Evita, la diosa que faltó en Tánger

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Llueve en mi isla africana, desde donde con un poco de imaginación y mucho corazón podría ver al otro lado del estrecho de Gibraltar una ciudad llamada Tánger, en una punta del continente negro que hasta 1957 fue mi patria, donde aprendí a vivir. Aprendizaje de pobre niño educado en los mejores colegios del Norte de África. Porque para andar bien después por la vida no hay nada como pasar la infancia con las monjas y luego en un liceo de pijos. Acabo de escuchar en no sé qué radio, qué emisora y con qué bella orquesta llena de música la canción que inmortalizó el nombre de la argentina Evita, una de las mujeres más extraordinarias, al menos para quienes no la conocíamos en la intimidad del consejo de ministros, que ha dado el mundo, después de Juana de Arco, naturalmente. Pero la francesita era soberanamente aburrida y la argentina era capaz de sacar de su apatía al obrero más hambriento de paz social. Yo no la conocía cuando andaba jugando al aprendiz reportero por los callejones de Tánger, la ciudad internacional de Paul Bowles, algún que otro escritor más, un servidor, refugiados de la Guerra Civil española, y una pandilla de gente que salía derechita de aquella película titulada “Casablanca”. Hasta Humphrey Bogart debía andar metido en un cafetucho donde se disimulaba el vaso de vino tinto con Coca Cola en botella grabada y original. Me hubiese gustado tropezarme con Eva Perón en las callejuelas de la Alcazaba en lugar de ver siempre a la aburrida millonaria Barbara Hutton, reina de no sé qué imperio que le permitía vivir y follar como en las mil y una noches en aguas internacionales, donde Errol Flynn atracaba con su yate y su esposa, Patricia Wymore, y jugaba los machos cabríos de piratas de no sé qué puñetero Caribe.

Uno era un reportero local, que tenía como director a un maravilloso gordo inglés de Gibraltar, que cuando le dije que quería ser Periodista esbozo una sonrisa, le dio un chupetazo a su habano en director de La Habana y me invitó a sentarme en un sillón de cuero repujado. Estábamos en Tánger, recuérdenlo, pandilla de ignaros que no saben ni dónde está fondeado ese maravilloso sueño que yo fui uno de los pocos que vivió, porque los demás dormían, y él tenía tantos negocios, hasta la plaza de toros según creo, que un payasito de más o de menos en su espectáculo no le planteaba ningún problema. Cuando vio que el muchachito de los mocasines negros era capaz de salir vivo del ataque de un loco que mientras yo hablaba con un cambista del Zoco chico, hincado de codos en un tenderete de nada pero conectado a una línea telefónica que operaba las transacciones más dementes y financieras con Nueva York, Londres, París y Singapur, sacó una faja enorme y en nombre de no sé qué Alá quería cargarse a todo el mundo judío que negociaba allí.

¿Que cómo escapé a la chacina de aquel loco sediento de sangre, fedayín antes de hora? Mi amigo cambista, que no soltaba nunca su sombrero negro para estar más cerca de Dios, me metió en el cajón que le servía de mostrador para sus transacciones cambistas mundiales.

Ni él ni yo sufrimos daños. Bueno, él un rasguño de una cuchillada mal dada por el abuso del hachís del terrorista, de la que fraternalmente me reservó un poquito de sangre –estaba caliente, qué horror, mon Dieu!—para la foto. Fui el héroe de la Redacción de mi periódico, “Cosmópolis”, y aunque solo duró treinta minutos –el Redactor Jefe era un viejo republicano español refugiado en Tánger que había conocido las grandes batallas contra Franco y que me acogió con una sonrisa maravillosamente cariñosa y cachonda pero simpática—enamoré a la secretaria del director, una inglesa que casi me llamo “My Tarzan”, o algo parecido. Con la emoción…

Aquella noche cenamos en su casa y por la mañana me di cuenta de que hasta ese momento un servidor había sido virgen. Emoción y vuelta al ruedo. Adoré Tánger, adoro Tánger, pero no volveré porque los marroquíes, a quienes ahora pertenece la que fuera ciudad internacional, poseen ordenadores, y me dicen que hasta saben usarlos. Y no quiero que encuentren una búsqueda y captura que quedó pendiente cuando en enero de 1957 salí corriendo, es un decir, en un carguero mixto, barato porque era más carguero que otra cosa, porque los marroquíes, que entonces eran unos enormes hijos de una diosa desconocida, querían preguntarme por qué yo había escrito un artículo para España contando la desaparición por lo menos curiosa de notables judíos de Tánger.

Y yo no me veía explicándole-suplicándole al juez marroquí, conocidos por su mala leche, o al menos eso es lo que me han contado, que eran cosas de un periodista en prácticas y que yo amaba a Mohamed V y a toda su descendencia. ¿Y Evita? Bueno, me hubiese gustado que Perón la hubiese llevado algún día a ese lugar de ensueño que era Tánger, con su rey de la cocaína que tenía una oficina en el boulevard Pasteur con placa de oro y brillantes y todo. Al pobrecito mío, ay Lucky Luciano, lo envenenaron, eso dice la leyenda, en un aeropuerto italiano de poca monta. Vamos que el Padrino y su señor hijo ya habían muerto.

Mi Tánger ha desparecido, aunque las publicaciones oficiales marroquíes digan que la están convirtiendo en una ciudad super moderna y super afable. Bueno, ellos sabrán porque a mí no me queda tiempo para nada y menos para atravesar el estrecho. Mi Tánger ya no existe. Hubo un tiempo en que el embajador de Marruecos en España –yo era corresponsal-director-adjunto de la Agencia France Presse en Madrid—me invitó a mí y a mi familia a pasar unos días en la Mamounia en Marrakech. Decliné la invitación para solazarme en ese hotel que entonces era el más lujoso de las mil y doce noches, porque acababa de leer, puñetera casualidad de los que sabemos leer, un libro, “Notre ami le roi”, de un periodista francés excesivamente enterado, Gilles Perrault, que contaba como en lugar del Mamounia te ofrecían a veces una estancia prolongada en una prisión subterránea del desierto más lejano.

Y como yo amaba a Alejandro Dumas pero no tanto como para dejarme meter en una celda perdida del mundo, le dije a su Excelencia el embajador de Marruecos que tenía diarrea diabética y prolongada y que no quería ensuciar su bello país.

Que Jesús tenga piedad de mi alma pecadora y mentirosilla.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *