Érase una vez el desierto de Mojave

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Fuimos felices en aquel extraño hotel del desierto, el Bagdad Café. La viajera gruesa se llamaba en realidad Marianne Sagebrecht pero decidió que le llamáramos María. Y nos sentíamos tan bien con el loco de Jack Palance y su cara de carnaval que nadie nos hubiese podido echar. Yo me había arreglado con la propietaria negra que se enamoró de mí, porque afirmaba que le recordaba a Anthony Perkins, o eso fue lo que dijo para desocupar mi cama. Monica y yo fuimos desde entonces inseparables.

¿Qué de qué se vivía en el Bagdad Café? Aparte de vender unos cuantos cafés a gente de paso o al sheriff del condado, al que no se le cobraba, vivíamos de sueños y del dinerito que cada uno llevaba encima. No olviden que estábamos metidos en un sueño y que los sueños cuestan caros.

Pero una tarde se presentó la PolicÍa Federal, Iban buscando contrabandistas de güisqui que en aquellas regiones de gargantas secas se cotizaba muy requetebién.

Mónica, norteamericana nativa de Harlem, era la única que podía quedarse. Todos los demás éramos extranjeros e indeseables.

Maria y Jack decidieron tomar una ruta juntos. Yo me quedé a media luz hasta que a Maria se le ocurrió llamar un taxi, un taXi amarillo precisé yo.

Al día siguiente estaba allí con su chófer mexicano y muchas ganas de cachondeo.

Besos y más besos pusieron fin a la etapa del

Bagdad Café. Salimos pitando del Mojave con la cosigna de que teníamos que llegar a El Vedado.

–Usted está loco, europeo. El Vedado está en La Habana y la Habana en Cuba y entre ellos el mar.

. Tire derecho y ya verá…

Ya estábamos en el rio Hudson y como me había prometido mi hada madrina, el coche seguía navegando ante la admiración de todos los barcos que cruzábamos, que mandaban bramar a sus sirenas y los remolcadores formaban un camino real con sus inmensos chorros de agua. Fue un viaje largo y a veces penoso por el agua, luego por los guardacostas que se divertían pero no sabían qué pensar. Finalmente concluyeron que aquello era una triquiñuela de Hollywood y nos dejaron en paz .No sé cuántos días de conducción. El caso es que aquello era estupendo. El taxi parecía un avión y en un solo rato alcanzamos las costas cubanas. El taxista y yo nos abrazamos cuando aterrizamos al lado del Hotel Nacional. La gente nos felicitaba pero pensaban que eran planos especiales para una película, ahora que Cuba estaba de modas .Corrimos hacia el Vedado y llegamos a la casa que buscaba. Pero el piso estaba cerrado. Una vecina me dijo que la persona que vivía allí se había marchado a París. Me había abandonado. Dejé a mi taxista, al que pagué con un tesoro encontrado durante una travesía, era el tesoro de Montecristo. Yo me quedé la mejor parte, claro y después de pasar una noche en la más apabullante suite del Nacional al día siguiente estaba en un avión de Air France, primera clase y todas las consideraciones debidas al nuevo Conde de Montecristo. Eso decían mis papeles que me habían fabricado en cuatro horas en una tienda de calle Obispo.

Pero cuando llegué a París sabía que me aburriría y que mi vida estaba en otro lugar, en la Amazonia. En el Sena había encontrado a un millonario medio loco belga al que conté mis cuitas. En menos que canta un gallo degollado estábamos corriendo por las aguas del Sena a toda vela tanto que un poco más y nos pasamos de nuestro objetivo. Calimos a la altura de las Canarias y luego ya fuimos costeando y nos metimos en el Pantanal, el lugar más bello del universo. Me llegó un mensaje que la señorita del Vedado estaba en la Opera de Manaus, donde se había enganchado en una orquesta rusa que acababa de llegar.

Al nombre de Conde de Montecristo todas las puertas se me abrían de par en par y sobre todo las de esa Ópera de Manaus, mística y adorable, que los barones del caucho habían construido hacía más de un siglo. Tenía el techo de partículas de oro y los barones habían alquilado una familia de fantasmas para dar un toque exótico.

