Cuba y los periodistas-ciudadanos

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Hace unos años, cuando el periodismo digital empezaba en Francia, un periódico de aquellos tuvo la idea de lanzar la definición de “citoyen journaliste” (ciudadano periodista), animando a sus lectores a que contasen cosas vistas, opiniones basadas en la observación. Cuando apareció en Europa Facebook no pude tomármelo en serio. Sabía que venía de Estados Unidos aunque ignoraba con qué intención. En poco tiempo, este diario que recorre todos los teléfonos portátiles, se tradujo en las ganas que los lectores tenían de ser “citoyen journaliste”, escribir algunas cositas, aunque fuera con faltas de ortografía, que siguen existiendo, a veces con poco sentido común y otras brutalmente. Cuando en este caluroso mes de julio, pleno estío europeo, inesperadamente un montón de gente, sobre todo gente y desarrapada organizó la manifestación más importante habida en La Habana contra el gobierno desde 1959, el acontecimiento cogió desprevenido a la prensa de todo el mundo. FaceBook se llenó de pronto de videos, artículos cortos, ideas, informaciones de lo que pasaba en las calles habaneras y los periódicos de papel todavía dormían. De pronto Facebook se transformó en la pantalla que tenías que tener a mano si querías saber qué estaba pasando exactamente en la capital cubana, porque aquella oleada de protestas, aunque ya sabíamos en Europa de la escasez límite de alimentos, de las colas de horas y días para conseguir un cachito de alimento. Una situación insoportable pero que los capitalinos habían aguantado estoicamente. Y surgieron cientos de “ciudadanos periodistas” y otros periodistas de verdad que lanzaron sobre FaceBook noticias que dos horas antes nadie hubiese podido creer. El pueblo se alzaba contra las tropas muy entrenadas, la policía más que eso y todas las fuerzas represivas del régimen cubano que llegaban por todas partes como terribles jinetes del apocalipsis, bien nutridas, bien reposadas, con sus limpios uniformes, para meter por vereda a una pandilla, miles y miles, de gente que ya decía que no podía más. Y fue la denegación más grandiosa de los principios sagrados de la Revolución inventada por Fidel Castro.

Su sucesor, vamos el desconocido que habían puesto al mando, Miguel Díaz-Canel, siempre de traje o de camisa bien planchadita, con los pelos engominados y cara de no estar dispuesto a ceder por nada del mundo, había comprendido que le había llegado el momento de sacar todas las maldades que le habían enseñado en el Partido comunista, el amo de Cuba. Cientos, miles de detenciones en enormes autobuses nuevitos, en una ciudad como La Habana donde más bien se ven coches viejos para el desguace. Las tropas especiales, la policía de a pie y todos los cuerpos represivos habían sacado sus bates, sus armas, sus esposas para reducir aquella oleada humana que se venía encima del imperio Canel.

Si no hubiese sido por la existencia de FaceBook quizá nos hubiésemos enterado de lo que pasaba al otro día por algún corresponsal de diario de papel en La Habana. Pero FaceBook fue asaltada por los periodistas ciudadanos y otros más que profesionales, que daban cuenta de todo lo que ocurría, apoyándose en fotografías pero sobre todo videos que, aunque fuesen defectuosos y hasta muy defectuosos, eran la memoria viva. El mundo supo de las falacias del régimen que había jurado continuar la obra de Fidel por ese rotativo extraño que dice que inventaron los Estados Unidos para distraer a la gente pero que nadie esperaba se convirtiese en un arma casi mortal contra el régimen cubano. Y de qué manera.

Cuando empezó a circular FaceBook, el principal cliente de la publicación, a la que pagaba sus buenos anuncios, fue el gobierno cubano, a través de la Agencia Prensa Latina que encargo a alguna de su gente para que invadiera la publicación de miserables y supuestamente simpáticos lemas como Amor, Cuba, Mujeres cubanas, Lo mejor Cuba, mientras la gente en La Habana corrían, se arrastraban por las colas para poder conseguir algo de comer. Y se produjo el llanto del hambre, el estallido de los miserables, que Victor Hugo inventó, y ya nadie lo pudo parar durante muchas horas. Porque la gente estaba harta, hasta los mismísimos cojones, según la expresión de cualquier cubano en edad de comer, y perdieron el miedo, y eso cuando era la policía normal, local, la municipal digamos, la que ellos conocían. Y cuando vinieron los demonios del apocalipsis probablemente se asustaron de ver como llenaban autobuses con todo al que arrestaban, pero ellos siguieron la lucha.

Al día después de los truculentos disturbios, que nadie esperaba teniendo como protagonista a una pandilla de casi mendigos, las publicaciones vergonzosas y ociosamente graciosas del gobierno en FaceBook se fueron escondiendo. La revolución había ganado gracias a un periódico donde escriben más analfabetos y graciosos del montón que profesionales o simples periodistas ciudadanos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *