Decálogo y algo más del fracasado

Sergio Berrocal | Newsoncuba  

Quisiera suicidarme desde hace años. Me falta voluntad. Hasta he tomado unas pastillitas de la farmacia que deberían de haberme ayudado a ser más valiente. Eso me dijo la farmacéutica, una hembra aburrida. Quisiera sacar una vacuna contra el coronavirus pero me dicen que ya la tienen para los futbolistas, altos cargos políticos y otra gente importante. Liquidan una infección en menos tiempo que un resfriado y siguen ganando millones sin pausa. Quisiera que me quisieran pero fuentes informadas aseguran que ya estoy muy viejo. Que me eche una novia de anuncios de revista pornográfica. Pero temo que no sea sincera. Quisiera ser Superman por unos días. Solo para liquidar a esa plaga de bandidos oficiales que se ríen de la justicia a coro con los jueces. Me advierten que iré a la cárcel y nada de tercer grado, que para eso hay que tener por lo menos una novia princesa. Quisiera que las mujeres me persiguieran por las calles. Que me declararan su amor, aunque fuese el tiempo de un disco 45 rpm. ¿Qué ya no existen? ¿Los discos o las mujeres? Quisiera conseguir un amor verdadero. Que no me quisiesen ni por mi belleza ni por mis dineros. Un amor puro, sincero, de misa de 12. Un amor tonto. Me telefonean de la sociedad de autores advirtiéndome que no escriba más tonterías. Quisiera ser una buena persona, suficientemente tonta para estimar que suicidarse es una memez, que conseguir una vacuna es muy caro, que Superman ya está jubilado, que es muy cansino tanta mujer corriendo detrás de ti, que un amor declarado es peligroso. Y es peligroso para juzgado de guardia. Quisiera, y esto es serio, que una organización de “suicidadores” profesionales y baratos incluso amateurs (nada de muerte voluntaria asistida, hay mucho papeleo) me ayudara a acabar con esta vida absurda que consiste en escribir para gente más aburrida que yo, en consumir tres comidas, dormir en una cama, desayunar y volver a empezar. Quisiera ser por un momento Frank Sinatra –antes de que le enterraran, claro—o tal vez Marilyn Monroe para cantarle el Happybirday a aquel Presidente y ofrecerle una copa de cianuro, por chulo y desconsiderado. Quisiera volver a empezar, jurando no cometer todas las locuras, estupideces, bajezas, maremotos, cobardías acumuladas en mis primeros cuarenta años. Quisiera que después de los 40 la protagonista de la película libanesa Caramelos me diese asilo en una montaña del Líbano, bueno en un chalet debidamente acondicionado y que nos casáramos en un jardín de naranjos bajo el tiroteo incesante de nuestros hermanos los soldados judíos que tanto aman matar.

Quisiera tener hijos con ella, perdón, hijas, porque si una muere queda siempre una de repuesto.Quisiera, aunque no fueses en las montañas del Líbano, en cualquier playa de esta isla africana de mierda en la que vivo, que me visitase la única mujer que ha tenido finalmente importancia para mí, la hija que prefirió casarse con la muerte y dejarme con los ojos secos.Quisiera que por lo menos se cumpliese este último deseo antes de que me toque pasar por el incinerador.

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