Entré llevado por toda una marabunta de brasileños que querían honrar el paso de Montecristo. En el escenario había ensayo general. El grupo de cellistas estaba compuesto por ocho muchachas muy jóvenes y de una belleza arrolladora. Cuando el maestro, que no hablaba más que ruso comunista lo mandó, ellas apretaron el enorme instrumento entre sus piernas forradas con un traje de noche rojo con toques de encaje blanco tejido en Brujas, muy lejos de allí, que temblaban con la melodía. Milady de Winter y yo nos habíamos instalado en un palco especial que sobrevolaba el juego de las cellistas. Las boquitas pintadas de las intérpretes rusas parecían cantar una sinfonía de amor y de pasión que enajenaba al más cuerdo. Hasta que nos dimos cuenta que interpretaban “Cuando pasan las cigüeñas”.

Mi amiga, la jovencita perdida en el Vedado, formaba parte del grupo de cellistas, aunque era la más bella de todas, y así me lo declaró Madame de Winter. Tuvimos cuidado de que el cardenal de Richelieu no apareciese. Un escuadrón de mosqueteros del rey, llegados en un vuelo de Air France, habían tomado posición con sus vistosas túnicas a la entrada de la Opera para interceptarlo si es que aparecía. Aquello era vida. Yo más feliz que Filiberto el ciego con mi taxi amarillo, que provocaba admiración entre amigos y extraños. Y sobre todo porque se desplazaba a la velocidad del rayo, cuando los mosqueteros que la Reina nos había mandado se desplazaban a caballo.

Pero finalmente vimos llegar por la pista de aterrizaje del aeropuerto más divertido del mundo, porque un millón de obreros tenían que estar constantemente cortando árboles gigantescos para que la selva no impidiese a los aviones posarse en las copas de extravagantes árboles que nunca paraban de crecer.

Y de pronto vimos pasar las cigüeñas que yo recordaba de cuando estuve guerreando en el frente ruso durante la II Guerra Mundial. En ese momento, las cellistas soltaron sus instrumentos, tiraron sus vestidos de lujo y se pusieron ropa de campesinas de cuando la Unión soviética necesitaba a los koljozes para comer todos los días. Y todos juntos, incluyendo a los mosqueteros, invadimos la pista, provocamos dos choques de aviones, uno de la Panam y otro de Air France y nos pusimos a ver pasar las cigüeñas.

Fue en el preciso momento en que mi cellista preferida me abrazaba con entusiasmo y gritaba a la gloria de Stalin cuando se encendió una especie de sol. Eran las luces de la sala del cine donde habíamos estado viendo la película. ¿Y entonces el desierto de Mojave? ¿Y Mónica? Y el sheriff aquel que quería expulsarme del territorio norteamericano.

Todo había sido un sueño, largo, eso sí. Y no quedaba más que el taxi amarillo en el que nos montamos mi cellista y dos amigas y el taxista puso rumbo al barrio negro de Nueva York, donde me esperaban una serie de personajes de aquellas novelas policíacas que escribía Chester Himes.

Se nos atravesó su ciego que llevaba un enorme pistolón y corría detrás del taxi como si en ello le fuera la vista. Estaba ciego pero cada vez que disparaba nos quedábamos con un cacho menos de coche… Después de mucho correr, nuestro taxista hizo una peligrosa maniobra y alcanzó de lleno al viejo ciego con su enorme pistolón. Salimos pitando y volvimos al mar. Las rusas estaban encantadas. Decían que ni con Stalin era tan divertido. Regresamos al rio Hudson y nos hundimos. Yo conseguí escaparme con mi cellista y en cuanto a los demás, les juro que no tengo ni idea. Ahora estamos tramando volver al Mojave. Anna y yo ya tenemos la Green card y pronto volveremos a abrir el Café Bagdad, en el que mi cellista será la animación principal. Quizá contratemos al ciego con su pistolón para que haga exhibiciones de tiro real y a lo loco, por supuesto. Porque desde la persecución el pobre ve menos todavía-.. Los norteamericanos, ya se sabe, tienen un sentido especial de la diversión.

Si creen que todo esto no es más que un sueño, producto de alguna borrachera a escondidas de los federales lo siento mucho. A mi me parece que todo ha sido realidad, quizá un poco exagerado. Pero, bueno, como diría Anna que, por cierto, se apellida Karenina. Por el momento no pensamos visitar Rusia. Un ex del FBI, que he contratado para el espectáculo del Bagdad Café nos ha asegurado que Stalin ha resucitado, aunque ahora apenas fusila y utiliza la cheka. Se limita a pasear por Moscú en un carro de bueyes. Pero los gulags se han puesto carísimos, así que…

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