El telefono maldito

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Una amiga actriz que tenía su pisito en una callejuela de las inmediaciones de la Place Pigalle de París me contaba que su angustia era el teléfono. Pasaba el tiempo que estaba en casa, un minúsculo estudio donde a veces no tenía más que un bocadillo a dos francos para dos días esperando que la llamaran. Tenía que trabajar, como toda la gente que vive de esa profesión.Yo no soy más que escritor, periodista con cincuenta años, tres meses y unas cuantas semanas de experiencia y también espero que el puñetero teléfono, ahora son móviles, me diga que alguien me quiere. El otro día, cuando recibí una llamada desde un lugar perdido en México, me emocioné y pensé que ya tenía vía libre para irme a los estudios de Churubusco.Era una amiga a la que adoro sin que ella lo sepa desde hace muchos años. Me hablaba de sus cosas, la mejor guionista que he conocido. De sus dificultades sobre todo. Estuve a punto de echarme a llorar. Aunque no sé de qué me quejo. Últimamente recibo muchas llamadas y bonitas voces que me proponen cambiar de compañía telefónica, comprar un televisor nuevo, pero yo le digo que antes tengo que operarme de cataratas pero que con el bicho chino no hay quien se acerque a un quirófano. No hay quirófanos.Otras veces un tipo con una voz alegre como si me fuese a comunicar que he ganado el premio al Mejor –ya ven que no reclamo ni un Nobel, una vez se lo dieron a mi compañero de la Agencia France Presse Mario Vargas Llosa, Varguitas le decía su esposa, que trabajaba de mecanógrafa cerca de nuestra Redacción y era un monumento a la feminidad. Luego él la abandonó por una sobrina muy simpática que un día en Biarritz, maravillosa ciudad con su Hotel du Palais, antigua residencia que la lista española Eugenia de Montijo, le sacó de la ducha porque era yo. Aquel hotel era una maravilla. Me dejaron estar un día entre muebles de mil épocas. Todo era de Eugenia de Montijo, una española supremamente inteligente que se cameló al Napoleón III Bonaparte, que en nada se parecía por sus cosas de la vida al Napoleón, que ha dado hasta coñac y otros productos que alegran la vida. La gente que te llama por teléfono sabe lo que se hace. Los pobrecitos o pobrecitas mías están mal pagados pero tienen que conseguir clientes. Y desde que tenemos el bicho chino que se traga almas como tú una aceituna, los que más me solicitan vía telefónica son señores muy bien educados que sin esperar que acabe de coger el teléfono me sueltan: “Tenemos los mejores seguros de vida-muerte. Por unos pocos euros está usted seguro de que le quemarán, embalsamarán o lo que usted desee como a un faraón cualquiera o simplemente le meterán en un agujero para ratas llamados nichos”.

La primera vez pregunté a uno de mis queridos interlocutores si su padre era un orangután pero al cabo de un tiempo conversas con ellos y hasta les da correa: ¿Las flores las cuentan ustedes aparte?”. Qué más da que sean hijos de Chita, la mona de Tarzán.Voy por la mitad de mi tercer güisqui con hielo y un chorreón de agua Perrier y empiezo a entender mejor todo lo que a los teléfonos se refiere.Imaginen que no tienen trabajo, como tan frecuentemente ocurre en esta época maldita en que las economías mundiales se desmoronan porque una pandilla de bandidos chinos nos ha mandado un virus mortal que llena más cementerios que la Primera Guerra Mundial, cuando los bondadosos alemanes, los de un Kaiser cualquiera, ni Hitler, mandaba gases a las trincheras franceses para liquidar la resistencia de aquellos héroes que cuando en 1914 se declaró el primer conflicto mundial se fueron a la estación más cercana en taxis que requisaron en las paradas. Aquellos franceses era héroes y ganaron la guerra por puntos, porque todo el mundo se metió y le quitaron el bigote chulesco a los malditos alemanes que se chuleaban y se chulearían más tarde, sobre todo en 1940, buscando hembras por los bulevares de los Italianos de París.

Pero he decidido que al próximo valiente que me ofrezca telefónicamente una tumba paradisiaca, aunque sea sin la seguridad de encontrar en el paraíso las vírgenes de Alá, le firmaré de las dos manos. Hasta le encargaré una tonelada de esas margaritas que yo hasta entonces no he mandado más que a las mujeres que me han querido.Quiero morirme de güisqui y no de coronavirus. Por favor, Jesús, rómpeme el hígado antes de que esos animales bestiales enviados por los espantosos Chinos, que son peores que Fu Manchú, me coman por las patas arriba.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *