(Cosas que uno escribía y que vuelven por sus fueros)

 

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Da vértigo ante tanta insensatez evitable. Moi no entender. Mire, señorita, es que Chanel no es más que una casa de modas, eso sí francesa, eso sí celebérrima –ya, ya, que el Chanel 5 fue el perfume que todos nos creíamos que era el pijama de Marilyn Monroe cuando probablemente no se trataba más que de una argucia publicitaria… Que todo lo que usted quiera, pero que da pena. La liberación de París, cuando por fin pudieron echar los buenos a los malos malísimos de la muerte alemanes que en 1945 tuvieron por fin que salir pitando, copó las primeras planas de los periódicos del mundo entero.  Setenta y un años después, el desfile de moda Chanel en La Habana fundió los plomos de la prensa mundial.

Confieso que aún hoy, el traje sastre Chanel, el rosa, sí, hijo, no el beige, me sigue enloqueciendo. Cuando en 1959 Fidel Castro llegó a La Habana con sus barbudos legendarios para nosotros europeos no hubo probablemente tanta histeria planetaria como con los millonarios modelitos de Chanel que les restregaron a los cubanos en el Paseo del Prado. Serán cosas de los tiempos. Aunque yo creo que es más bien una tergiversación de la realidad virtual que ni Freud hubiese podido interpretar. Llegan ecos de Cuba donde sigue la polémica. Que si los cubanos no merecen que se les tenga apartados de la realidad de este desfile y, sobre todo de sus beneficios para el país, como se les tuvo a buena distancia del paseo de lo más granado de las vestimentas chanelistas.

Ahora ya filmaron también en Cuba gentes de una serie de televisión norteamericana. Magnífico, maravilloso. Y supongo que detrás del barquito, que no era velero, llegado por primera vez con turistas de Miami a La Habana, vendrán productores de Hollywood, que coparán los hoteles, encarecerán los habanos y dejarán algo en la industria hostelera.

Claro que habría quizá que informar a esos señores productores que hasta hoy de mañana Cuba ha sido la mayor potencia cinematográfica de América Latina. En este país se han realizado algunas de las mejores películas en lengua latinoamericana. Y la propia historia cubana se ha explicado en celuloide de alta calidad desde el primer momento de la revolución. Hace cosa de medio siglo. Y hasta una película cubana, “Fresa y chocolate”, fue la primera en ser seleccionada para los Oscars aunque no se llevó nada. Pero imagino que los cineastas cubanos están ya curtidos y más de uno pensará como el barón de Coubertin que lo esencial es participar.

Al margen de saber cuántos y dónde se emplearan los cuartos de la Chanel y del banquito sin vela, y de los futuros rodajes yanquis, a mí lo que me preocupa es si habrá un servicio de limpieza mental para evitar que La Habana quede enfangada para siempre con tanto desfile y no sólo de moda.

Es que uno no quisiera perder las ilusiones. Y estar seguro de que cuando pueda volver a viajar a La Habana, cuando tenga cuartos para ello, no me dirán en algunos de mis hoteles favoritos, el Nacional y el Capri, que lo sienten, que están completos porque todas las habitaciones han sido reservadas para no sé qué productora. Si esto ocurriese me sentirían como los cubanos, y cubanas sobre todo, que hasta hace un cuarto de hora no podían acceder al Nacional porque se “temía” que estuviesen allí para librarse a actividades ilícitas (sexuales mayormente). Me daría un asco repulsivo escuchar que después de tantos años me expulsan del paraíso porque los nuevos tiempos ya no entienden de euros sino que vamos a volver al dólar aquel, desvaluado y ajado, que ya hace muchos años me exigían para comprar una botella de güisqui en la Marina Hemingway.

Ignoro si Cuba va a ser invadida por hordas llegadas de Estados Unidos en busca de puterío y otras cosillas que en el mundo del Imperio tropiezan con cierta moral mojigata. Esto es lo que mucha gente cree en Europa, aunque lo cierto es que en esta parte del mundo se piensa poco en el futuro de Cuba, con o sin barquitos procedentes de Miami.

No es egoísmo sino que la Comunidad Europea ha engordado tanto que los problemas no se solucionan con un desfile de Chanel. Pero eso ya es harina de otro costal. Quisiera poder volver al cine Yara de La Habana, o incluso al Chaplin, aunque no me guste tanto, y no empezar a tropezarme con películas norteamericanas subtituladas en español o cualquier variante de semejante atropello. Quisiera poder volver al Hotel Nacional y no tener que preguntar por el ascensor mágico. Ya sé que son tonterías, minucias en medio de la estrategia nacional, pero los europeos somos así de sentimentales.

