El viejo, el muchacho y el tiburón

Sergio Berrocal|  Newsoncuba.com

El viejo había vivido toda la vida de poca cosa, los cuatro peces que conseguía traerse en su bote medio escacharrado después de haber navegado y pescado hasta donde los dioses le permitían llevarse la vieja barca llena de remiendos, achicando más agua que beneficios. Pero el viejo tenía un amiguito de la playa con muchas ambiciones. Quería cruzar el Malecón y buscar fortuna en Miami. El prometió ayudarle y de la pobre pesca que conseguía todas las tardes, una parte de la venta era para meterla en una lata, el “tesoro” como él lo llamaba y los ojos se reverdecían. Quería darle al chaval lo que él no había conseguido en toda su vida de pesca. Un día incluso le dijo su secreto. Él sabía dónde se escondía un tiburón blanco, el único del Caribe, desde hacía veinte años. Solo lo había visto una vez, en un momento de dicha, casi un sueño, era recio, largo y una presa que le quitaría de la cabeza todos los problemas del que llamaba su ahijado. El muchacho no amaba especialmente el mar y menos tener que manchar su pantalón, que siempre cuidaba como si hubiese sido el traje de gala del Príncipe de Gales. El le ayudaba a meter el desgastado bote en el agua y cuando ya anochecía se acercaba a la playa, son mucho cuidado para que los bajos de sus pantalones no se mojaran en la orilla.Pasaron muchos días de pesca insatisfactoria, pero todos los días el viejo metía unas moneditas en su lata, el cofre como le llamaban los dos cuando había caído en gracia una media botella de ron. Un día, el viejo amaneció más guerrero que nunca. Sabía que iba a ser su día, su hora de gloria. Y sin despertar al muchacho se fue a arrimar la barca al mar, sin hacer el menor ruido. A mediodía, la gente de la playa era un grito sin parar. El viejo pescador había desaparecido. El muchacho no sabía nada, acababa de despertarse porque la noche la había pasado con otros chiquillos en el Malecón, y pensó que el tiburón gigante del que el viejo tanto hablaba había llegado de madrugada y se los había llevado para siempre, a él y a su barca. El sol pasó el día en medio de los viejos amigos del pescador que habían acudido en busca de noticias. Pero empezó a declinar y no aparecía nada al horizonte, más que la desesperación. Todos pensaron que el tiburón descomunal, el que nadie había visto pero del que siempre se hablaba tanto, se había tragado al viejo y a su barquichuelo. Eran ya casi las doce de la noche. El muchacho, que empezaba a sentir malestar, remordimiento hubiese dicho la vieja Carole, no dejaba de recorrer la playa, con la esperanza de ver la vela de la vieja barca aparecer en el horizonte. Se quedó dormido frente a la cabaña del pescador, y largo tiempo estuvo viéndole en sueños. Le pidió perdón por sus ambiciones insensatas y por haberle arrancado la promesa de que él le encontraría el dinero para que cumpliera su sueño allá en Miami, donde decían que ataban los tiburones con longaniza.De pronto despertó. La noche era negra como nunca, no se veía nada y menos si se miraba al horizonte, que había desaparecido.

Harto de esperar, asustado, pero con muchas lágrimas en los ojos, todas las que había guardado su orgullo, se echó a llorar. Y de pronto la playa se iluminó como si el sol hubiese estado jugando al escondrijo. Justo donde las olas empezaban vio a un hombre que casi no conocía. Era el pescador pero estaba tan rutilante, le brillaba tanto el cuerpo de orgullo, que no le reconoció. Su vieja barca estaba más nueva que nunca, recién pintada.

-Ha sido Ulises –le dijo el viejo al oído- Anoche cuando me vio tan desesperado me preguntó qué me pasaba. Le conté que había prometido capturar ese bicho para que tú pudieras cumplir tus sueños. Y aquí me tienes. Y ahí tienes el tiburón, enterito, nos darán mucho dinero por él. Ulises lo ha traído del fondo del mar donde se escondía hasta la playa.Fiestas fueron muchas a lo largo de los años en La Habana, pero ninguna como la de aquel día en que todas las autoridades querían apuntarse al triunfo del humilde pescador, que parecía más joven, más combativo.

Un extranjero que solía pescar con él le pagó una millonada por el tiburón. Cuando volvió la calma, el viejo y el muchacho contaron tantas monedas de oro. El viejo apartó un montón, casi todas y al día siguiente, el muchacho ya estaba en Miami.El viejo, que lo único que amaba era el mar que siempre le fue fiel y le dio de comer cuando lo necesitaba, pasó meses y años sin saber nada de su protegido. Cuando encontraba a alguien que llegaba de Miami siempre le preguntaba y todos le decían igual: “Ahora se llama Don José y tiene una fábrica de pescado. Es multirrico”. Llegaron las Navidades, una, dos, tres y muchas más. El viejo ya no podía salir a pescar. Sus vecinos le daban de lo que tenían y él seguía quieto sentado en la playa, con los ojos puestos en el horizonte. Una mañana, después de que pasaran tantas otras, un bonito yatecito blanco echó anclas y en un bote con motor desembarcó el muchacho del pescador. Se abrazaron con emoción pero el viejo ya apenas se mantenía de pie. Le llevaron al hospital. Los médicos diagnosticaron muchas cosas. Pero el muchacho quiso que fuese con él en el yate. Le compró una gorra y le nombró patrón. Cuando el yate llegaba a Miami, el viejo llamó a su muchacho: “Sé buena persona y Dios te bendecirá. Yo ya tengo que irme. Me esperan mis peces”. Y murió mientras las lágrimas del chiquillo asustaban a la tripulación. En esas apareció Ulises: Permíteme que me lo lleve conmigo a una isla que solo yo se dónde está. Que los dioses os bendigan. El barco de Ulises despegó como un moderno avión y en unos minutos había desaparecido del mar.

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