El Principito de España

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Era el tipo más popular, enamoradizo y simpático. Su único problema, ser Rey de España y no poder hacer todo lo que quería a plena luz del día. Cuando nos conocimos teníamos casi la misma edad, cerca de los cincuenta, años propios para preguntarte si has disfrutado bastante de la vida que el Señor te concedió o hay que hacer algunos ajustes. Lo cierto es que los dos pensábamos que todavía nos quedaban cosas por descubrir en el universo de los mayores. Mientras yo me apasionaba por Ernest Hemingway, todos sabíamos que Juan Carlos I, Rey de España, prefería las señoras, señoritas y todo lo que tuviese falda y cuantos menos años mejor. Él vivía en un Palacio y yo por aquel entonces en una pensión de toreros que había sido muy famosa en la calle de la Aduana, el centro de Madrid. Todos los periodistas destacados en la capital, donde pese a los simpáticos asesinos de ETA la vida era agradable, porque la policía se encargaba de tenerlos a raya cuando podía, sabíamos que había que ser discretos con el monarca. Porque aunque estaba casado con la Reina Sofía de Grecia le gustaba darse más de un garbeo por la vida y lo mismo aparecía en Lausana por no se sabía qué razón que en un lago de Italia, porque era un experto nadador y las muchachas casaderas solían ponerse a tiro para ser salvadas del ahogamiento. Porque ya se sabe que los lagos son muy profundos. Por aquellos tiempos Juan Carlos sonreía constantemente, no como ahora que después de haber sido “destituido” de Rey y haberse tenido que conformarse con el título de Rey II o algo parecido se ha retirado unos meses a los Emiratos Árabes Unidos para meditar. Nos conocimos gracias al aceite de oliva. Yo no es que fuese un loco por las virtudes de ese producto pero una mañana en la Agencia France Presse de Madrid, donde yo estaba de director adjunto, no teníamos nadie para ir al Palacio de los Congresos, que a mí me “vendieron” como una reunión cumbre del aceite de oliva. Como acababa de llegar o casi quise dar buena impresión y provisto de mi bloc más elegante y de un lapicero de mírame pero no me toques que me había regalado un amigo banquero me metí en aquella reunión tomando notas cuando entendía algo, es decir casi nunca. Porque el arameo de Mel Gibson luego me pareció más barato de entender que lo que allí decían. Pero de pronto se me subió el aceite de oliva a las narices, me puse la gabardina y salí a la chita callando porque aquello estaba lleno de guardaespaldas del Rey que poco antes le había visto presidir aquella cosa con cara más aburrida que la mía.

Tardé un tiempo más del que quise para sortear a los guardaespaldas, policía nacional y todas las barreras de seguridad. Cuando ya veía cómo en la calle llovía a mares, un señor muy bronceado y que hablaba un francés de pastelería de la rue des Capucines, alcanzó a agarrarme por una manga y en seguida se le unieron varios tipos con caras de pocos amigos y a empellones me hicieron dar media vuelta.

Antes de que pudiese preguntar algo, ya me habían metido en un salón que olía a aceite de oliva y aterricé a dos metros de un tipo con una sonrisa que quería decir algo así como “ya te hemos pillado, pillín”. Me tendió una mano acostumbrada a ofrecerla. El tipo era muy alto y tuve que ajustarme las gafas para verle. Era el mismísimo rey Juan Carlos I de España y no sé cuántas cosas que vestido con un traje de los que únicamente se vendían en una sastrería en Madrid (un día me compré yo allí una chaqueta y me sentí primo del rey) que me sonreía y me tendía la mano como diciéndome que nadie se escapaba de sus invitaciones. El productor de aquel show aceitunero me pegó un empujón y alcancé a agarrarme a la mano de Su Majestad, que después de decirme algo que no entendí, se lo llevaron por otro pasillo y yo me quedé con mi mano tendida aunque ya estrechada.

El Rey de España era un tipo cachondo que caía bien a todo el mundo, sobre todo a las damas. Se le conocían tantos idilios que mejor era apuntarlos. Decían, pero ya saben ustedes lo que es la envidia y lo que son las malas lenguas, que aprovechando un viaje de su esposa que se marchó un mes a Grecia a visitar a su mamá, él se encerró en su palacio con una folclórica gitana que fue la comidilla durante meses. Otros hablaban de otro idilio con una guapísima presentadora de circo que dirigía su marido, el pobrecito mío medio jorobado. Juan Carlos era un encanto. Pero un amigo mío, el del bolígrafo de lujo, me contó que le gustaban los negocios. La verdad es que también contaban que su abuelo era un mujeriego de altos vuelos que con su capa madrileña se escapaba de Palacio por las noches en busca de buena fortuna, que siempre encontraba. Conocí a uno de sus supuestos hijos por la parte de atrás que era simpático y tenía cara de Borbón.

Estuve cinco años destinado en Madrid y me tocó acompañarle a la Exposición Universal que el primer ministro socialista y andaluz Felipe González había montado a todo trapo en Sevilla y que realmente fue un exitazo, pese a los bichos de los terroristas. Y aprovechó el muy listo para instalar el tren de alta velocidad francés que en España se llama el AVE. Durante aquella visita a la Expo Universal nos condujeron en tropel, los reyes y un montón de periodistas a uña de caballo, porque Su Majestad tiene patas largas, hasta el lugar donde se decía que había estado enterrado Cristobal Colón… Aunque el pobre navegante había sido encontrado en tantos sitios…

Un profesor de arqueología o algo de ese estilo oficiaba de conferenciante al lado del boquete de la sepultura que estaba vacío. Entonces, Juan Carlos, que siempre ha sido un cachondo mental, dio un vozarrón y empezó a pedir explicaciones al profesor que nos hablaba de Colón. Su pregunta esencial era ¿Colón está ahí o no está? El pobre hombre estaba descompuesto y a punto de desmayarse en la tumba. (Y entonces yo me acordé de otros tiempos. Una noche que tuve que ir al aeropuerto del Bourget de París para recibir con otros colegas a un tío de Juan Carlos que llegaba de no sé qué fiestorro. Previamente, un tipo de la embajada de España nos había dicho, como en confesión, que el visitante apenas hablaba, un defecto de nacimiento, y que lo tuviésemos en cuenta. Nos pusimos casi a rezar y en ello estábamos cuando apareció el viajero que de pronto pego un estruendoso alarido reclamando a un camarero de aquella terminal de vuelos personales un GUISQUI!!).

Ahora que lo pienso… Pero dejémonos de circunloquios. Actualmente, después de que se lo rogara su hijo, dicen, el rey Felipe VI, que desapareciera por un rato, el Rey Honorario se marchó con los árabes entre los que cuenta al parecer buenos amigos y con los que ha hecho buenos negocios para España. Últimamente aseguran que el Rey Emérito, el que fuera Juan Carlos I rey de España, tiene morriña y harto de tanta arena quiere regresar a Madrid. Pero parece que de los muchos dineros que recibió, dicen que en comisiones y que metía en un banco de un amigo en Suiza, se le olvidó declarar unos cuantos dólares de otras comisiones menos honrosas. Y ahí están, en espera de que le manden un billete de vuelta a Madrid. Hoy mismo afirman que la cosa ya está casi hecha y que pasará las Navidades en España.

Sea como fuere, Juan Carlos es un malquerido, pero simplemente por la incomprensión de unos y otros. En realidad, él nació no para ser Rey sino para ser el Principito de la leyenda que decías cosas tan justas como ésta; “Cuando encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo”. Pero lo malo es la incultura. La gente no sabe apenas quién es el Principito.

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