Ahora me dan permiso ustedes y voy a hacer un examen de conciencia nostálgica y contarles, sin cambiar una coma, lo que ya conté alguna vez, mi descubrimiento de aquel ascensor mágico. Perdí de vista al ascensorista del Hotel Nacional que en aquel año de gracia de 1993 conducía uno de los maravillosos ascensores de origen norteamericano que con reja y una monumental palanca de cobre pulido que sólo podía manejar él te llevaba a la aventura de los pisos. El interior del ascensor parecía el puente de mando del capitán Nemo, el mandamás del Nautilus inventado por Julio Verne.

Podías soñar incluso durante el trayecto lentamente agradable. Fue la noche del triunfo de “Fresa y chocolate”, el regalo que Fidel Castro, por medio de su amigo Guevara, hacía a todos los homosexuales de Cuba, que hasta entonces habían padecido por ser diferentes. Regresé al hotel absolutamente entusiasmado y antes de subir a mi habitación me tomé un helado de fresa y chocolate ante las cachondas mirada de una jinetera. Ah, olvidaba decirles que en aquellos tiempos todavía quedaban jineteras de a pie.

Aquella noche, ebrio de entusiasmo, me senté junto a una de ellas en un bar del hotel y ante el asombro del camarero pedí mi helado. La primera vez que llegué a París de regreso de Cuba, en 1985, mis compañeros me pidieron socarronamente que les enseñara el carné del partido comunista. Todo porque mis crónicas sobre aquel Festival chorreaban entusiasmo, el mismo que yo había sentido.

Y se me quedó la etiqueta, que luego, ya en España, transformaron en “amigo de la dictadura familial de los Castro”. Lo que son las cosas. De paso, la editorial que “descubrió” mi firma al pie de una carta pidiendo a Estados Unidos que no invadiese Cuba desistió de publicar un libro mío. Pero, pese a todos estos nimios avatares, durante todos estos años mi mejor recuerdo de aquel viaje ha sido el del ascensor. Aquella noche embarqué un poquito contento y no solamente por el fresa y chocolate que acababa de degustar. Era muy tarde, incluso para La Habana, y al poco de embarcar, aquel artilugio maravilloso se paró en seco.  Todavía veíamos por la reja el vestíbulo.

Entonces, mi ascensorista se volvió hacia mí y me dijo que había que tener paciencia. Que cuando aquel bicho capitalista se paraba había para rato. Eran otros tiempos, ya lo he dicho. Al pánico sucedió la euforia y decidí que nadie, ni los norteamericanos, iban a estropearme la celebración de aquella noche luminosa. A través de la reja, como una prisión dorada, como una jaula, llamamos a otro mozo que acudió rápido presto. Le pedí un par de ron con mucha nieve y a medida que el ascensor seguía embarrancado, el ascensorista y yo charlábamos ayudados por los vasos largos que sus compañeros no paraban de renovarme a través de la reja. Yo estaba convencido de que íbamos para Citera. En un rato, el que duró la parada, aquel mozo del Nacional me hizo un análisis de “Fresa y chocolate”, con todos sus consecuencias y antecedes políticos y sociales de una fineza primorosa. Al día siguiente no vi nada parecido en “Granma”.

La verdad, o la mentira, que es lo que siempre da más juego, es que eran tiempos de surrealismo en una Habana que se prestaba a ello. Ahora, después de ver al mandamás de Chanel, el extravagante Karl Lagerfeld pavonearse en el Paseo del Prado, estoy convencido de que la magia de La Habana va a tener que ser reparada si quieren que vuelva a funcionar. Probablemente que ahora también son otros tiempos. Que ya no cabe hablar de realismo mágico ni de otras zarandajas literarias. Ya tenemos bastante con los trapitos. Tan mágico era ese ascensor como era revolucionariamente mágica aquella robusta camarera del Hotel Capri a la que un día de aquellos le pedí una Coca-Cola. Casi se le salieron los ojos de las órbitas, se agachó y volvió a emerger de detrás del mostrador con una extraña botella, al tiempo que me decía con un cabrero monstruoso: “¡Señor, le pongo una Tropicola. Aquí no servimos Coca-Cola!”. Juro por Alejandro Dumas padre que me gustaría volver a encontrarme con aquella extraordinaria mujer a condición de que volviese a obligarme a tomar otra Tropicola. Pero si el realismo mágico se lo lleva el viento provocado por las hélices de los barquitos, adiós Habana.

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