El adiós

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Cuando salí por última vez hace veinte años de la sede de la Agencia France Presse en la Place de la Bourse de París supe que no era un hasta luego sino un adiós para siempre, de esos terribles y atroces adioses que te dejan marcado, apabullado. ¿Y a quién le importa que usted tuviese ese pensamiento de perdición o que haya encontrado un dúplex con piscina en Tombuctú? A nadie, sin duda. Ah, sí, me importaba a mí, a la única persona importantísima, very, que me queda en la vida. Las separaciones son siempre terribles, aunque os hayáis odiado toda la vida y tú le hayas hecho la vida imposible a ella y ella te lo haya devuelto con creces. Los adioses son el fin de la vida, de un pedazo de vida, que casi siempre es o ha sido el mejor. Aunque te creas que sigues vivo, como hace un par de horas, porque has pedido una copa de champán en el mostrador del “Vaudeville”, el restaurante que era como nuestro refugio en el que tú te metías durante cuarenta años en busca de paz, para sacarte un cabreo demencial y a veces incluso para dar un beso de despedida a aquella amiga que se marchaba de corresponsal muy lejos, con su novio, su amante o su esposo. Te ofreció unos labios cuyo color, olor y gusto conservaste hasta que ella tomó su vuelo. Supe que no volvería más a París porque yo no he vivido nunca en París sino en la Agencia France Presse (AFP). El lugar donde dormía, pasaba ratos con mis hijos, mi esposa y donde incluso nos tomábamos alguna botella que otra con algún amigo que lo necesitaba en aquel momento, era eso, un lugar situado en otro planeta de París.

Casi siempre hemos sido mal paridos porque nadie nos ha enseñado que decir adiós no es una solución. Es preferible hasta un “hasta luego” mentiroso. Como aquella vez a causa de aquella mujer que tanto amaste, hasta perder la razón en el consultorio de un psiquiatra carísimo, pero tenías la ventaja, cuando había partido, que podías oír la gritería de los imbéciles, porque estaba situado al lado del Parque de los Príncipes, un estadio de fútbol glorioso en sus tiempos. Tan glorioso como lo fuiste tú, ¿o ya has olvidado los juegos de manos en una mesa del Vaudeville mientras el camarero servía? Era otro adiós. Ella se marchaba a Tel Aviv y tú le hablabas de Gaza y de esos palestinos que habían sufrido antes que Jesús.

Los adioses son cosas de representantes de comercio, que se pasan la vida estrechando manos a ver si le compran los jodidos juegos de peines de nácar de China fabricados en Saint Denis, a un rato de París por el tren. Pero ni ellos deberían tener que someterse al adiós de verdad, definitivo, que no tiene vuelta de hoja.

Las ostras chorreantes de frescura saben mejor en una bandeja brillantemente plateada cuando con el vinillo blanco fresco, aunque no sea de un año excepcional, preparas con ella el rato que os espera en esa habitación del hotel enterrado en una de las maravillosas galería de París, la del Paraiso, en plenos bulevares que para Guy de Maupassant eran como su casa, donde solo entraban señoras y señoritas, respetando la edad legal.

Promesas entre edredones, caricias en el fondo de sábanas blancas que ni Nana tenía más bellas, porque la patrona del hotel conocía tus gustos, y la botella fresca y hambrienta de un chupetón que esperaba para acompañar el momento. Supe que nunca más vería París cuando uno de los porteros de la AFP, Marcel, un mocetón con pinta de rugby en acción, me gritó “Vous partez déjà?” (¿Ya se marcha?). Mi paso rápido desde el ascensor a la puerta de vidrio era precipitado. Una huida. Pero sobraba el adiós, la mano que estrechas mientras promete que pronto volveréis a veros. Porque tú sabes que cuando uno se marcha no hay media vuelta. Cuando me despedí de Rio de Janeiro me pasó algo igual. Salí como un ladrón, aunque ella se lo había olido y me esperaba abajo junto al ascensor. Un beso, un abrazo, decenas de promesas al oído y los dos sabíamos que no se cumplirían, que la fiesta había terminado y que ni la muchacha de Ipanema aquella de la bossa nova te haría volver. Porque los destinos se cumplen en los adioses. O entonces nunca digas adiós, ni saludes, ni te vuelvas para lanzar un beso, para hacer un gesto de amistad, de cariño.

Adiós, mi vida, adiós.

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