El tiburón cubano y el PPG

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Me gustaría ser cubano por un rato para no tener todos los quebraderos de cabeza que me procura mi condición de ciudadano de un país europeo donde no se sabe distinguir entre las millonarias vacunas contra la pandemia china y se pasan la vida cambiando de marca, mientras algunos caen fulminados por el mal uso de una de ellas. No es broma, es miedo. Parece como si el coronavirus nos hubiese atontado, en particular a los dirigentes nacionales que junto con los de la Unión Europea, todavía peor, están haciendo ricos a los laboratorios internacionales en toda impunidad. Europa está enfangada en la más indescriptible pobreza del alma y colas del hambre porque la economía se ha venido abajo y hay millones de personas que no tienen dónde trabajar y, por lo tanto, poco o nada que comer. Me gustaría jugar ahora mismo al cubano, como he hecho otras veces, pero con la cartera bien llena y sin tener que salir del Hotel Nacional para hacer colas en busca de patatas y otras cositas necesarias. Prefería cuando toda la preocupación de las autoridades era que las jineteras (muchachas bonitas y educadas en general y encantadas de hacer un favor a un señor) no molestasen mucho a los turistas. Aunque como ahora creo que las autoridades recomiendan un medicamento llamado PPG, que en mis tiempos se vendía de contrabando en la calle a los turistas medio tontos, es posible que ya hayan vuelto las jineteras, que daban alegría a La Habana nada más que con su garbo natural. Pero tontamente me doy cuenta de que mi deseo, jugar al cubano con una buena cartera en el bolsillo, es la vocación de cualquier cubano auténtico y certificado. Y de paso seguro que me quitaban la obsesión que me causa el bicho chino porque me pondría, por supuesto, una vacuna cubana, que se tire por donde se tire, me ofrece moralmente más garantías que las que corren por las jeringuillas en Europa. En tiempos de Fidel Castro, ay, ay, teníamos las diplotiendas donde era posible encontrar hasta clavos. Y no se rían. Porque hubo un momento en que yo andaba por La Habana y esos útiles de cualquier carpintero no aparecían por ninguna parte. Otras veces faltaban esos tomates tan ricos cuando no hay langostas que llevarse a la mandíbula pero mi amigo Chango solía tener proveedores para casi todo y más de una carretilla de tomates vi delante de su casita de Macondo. Lo que nunca parecía faltarle a los corresponsales extranjeros eran golosinas como las langostas, tal vez porque fuesen baratas en aquellos tiempos en que yo creía que un día me harían cubana por decreto. Uno de mis amigos, francés, nos invitó un día a almorzar, con una esposa muy entusiasmada porque había encontrado tomates y nos había preparado una fuente prodigiosa. Pero yo en la cocina había encontrado un congelador lleno de langostas, aunque creo que estaban vivas y por lo tanto no era un congelador o los bichos tomaban vitaminas. El caso es que mi amigo me vio tan miserable acercarme a ellas que finalmente comprendió mis sentimientos y dejamos los tomates para otro día y nos zampamos un descomunal montón de langostas.

Nunca encontré en Cuba el bicho que consiguió el pescador de Ernest Hemingway en “El viejo y el mar” pero sí un tiburón, que me hizo renegar de la raza humana. Un amigo me había recomendado un baño en una playa cerca de La Habana e incluso había nombrado a su escultural novia, modelo de profesión con un cuerpo alimentado por sangre francesa, la madre, y cubana, el papá, mi guía oficial. Como para cortarse las venas. Nada más llegar a la que yo bauticé –había que impresionar a aquella mujer—La playa del pirata, me metí en el agua mientras ella tomaba el sol. De pronto, miré hacia la arena para cruzar su mirada. Pero se me atravesó un objeto nadador no identificado que no tardé en identificar. Era un tiburoncito, una cría de tiburón, me precisaría mi acompañante, que tuvo la delicadeza de no carcajearse, pero yo corrí tanto que un poco más y llego a la Plaza de la Revolución.

Fue el bochorno de mi vida, que todavía recuerdo con pavor, excitación y terror. Más de una vez me he salido corriendo de la ducha de mi casa porque me acordaba de la puñetera Playa del Pirata. Después de que mi niñera, que tenía un desfile de modas a las siete, recompensara mi cobardía vergonzante con un beso que estuvo a punto de provocarme un desmayo del que ni los vigilantes de la playa hubieran podido recuperarme, juré que nunca más me metería en una playa. El tiempo que me quedaba en La Habana me daba una ducha rapidísima porque como era tan chiquitito, pensé que el tiburoncito quizá se había metido por una tubería para visitarme. A veces dicen que se encaprichan de los humanos como un perro o un gato. Odié la película Tiburón durante años y al protagonista, ese chulo de Roy Scheider que Dios tenga en su paraíso tropical, lo recuerdo sin compasión. Pese a este fallo mío tardé mucho en consolarme que mi niñera se casara con mi amigo. Llegue incluso a pensar imbécilmente que como yo ya había publicado una novelita la conquistaría con mi intelecto… Si alguna vez pasan por la Playa del Pirata, por favor tengan cuidado con los tiburones. Porque la cría que a mí me produjo el pánico de toda una vida estará ya en edad de morder en serio.

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