Carta sin abrir a una escritora cubana

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Aquel día me había creído el rey del mambo, aunque era un día cualquiera de un mes cualquiera de 2004. Pero acababa de publicar mi novela “Bye, bye Brasilia”. Me gustaba lo que había escrito, con toda la falsa modestia de quien vive para contar cosas, pero el prólogo que me había regalado mi amiga la escritora cubana Diana Férnández Fernández, autora de “Todas las mujeres de Dios”, me sabía a miel largamente buscada en una vida consagrada al periodismo, que para muchos de nosotros ha sido una manera de contar todos los días historias, algunas veces insensatas, de gente, casi siempre insensata, que no conocíamos de nada. Ni queríamos conocer siquiera en la paz de los cementerios, el único sitio donde por entonces decían que quedaba un poquito de tranquilidad. Muchos lectores creen que esas cositas que se ponen a la entrada de los libros son pavaditas concertadas y besos que un amigo o amiga del autor o de la autora manda al que ha escrito lo que sea. Pero les aseguro que no es así. A veces un prólogo vale más que una novela.

El de Diana me lo he encontrado y no me queda más remedio que publicarlo para que vean lo que es el talento de esta mujer. Hay que tener en cuenta que de esa escritura de Diana hace ya años y que en Cuba las cosas van cambiando aunque no sea todo lo rápidamente que quisieran los cubanos. También es verdad que muchos afirman que en La Habana, la capital, nunca cambiará nada porque todo es perfecto, hasta las grietas de muchos inmuebles y el mal gusto de los nuevos ricos con sus hoteles de película hindú.

Cuando me hizo ese regalo ella había publicado ya varias novelas pero sin que llegasen a conocerla en el extranjero como a mí me hubiese gustado. Déjenme que les ofrezca este preámbulo y luego juzguen. “Cuando nos enfrentamos a una novela no sabemos qué nos deparan las páginas bien apretadas una contra otra, resguardadas por la —casi siempre atractiva— cubierta; o apenas develadas por un título, en ocasiones críptico, sugestivo en otras. El enigma descansa en nuestras manos, en el buró; o se mueve lentamente en un monótono baile cibernético donde se hace más difícil la lectura. Sólo el lector hallará la clave entre líneas, el mensaje, la señal que el escritor envía.

A mí me tocó encontrar, primero, la piel y luego el espíritu de “Ojos verdes”” y más tarde “Bye, bye, Brasilia”, que con “En el nombre del padre y de los hijos”” cierra una trilogía de amor y esperanza. Lo vi justamente en la fría pantalla de mi ordenador. Me sorprendió, ante todo, el hombre que se desnudaba, voluntariamente; que deshacía su espíritu hebra a hebra en texto tan conmovedor, que revelaba sus propios dolores y contradicciones, como quien se desprende, en un acto de fe, de toda la amargura. A la vez fuerte y emocionante, vuelca su carga de tristeza, con la misma ironía sutil con que cada día la vida nos maneja, nos lleva y nos trae, nos depara terribles castigos que demuelen espíritus o nos premia en compensación con insospechadas alegrías.

Bye Bye Brasilia, como su anterior novela Ojos verdes, es Sergio Berrocal, sin lugar a dudas. Con probado oficio, el autor domina la trama de comienzo a fin. Narrador inflexible, se aferra a la presa que ha encontrado en el lector. Su lenguaje directo, desprovisto de artilugios o adornos innecesarios, pinta los personajes con los matices y el color precisos. La palabra justa, la descripción exacta, la sutileza sabia con qué son tratados los conflictos y contradicciones perennes de sus héroes, hablan de una amplia trayectoria narrativa, con un sello inconfundible en su ya conocida obra.

Cronista asombroso, Sergio Berrocal no puede desasirse del periodista que hay en él. El corresponsal se delata. Su impresionante poder gráfico tiende el hilo que enlaza el suceso con la narración; proyecta imágenes, nos inserta en el paisaje histórico- social que enmarca una leyenda antigua o una historia actual de guerra y amor, o de paz y des- amor, y provee a esta novela de un indiscutible valor histórico-literario, declara su importancia testimonial. El autor ha vivido los momentos, los traslada al papel, nos hace viajar de un país a otro, y nos pone en su lugar, entre lo absurdo y hermoso de este mundo del que a veces reniega por su crueldad y al que otras tantas, ama por sus alegrías. Autobiográfico o no (¿qué escritor no lo es?), Berrocal sorprende en esta obra por la sensibilidad sutil que enmascara un cometario duro y el optimismo intrínseco que emana de un hombre que tantas veces se define pesimista. Sus semejanzas con el per- sonaje, creo que no son fruto de la casualidad o de una identificación inconsciente, sino la necesidad de decir quién se es, cómo se sufre, cómo se sueña. ¿La Esperanza? ¿la continuidad? ¿la permanencia? ¿el hecho probatorio de que vale la pena quedarnos, ser?

Bye, bye, Brasilia es una alabanza a la vida. Es un Sergio Berrocal que le da vueltas a la vida que le da las vueltas.”

Diana, si lees esta cosita allí donde estés, en La Habana, en Kuala Lumpur o en Madrid, dime algo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *