El Principito también lloraba

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Quién lo diría. Todas las frases maravillosas del Principito, Le Petit Prince, que nos ayudan en nuestro llanto diario en busca de algo que se parezca a la felicidad, las parió un piloto de la Aeropostal francesa, Antoine de Saint-Exupéry, mientras trataba de zafarse del desierto del Sahara donde había caído con su avión. Un tipo extraño este piloto en aquellos tiempos, años cuarenta del otro siglo, en que ponerse a los mandos de un avión para ir de Europa a América era algo más que una locura, un sin sentido. Antoine era un piloto más que experto. Antes o después combatió en la segunda guerra Mundial pero ya antes se dedicaba a llevar el correo a través de los aires con un avioncito que a cualquiera le daría risa. Entonces vino la revelación, cuando cayó en las arenas del desierto, con una avería que ni siquiera sabía si no le dejaría allí para siempre. Saint Exupéry era un hombre de letras y al mismo tiempo un aventurero.

Combinaba sus viajes como piloto con la escritura. En 1928 escribe y publica su primera novela, Correo del sur. Luego se afincó en Buenos Aires como director de la Aeropostal Argentina. Se trataba de conseguir que el correo circulara más rápido gracias a la aviación. Hasta que un día que volaba sobre el desierto del Sahara, el avión dijo que ya estaba cansado y aterrizó en las dunas. Saint-Exupéry comprendió que tenía para rato. Se armó de paciencia y sacó sus cuadernos y unas acuarelas que no le abandonaban nunca. No se sabe si primero dibujo el personaje que figura en cualquier ejemplar del Principito, el muchacho corto de patas pero alto de intenciones. Lleva una capa verde y una espada, como si estuviese preparándose para una representación teatral. O para una batalla feroz por el buen sentido y el amor de los hombres. Estaba durmiendo para reponer fuerzas, cuenta el piloto, cuando al amanecer oyó una voz que le pedía, me suplicaba: “Por favor, dibújame un cordero.” Ya estaba despierto pero la voz insistía: -¡Dibújame un cordero! Y cuenta el piloto: Entonces vi a un hombrecito realmente extraordinario, que miraba gravemente… Era extraordinario. No se olviden que yo me encontraba a mil millas de cualquier región habitada… Mi personaje parecía en buena forma. No daba la impresión de haberse perdido en medio del desierto, a mil millas de cualquier región habitada.

Cuando le pregunté qué diablos hacía allí, volvió a repetirme:

-Por favor, dibújeme un cordero…

Tuve que dibujarle varios porque no les gustaba. Hasta que por fin di con el corderito que le hizo gracia. Entonces, como no me dejaba tranquilo y yo tenía que arreglar el motor del avión, siguió dándome la lata. Los corderos que dibujaba no le gustaban. Entonces dibujé una caja con agujeros y le dije que el animalito estaba dentro. Quedó satisfecho. Más que aviador, Antoine de Saint-Exupéry era probablemente un cuentista que se ignoraba y esta cualidad la desarrolló mientras el motor o los motores de sus aviones le ronroneaban por encima del mar, y sobre todo cuando tuvo aquella escala prodigiosa en las dunas del Sahara.

Y se le apareció el Principito, ese ser nacido de la profundidad de las arenas, que le esperaba probablemente desde hacía mucho tiempo. Para el piloto-escritor y sobre todo pensador, el desierto no era un lugar donde unas muchachas salvajes, bellas como el alba e intrépidas como los jaguares te invitan a tomar el té en lo más alto de una duna. Para él, el desierto era el lugar de reflexión, de ensoñamiento, porque nadie se cree que aquello fuera una puesta en escena. Es muy probable que el Principito, ahí tienen los retratos que él mismo le hizo con sus acuarelas, fuese una de esas apariciones que quienes le conocen dicen que se producen allí donde no hay más vida que la que tú quieras dar. Entre dos tornillos, Antoine escribió lo que le venía a la cabeza o quizá escribía al dictado lo que le decía aquel ser minúsculo que probablemente no salió de sus sueños, de sus pesadillas, cuando falta el agua y sobra el sol, sino que estaba esperándole allí para indicarle su camino. Para alegría de todos los que hoy le leemos el Principito ya forma parte de nuestra conciencia. Es tal vez un ángel que Jesús le mandó al aviador para que le guiara, no se desesperara y para ser su inspiración y el vector de todos los mensajes que desde aquella avería en el desierto podemos leer y reflexionar.

Pero también llorar, porque a veces hay reflexiones amargas que ni un corderito fabricado de la nada puede consolar.

Quién sabe, el desierto es inmenso, profundo y más misterioso aún.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *