Ay,Ay, Mr. Lula

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Es increíble, Presidente Lula, por la gracia de Dios y porque a mí me da la gana, en aquella foto tomada en un despacho oscuro de la Asamblea Nacional de Brasilia, los dos, usted y yo, teníamos el pelo negro, casi azabache y quizá con alguna cana, pero poca cosa.. Hoy veo sus fotos, de triunfales sonrisas, y me miro en el retrovisor y compruebo que el tiempo ha pasado. Casi veinte años, que no son nada si lo metemos en un tango pero que es una barbaridad para dos hombres mayores como nosotros. Usted tiene 75 años de edad, tres menos que el presidente tropezones de Estados Unidos, Joe Biden, y cinco menos que yo.

Cómo ha pasado el tiempo… ¿Se da cuenta? En ese tiempo usted ha sido dos veces presidente de la más amable República de Brasil y yo he seguido escribiendo sobre usted, sobre la vida de todos los días. Usted reinaba y yo aplaudía a once mil kilómetros de Brasilia. La vida, Presidente. Cómo amé su patria, su tierra, su gente, cómo le aprecié (esto es una palabrota española, qué se le va a hacer), porque pasamos algunos buenos ratos juntos, aunque usted probablemente ni se acuerda. Claro, es que usted llegó a reemplazar al simpático y guapo Presidente Fernando Henrique Cardoso.

Qué quiere que le diga… Probablemente no le sentó muy bien a un hombre tan culto y tan orgulloso que usted le arrancara, aunque fuese sonriendo en el Palacio del Planalto, la banda presidencial que él quería conservar a toda costa. Creo que los periodistas extranjeros que cubrimos, como se dicen en nuestro argot, la Presidencia brasileña en aquellos tres años de gracia (1997-1999), no me dejaron más, qué quiere que le diga, los periodistas también tenemos enemigos, gostamos muito de voce (perdón por las patadas al diccionario). Y cuando le hablaba de enemigos pensaba en la persona o las personas que a usted le echaron por alto en vísperas de elecciones por un lío de faldas. Son cosas de la vida, ¿o es que será verdad que en todas partes hay enormes y verracos cabrones?.

No sé si se acuerda de una vez, por lo menos esa, que le invitamos al restaurante del lago. Entre todos mis colegas y con su participación nos metimos entre pecho y espalda un enorme pez del Amazonas que sabía a gloria. Y no le digo nada del vino, ¿argentino o chileno?, que escanciamos como si el mundo hubiese sido nuestro. Le confieso que entonces casi todos nosotros periodistas extranjeros le mirábamos a usted con una sonrisa cuando nos decía con ese ceceo que le pido no pierda nunca: “Señores, cuando yo sea Presidente…”. Confieso que algunos nos sonreíamos aunque la mayoría deseábamos con toda nuestra alma que se paseara usted por Brasilia con la banda presidencial. Qué tiempos aquellos, darían para un par de tangos.

Después de todas las mamarrachadas que le ha hecho el actual Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ese cuentista que ha matado con el virus chino más que en la guerra de Corea, y eso que se las da de militar guapote, me dicen, me dice su sonrisa, que va usted a presentarse el año que viene a las Presidenciales. Bravo, Presidente, pero tenga cuidado, usted mejor que yo conoce a sus compatriotas, sobre todo a los que rabiaron íntimamente cuando usted ciñó por primera vez la corona de máxima autoridad y ellos seguían baboseando en esa Asamblea Nacional tan guay que tienen ustedes en Brasilia.

Yo casi me atrevería a aconsejarle que lo deje. Que se quede en su casa, con los suyos, pero sé que eso es imposible decírselo a un hombre que tanto ha bregado para ayudar a sus compatriotas y, digámoslo claramente, para ayudarse a sí mismo. Desde tornero en una fundición de Sao Paulo a Presidente de la República en la dulce Brasilia, había mil escalones que usted subió dos veces. Pero tenga cuidado, presidente, que las calles del poder, usted lo sabe mejor que nadie, son resbaladizas. Yo ya no podré ir a verle ni podremos charlar. A nosotros los periodistas nos apartan en cuanto pueden, dicen que para que descansemos. Nos quitan de en medio como a usted estuvieron a punto de liquidarlo.  Brasil es un país sin parangón, el único que yo he amado y donde he sentido que hubiese sido muy agradable vivir para siempre, aunque fuese enterrado en una casita modesta a orillas del mar, ese mar que no existe más que en su país y en las tarjetas postales.

Presidente, no soy más que un periodista jubilado, que chilla escribiendo para que no lo tiren a la basura, pero tenga cuidado. Le mando un cordialísimo saludo y. si me deja, un abrazo de cuando yo creía que Brasilia me enterraría.

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