Flores para una leyenda: Yarini, el Rey de San Isidro

Newsoncuba.com Armando Nuviola

La historia es siempre una recreación de hechos verídicos. La memoria retiene las impresiones de aquellos sucesos de los que ha sido testigo el hombre, quien al devolverlos a la vida —ya sea por la narración oral o el testimonio escrito— los cambia o modifica. Para rehacer el pasado se hacen necesarias valoraciones múltiples, la suma de testigos y, no pocas veces, se requiere aun más: tratar de desentrañar el porqué de las afirmaciones sustentadas y de las pasiones de los individuos que ofrecen la prueba final de procesos complejos y difíciles. Pero la historia novelada es un arte que no todos los que escriben pueden ejercitar con acierto. Al leer Flores para una leyenda, pude seguir las huellas de esos personajes que Miguel Sabater llamó a participar en esta puesta en escena y, sobre todo, de los involucrados en el acto principal de la trama. El trasfondo escogido es el retablo barroco de La Habana y en especifico el barrio de San Isidro, donde habitan, sin lugar a duda, el anima y el misterio del gentil y elegante Alberto Yarini que llevó dos vidas en una: la del galán enamorado y generoso, protector de la mujer infortunada; y la del joven que, en indeclinable culto al placer recibe de las féminas su lealtad y favores. En medio del convulso panorama nacional, reina la figura del gallo, que aparece en la conciencia popular como parte de los mitos cubanos, plenos de simbología. Este es el valeroso contendiente que lucha hasta la muerte en la reyerta de la valla; el cantor de la revolución francesa que adornaba la empuñadura del sable de Toussaint Louverture o el que, posado sobre los hierros y madero del arado, los liberales cubanos asumieron como divisa en los años iniciales e inciertos de la Republica. Resulta paradójico que el apelativo pudiera ser adjudicado al que seria representante del Partido Conservador, lo cual nos hace meditar sobre lo impreciso de las catalogaciones políticas, ya que, en una y en otra vertientes en las que se escindió la opinión cubana, militaban notables personalidades que el autor del libro relaciona cuando —por ejemplo— describe la concentración de Güines, que me hace evocar la desbandada del Guatao o del Perico. Al caer abatido en el corazón de San Isidro, nuestro protagonista se torna victima de corruptos foráneos que pretendían pescar en las aguas revueltas. Para entonces, los sectores populares veían a Yarini como un político diferente, defensor de los pobres y negado a la práctica de la discriminación racial.Por sus modales, apariencia aristocrática y elegante manera de vestir era el paradigma de la belleza viril, del valor temerario, que pervivirá hasta nuestros días. Así durante el sepelio, aunque muchos pudieron marchar en autos, otros prefirieron caminar para llevar su féretro en hombros.

Todavía estaba fresca en la memoria aquella escena del café en que el joven —ahora extinto— propinara un puñetazo al diplomático norteamericano en defensa del general del Ejercito Libertador Jesús Rabí, acto que revelaba en Alberto el rasgo de un carácter impulsivo, de su orgullo habanero, y de rechazo a la presencia estadounidense en la vida nacional.De esta manera, entre lagrimas y ofrendas, llega el ataúd a la necrópolis donde, en extraña mezcolanza, se confunden las clases sociales y las representaciones políticas. Juntos aparecen a la luz del día amigos de Yarini, integrantes de la más temida y respetable fraternidad de hombres del barrio y de los muelles; altos dignatarios del gobierno; el rector de la Universidad e ilustres miembros de su claustro; familiares encabezados por su padre, el respetado catedrático don Cirilo Yarini,y la atribulada madre; y entre la multitud, las hijas de María Magdalena que lloraron por toda la eternidad al señorito Alberto….Escrita por un historiador e investigador sagaz, la novela nos deja una admiración contenida que alimenta la llama de un mito que el tiempo no podrá apagar, a pesar de inútiles y continuas explicaciones.Queda pues, Flores para una leyenda como una muestra inefable de historia novelada que, además —según confiesa el propio Sabater—, rinde culto a la sincera y verdadera amistad, que se mantiene de por vida, sin importar diferencias de cuna ni raza. Prólogo del historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal Spengler en la 1ra edición del libro Ediciones Boloña, Ediciones Unión (2005).

Eusebio Leal Spengler
Historiador de la Ciudad de La Habana.

 

 

 

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