se le caiga la chaquetilla que jamás se separa de sus hombros?.

Esa noche es una de las más bellas de su existencia. Quizá lo suficiente como para olvidarse del amago de infarto de miocardio, del exilio dorado a que se le obligó hace unos años cuando Fidel no tuvo más remedio que nombrarle embajador de Cuba en la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, para, según algunas versiones, alejarle de sus más feroces enemigos del Comité Central. Pragmático hasta las puntas de las uñas cuidadosamente pulidas, Alfredo ha conseguido incluso cobrar los intereses de esa embajada forzosa. En la solapa luce el distintivo de la Legión de Honor, máxima recompensa civil francesa que el presidente François Mitterrand, hecho rarísimo, le impuso personalmente en el palacio presidencial del Elíseo. Dicen incluso que el viejo presidente, que en aquellos momentos ya daba las últimas caladas a su presidencia, había querido imponerle la condecoración, cosa que hizo en el transcurso de una brillantísima recepción en palacio durante la cual hubiese sido muy difícil saber cuál de los dos—el presidente o su homenajeado—era más gato.

Es cierto que la suite no es la sala de baile que sirvió a Luchino Visconti de escenario central para la escena capital de « Il gattopardo », un decorado en el, qué duda cabe, Alfredo Guevara se hubiese sentido más a gusto. En esta media tarde caribeña, Alfredo está muy lejos de las exquisiteces versallescas. Estamos en La Habana, en un año más de la Revolución que él ayudó a instaurar y en medio de momentos económicos de lo más penoso y en horas políticas de incertidumbre. El, mejor que nadie, sabe que después de 35 años de Revolución, va a ser necesario pasar la mano. El bloqueo absurdo de Estados Unidos, las reclamaciones de países de América Latina y de otros lugares del mundo y, sobre todo, la insostenible situación económica que viven los cubanos, perfilan tiempos de cambios. El lo sabe pero su fidelidad por el compañero de siempre puede más que la lógica más primitiva.

Con los ojos lascivamente puestos en las interminables piernas artísticamente bronceadas de una actriz mexicana que juguetea con los contraluces de la terraza, un periodista europeo (« centroeuropeo » como llamaba curiosamente Fidel Castro a los periodistas de la Europa capitalista cuando el muro de Berlín todavía no había sido derrumbado) recuerda lo que de este enigmático hombre decía el norteamericano Ted Szulc en su libro « Fidel, A Critical Portrait » (1986): « Alfredo Guevara… amigo de Castro desde hace cuarenta años; es una de las figuras más curiosas del mundo político revolucionario cubano y uno de los hombres en quien Castro ha tenido siempre más confianza ».

Las relaciones entre los dos personajes, el gordito y el espigado, una especie de Quijote y Sancho Panza de los años marxistas, las resume así: « Una sólida amistad se establece entre Guevara y Castro y juntos participan en una serie de enfrentamientos políticos en la universidad ».

Y después del triunfo de la Revolución: « Se había (Castro) apoderado de los medios de comunicación de forma total, fundando por otra parte un instituto cinematográfico de alta calidad, cuya dirección confió a su viejo amigo Alfredo Guevara, encargado de producir largometrajes, documentales y noticiarios ampliamente inspirados por la ideología revolucionaria ».

A todas luces, están lejos los tiempos en que el ICAIC servía para esa finalidad. El artífice de ese vaivén es para muchos Alfredo Guevara, a quien otros atribuyen el hecho de que con los años el ICAIC se haya convertido en una fortaleza en la que un montón de intelectuales, desde los más viejos, como él, a los más jóvenes como Tabío—coautor de « Fresa y chocolate »—se opongan a la eterna guardia staliniana… con el apoyo de Fidel Castro, musitan algunos personajes muy enterados. Esto es al menos lo que asegura el propio amigo de siempre, de los momentos más difíciles.

En su dorada madriguera de la suite del Nacional, Guevara asegura a un enviado especial « centroeuropeo »: « Fidel sabía todo lo que era esa película (« Fresa y chocolate ») por mí ».

Y enigmáticamente agrega: « Yo siempre cumplo con mi obligación de decir todo lo que yo creo ».

En ese momento de triunfo personal y cuando ya casi podía preverse que « Fresa y chocolate » sería la película latinoamericana más popular en el mundo entero, Alfredo se mostraba cauto, porque sabía que en el vestíbulo del propio hotel donde festejábamos el enemigo le esperaba: « Yo no veo el filme así (como una feroz crítica a muchas cosas que acontecen en Cuba: rechazo del homosexual, falta de libertad…). Sentí al joven comunista como muy limpio, sin cultura, sin una preparación para ciertas cosas… Yo veo a los jóvenes de un modo muy especial, pensando en el futuro y no sólo como son, en su potencialidad… Soy un protagonista de la película porque tengo que asumirla y soy también un protagonista de la Revolución. No estoy por las críticas acerbas, sino constructivas. Lo revolucionario es transformar. No le llamo revolucionario al levantar banderitas y correr gritando consignas y ni siquiera al momento del fusil, que es decisivo… El momento actual (en Cuba) no es el que estamos viendo en la película, el momento actual no es perfecto. Y muchas cosas siguen pasando pero no son oficiales. Pasan en la gente porque muchos ciudadanos están formados antes de la Revolución en principios « morales » que no responden a nada, que son idioteces ».

Un lenguaje que muy pocas personas se atreverían a utilizar en la Isla, incluso estando a la diestra del padre.

En un medio periodístico cubano, el discurso de Guevara en el cine Carlos Marx fue referido de muy distinta manera pero perfectamente guiada: « Su mensaje resultó más sutil al indicar entre líneas que no se producirán retrocesos en la apertura a la creación artística… »

Pero ya antes de que « Fresa y chocolate » se convirtiese en fenómeno de sociedad—esos dos tipos de helado llegaron a formar un símbolo y pasaron a integrarse en el lenguaje corriente en Cuba como exponente de todo—Alfredo Guevara había dado algunos martillazos.

Luego, Alfredo Guevara murió y el cine cubano se puso de luto.

La nueva era después de la visita de Obama nunca llegó a más que algunas escenas de un furiosísimo filme titulado “Furioso” o algo parecido.

Se marchó Fidel, se marchó Guevara el cineasta. Y me dicen que vuelve a venderse PPG por las calles de La Habana. ¿Y las jineteras? Toda una tesis de civilizaciones.

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