Cómo han cambiado las cosas

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Cuando el Coronel me abandonó, ni sus guardaespaldas se enteraron. El jefe de los servicios secretos del general Franco, una vez terminada la guerra Civil (1939), había sido el mando militar y único más importante de la región de Ceuta, entre España y Marruecos. Y desde su casa de Ceuta, España en África, donde tenía una esposa no oficializada por la Iglesia Católica para la cual él tanto rezaba – no podía porque estaba casada con otra señora que al parecer se encontraba recluida en un manicomio de la región de Madrid — dirigía todos los tinglados que le mandaba Franco. Todo esto consta y se escribe en un libro que nunca tuve porque el amigo del alma que lo tenía en su poder falleció unos días antes de que me lo entregara. Me dio la impresión de que yo le había matado para que ese secreto no circulara más allá de su despacho.

Pero, es verdad, cómo han pasado los años. Dejé de ser niño, criado en las mejores escuelas de monjas y un día nos abandonó. Tenía altas funciones que ejercer en Madrid donde, con mis dieciocho años recién cumplidos, le fui a ver a un piso regio en la confluencia de la Gran Via. Visita de la que guardo la amargura para mí solo.

Creo que ya desde los siete u ocho años, la edad del abandono, yo sabía que tendría que buscarme la vida a mi aire. Pero cuando me di cuenta, cómo habían pasado los años, qué mundo tan diferente era el que yo me encontraba con 18 años, estudios a trompicones, yo que hubiera dado mi vida por formarme en la UCLA de California ese periodismo que yo tan adentro llevaba y que tuve que aprender, como en los viejos tiempos en que Franco no había ideado su única y obligada Escuela Oficial de Periodismo, a la que yo me negué a ir por chulería. Bueno, eso fue lo que dije porque en realidad no tenía un duro ni para tomar el vapor rumbo a la Península. Yo ya vivía en Tánger, con el coronel desaparecido, y soñaba con ser periodista. Un semanario local, Cosmópolis (de Tánger) me ofreció asilo humanitario y de simpatía y empecé a aprender el oficio de periodista con libros comprados en Estados Unidos y un preceptor llamado Luis, dejemos los apellidos en el olvido porque era un gran hombre, y conocido, en el periodismo español.

Parece que fue anoche, dice la canción pero no fueron más que largos días y yo todavía no había bailado abrazado con ninguna mujer. Jurar te quiero si que lo juré y más de una vez a una mora y a una judía. Con mis pocos años no me iban demasiado las cristianas.

Lo cierto es que era un mundo tan diferente, pero es cierto que habían pasado los años, yo ya no era un chiquillo y el ejército del mundo me llamaba. Fue probablemente, aunque parece que fue anoche, cuando tomé el barquito de Tánger para Marsella, ayudado por la policía marroquí que desde lejos me pedía que ahuecase el ala.

Cuando me despedí de mi único amor en la ciudad internacional que me había enseñado tantas cosas, pero da de mujeres, ella lloró mucho. Para consolarla le dije que si pareciera que fue anoche cuando bailábamos abrazados en aquel guateque de Javier en la rue Emsallah. Y fue cuando también juramos te quiero. Y creo que hasta murmuramos, “nada nos va a separar”.

Cuando llegué a Marsella, con una gabardina de mentirijilla, arrecido pensé que pareciera que fue ayer. Y ya no me acordé más de la canción, porque no ganaba para pañuelos, que entonces no eran de papel. Siempre me ha parecido desde entonces que siempre fue ayer.

París me acogió con sus brazos suaves de prostituta barata, de las de tu viens mon chéri?, cuando yo buscaba un pecho de mujer que me abrazara como una madre, como una hermana o como lo que fuera. Cuando llegué a la estación de París, primera etapa de mi aventura de niño grande dispuesto a ser el mejor periodista del mundo, no sé si eran las lágrimas las que me chorreaban por las mejillas porque era muy de mañana y llovía, como siempre llueve en París, salvo para las películas de Woody Allen. Pero yo entonces ni le conocía ni quería conocerle.

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