Dos niñas, un destino

Sergio Berrocal | Newsoncuba

La joven estudiante que acababa ese año sus estudios de periodismo, como si pudiese estudiar algo tan misteriosamente absurdo, se ruborizó al pedirle al viejo profesor que le hablase de sus relaciones con las mujeres que había encontrado a lo largo de medio siglo de periodismo. Las mujeres son la secuencia más extraña que Jesús nos puso como castigo a los hombres. Las que he encontrado durante mis reportajes eran casi todas extraordinarias. Porque extraordinario es sonreír cuando acabas de escapar a la muerte o cuando te han dicho que tu hijo, el fruto de tu vientre, no el del hombre, va a curarse de ese mal que parecía incurable. Mientras desgranaba las palabras adecuadas, pensó de pronto en aquella actriz norteamericana que un día le mandaron entrevistar en París. Ella, Mary, apena tenía un año más que él y en seguida hicieron buenas migas porque ella era una amante de la Coca Cola en botella y él hizo como que aquel brebaje le gustaba también. Ella hablaba un cachito de francés suficiente para contarle su vida, sus ilusiones. Había pasado toda su vida en un pueblecito de Minnesota, que él ni sabía dónde estaba, ayudando a su padre en una pequeña empresa de papelería y siempre tenía tiempo de acudir a las clases de Interpretación que se daban en una universidad cercana.

Fuimos amigos, sin derecho a roce por medio, porque era puritana o sabía muy bien lo que quería. Se hizo famosa en menos de lo que cualquiera hubiese podido preverlo y de pronto desapareció, envuelta por el lujo de lugares donde él no iba más que de prestado.Pero lo que el viejo periodista quería contarle a aquella graciosa muchachita que le interrogaba lápiz y bloc en ristre, es que la vida es un espejo de coincidencias terrible.La muchacha de Minnesota murió de una forma atroz. La encontraron “suicidada” en el interior de su propio coche y en Francia se armó la marimorena porque había una gran aversión por los norteamericanos y la prensa afirmó que la muchacha había sido asesinada por un servicio secreto norteamericano, igual que Marilyn Monroe.

El viejo periodista no le contó a la jovencita que se preparaba para conquistar al primer periódico que le diese refugio que la vida es muchas veces cruel, y no porque unos desalmados hubiesen matado a su amiga la actriz.Fueron muchos años después, ya casado, con hijos cuando volvió a acordarse de la chica de Minnesota. Una de sus hijas, la más rebelde y la más bonita también, se parecía mucho a aquella actriz del pasado. Tenían la misma edad y las dos rebosaban de sueños bastante descabellados. Su hija adoraba el cine y quería ser fotógrafo de plató. Mientras tanto, vivía como alguien de su edad, con el novio que no le conviene raramente a los padres.

Una noche se marcharon para pasar el fin de semana en Deauville, no lejos de París donde vivían. Iban en un coche que los padres del novio, gente de dinero, le acababan de regalar para su cumpleaños.La niña estaba feliz y al viejo periodista le dio pena decepcionarla prohibiéndole ir a esa excursión. La madre apoyó a la niña y la parejita tomó la carretera.Al día siguiente, un mediodía de mayo radiante, dos gendarmes se presentaron en su domicilio. El viejo periodista, que ya estaba acostumbrado a los caprichos del destino no tuvo olfato. Creyó que venían por una multa, una pavadita.El más grueso de los dos gendarmes, que no sabía dónde poner su kepí, dio un paso al frente después de los saludos de rigor y se le oyó decir:

-Venimos para acompañarle a ver a su hija. Se ha matado a cien kilómetros de París.

El viejo periodista, que tantas cosas malas, tantas catástrofes había tenido que lidiar en su vida de periodista para todo, no reaccionó. Mientras la madre se deshacía en lágrimas y el otro gendarme tenía que atenderla, él solo dijo:

-Vamos cuando usted quiera.

Era el destino. Sin haberlo pensado mucho sabía que aquella catástrofe se produciría un día. Aquí no habría que hacer ninguna investigación para saber qué servicio secreto la había matado. Su ejecutor era el destino.No obstante, después de los funerales consiguió por mediación de amigos el informe de accidente. Sabía que la Gendarmería era exquisitamente cuidadosa y no dejaba un cabo suelto. Pero no había nada de particular. Había sido un simple accidente, del que el novio había escapado solo con una pierna rota y remordimientos de conciencia.Pero habían sido dos muertes muy parecidas. Las dos eran jóvenes, bonitas y tenían la misma edad. Y Las dos se habían dejado la vida en un coche.

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