Crónica rota de la bella Habana de los 60

 

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Qué bello era mi valle en La Habana de los años sesenta, con la puerta abierta para los setenta. Tiempos duros para los cubanos pero que el paseante europeo no comprendía ni quería comprender. Éramos felices en aquellas calles soleadas donde el que no quería venderte PPG (remedio contra todos los males) pretendía ofrecerte unos puros que poco tenían de habanos. Ya sé, la gente sufría a la hora del desayuno, porque lo notabas en la primera sesión de cine del Yara, donde muchos se quejaban de no haber podido encontrar nada para el café, a mí que acababa de desayunarme a gusto en el hotel cercano, pero eso sí en cierto período con pan negro que yo no conocía.

La Agencia France Presse tenía sus oficinas en un portal donde olía a orines humanos, pero les juro que no era un olor desagradable aunque tampoco les perjuro que fuera Chanel o Dior. Los cubanos ni se enteraban. La vida está hecha de muchos olores, de muchos inconvenientes, de muchas trapisondas que hay que aceptar, como hoy aceptamos el terrible coronavirus chino, de fabricación china, de envío chino, en nombre del comunismo que los chinitos ya han transformado en desvergonzado capitalismo salvaje y se ven más chinas comprando en la Rue de la Paix y en Place Vendöme de París que yendo al mercado de la rue des Martyrs.

El cafelito, tazas diminutas y hermosas sonrisas en las caras recién pintadas de la muchacha que te lo ofrecía, una de las que prestaban servicio en la AFP y ponían un tono de alegría en medio de los teletipos que cantaban su sinfonía de tragedias.

Ya al tercer día de aquel festival, yo me había vuelto loco. En ningún otro de los que yo solía frecuentar, limpitos, aseados, modositos y sin chillidos, había encontrado el amor por el cine que allí se respiraba. Y ocurrió lo que los fachas de mis compañeros de París habían previsto. Me volví locamente comunista, quiero decir que no veía más que cosas buenas a aquellas películas y, sobre todo, a aquel espectador más majareta que yo al que no le importaba no cenar para conseguir la mejor butaca para el estreno. Ignoraba que los cubanos hubiesen sido tan cinematográficos. Pero fue Fidel Castro quien los convirtió a esa religión cuando nada más que llegar al poder creó oficialmente la Cinematografía cubana, que daba para rodar documentales tendenciosa y abiertamente castristas y que la gente adoraba. Y con ello vino el cine, que llegó a ser uno de los mejores de América Latina. Pero cuando se murió Fidel Castro se acabó el cine, como se acabaron tantas cosas. Porque los que se apresuraron a tomar su puesto en masa no tenían gracia ni para empapelar un chocolate.

Fíjense que con el tiempo hasta llegaron a destruir el museo mundial de celebridades que existía en el restaurante “La bodeguita de en medio”, donde los desalmados se entretuvieron en borrar todas las firmas célebres que cubrían las paredes del local.

Pero en aquellos años sesenta estábamos muy lejos de esta catástrofe. Comíamos deliciosamente en ese lugar, aprovechábamos alguna Tropicola, porque se negaban todavía a vendernos Coca Cola. Ya luego fue la invasión norteamericana, con la estúpida visita del que fuera presidente, y todo el mundo se pregunta por qué, Barack Obama, que no dio nada a Cuba y enfureció al mismísimo Fidel, que lo hizo saber en uno de sus artículos.

Pues mire usted, eran tiempos, para mí, el europeo incauto, muy felices. La gente adorable y las muchachas que trabajaban en nuestra delegación siempre dispuestas a cumplir las misiones más absurdas, como cuando yo le pedí a una de ellas que me buscara una dirección en el listín telefónico. No dijo nada y al cabo de un buen rato, probablemente el que tardó en darse cuenta de que me tenía que decir algo que no me gustaría, volvió con cara compungida explicándome que no se publicaba lista de teléfonos desde hacía un millar de años, o poco más o menos. Creo que me habría hecho un favor que en lugar de ponerme cara compungida hubiese estallado en una monumental carcajada y decirme: “Cateto europeo, aquí tenemos otras cosas que hacer que publicar anuarios telefónicos”.

El recuerdo de aquellos tiempos felices –Fidel _Castro me acogió y charló conmigo cordialmente, como nunca hizo mi padre, que también llevaba uniforme, en una recepción en el Palacio de la Revolución, lo que puso verde de rabias a mis colegas extranjeros – supongo que alguno me llamaría chupaculo o cualquier lindeza–. El recuerdo me lo ha traído una nota que acabo de leer. Acaba de cumplir años jóvenes una de aquellas muchachas de la delegación de la AFP, Olympia Lima, la misma que la noche en que llegué invité a salir y con una sonrisa bonita como ella se negó. Entonces le dije que por qué se ponía tan guapa, y ella misma me replicó que eso lo mandaba Martí, el apóstol de los cubanos.

Tiempos maravillosos para el extranjero que yo era. Luego el que entonces dirigía el festival, Don Jose Horta, para todo Pepe Horta, se fue de estampida a Miami y apareció allí mismo con un Café Bohemia que todo el mundo adoraba. Ahora está allí y de vez en cuando le vemos en fotos de maniquí, tan guapo y tan bello. Pero antes me había llamado muy apurado para que hiciera saber al mundo que le habían tratado mal en el aeropuerto de La Habana, de donde salía con unos cuadros de no sé qué, y yo fui el encargado de dar la noticia.

Al carajo con todo, la Revolución siguió hasta hoy con esas malditas colas que yo no conocí.

Bueno esto se acabó porque, en realidad, no quería decir nada, era simplemente soltar unos cuantos recuerdos que tanto me pesan algunas mañanas.

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