Freud y las locuras sexuales de Viena

Sergio Berrocal | Newsonmagazzine España

En la Viena de los valses, del Imperio hacia Dios o hacia el diablo, de los soldados enamoradizos y guerreros, Sigmund Freud fue el hombre que en un momento todos buscaban. El padre de la psiquiatría moderno, el que sabía curar los males del alma, con su verborrea, su experiencia y a veces con cocaína.Y en aquellos años de 1800 Viena baila al son del vals y las mujeres se mueven eróticamente, pornográficamente, como culebras perversas y sin macho, sin importarles un bledo lo que dijeran en los otros reinos, muchas de ellas eran auténticas especialistas del amor que unas daban, otras tomaban como monjitas de la caridad, otras vendían y otros regalaban. Las jineteras vienesas, acabo de decidir que fueron las madres, tías y abuelas lejanas de las otras jineteras que un día llenaron de amor La Habana, con sus diplomas de niñas bien dispuestas a darte lecciones filosóficas de vida pura en un colchón.

Hasta las orillas de la capital cubana llegaron los vientos que preparaban a las mujeres a dar placer a los hombres. En Viena el amor no era solo el de la Emperatriz Sissi y sus consideraciones teológicas-neuróticas. Todas las mujeres llevaban en las venas el deseo de ser amadas. Si de paso recogían un beneficio, ¿quién se iba a quejar? Sus maridos, sus amantes sabían que hay muchas formas de amar, e infatigables seguidores de lo que ocurría en Francia estaban al tanto de las mujeres de vida ligera, que pertenecían a todas las clases de la sociedad. Y Freud, judío, soltero, apaciguaba las almas de las cientos de mujeres que le consultaban por melancolía, desarreglos hormonales o simplemente para que les dijera que follar no era un pecado. Freud tenía cara de cura, un corazón de enamorado primerizo y virgen. “Mi preciosa y amada niña”, le escribía a Martha Bernays, reteniendo sus impulsos de pobreza que le impedían ir a buscar a su amada y contarle entre dos canapés de su consultorio que ya era frecuentado por la gente de dinero, todo el amor retenido que aguantaba entre sus piernas, de donde hubiera podido inundar una de las plazas ricas de Viena y regar de esperma a todas las brillantes mujercitas que bailaban y bailaban el vals.

Freud era un genio de lo que él descubrió como psiquiatría y que hasta entonces solo eran cosas de mujeres, vahídos, caprichos, que las llevaba a los extremos de hacer el amor como poseídas. La cocaína, aplicada en dosis farmacéuticas, la hipnosis y su talento para entender el alma humana, y peor aún, el alma de una mujer de Viena, eran sus armas, que sus pacientes adoraban. Seguramente Freud quedaría escandalizado por los métodos de uno de sus colegas que ejercía sobre todo con mujeres que tenían ganas de maternidad y no lo conseguían. Este individuo, de cuyo nombre nunca me dijeron, tenía la mejor clientela femenina del Imperio. Ellas hablaban y no paraban de él. Había conseguido que quedasen embarazadas cuando ya habían sido desahuciadas por todos los médicos célebres vieneses.

Aquel extraño doctor presumía de aliviar los malestares nerviosos de las madres nunca conseguidas.

Y un día alguien reveló sus métodos. Las enfermas aseguraban que se tendían en un diván alto y que el profesor las trataba con un ventilador de plumas de pájaros salvajes que hacía llegar su viento bienhechor hasta lo más profundo de sus matrices. Era remedio bendito. Las enfermas salían más optimistas de la consulta y al cabo de unos meses las enfermas estaban embarazadas y a los nueve meses parían. Era Jesús convirtiendo la nada en criaturas vivas. Nuestro doctor estaba muy satisfecho hasta que una de sus “enfermas” descubrió el fondo del método que utilizaba con tanto éxito, quizá por celos o por ganas de ser la favorita única y absoluta.. Quizá ya algún padre encantado de la suerte de tener una mujer que por fin le daba un heredero se fijó un poco más de la cuenta en ciertas coincidencias físicas entre el hijo que su mujer había parido y el doctor milagroso.

Y se descubrió el pastel, cuando una de las pacientes, que se había enamorado locamente del llamémosle ginecólogo, se confesó. Y contó que cuando se tendían en la camilla, con las bragas quitadas, el doctor les acercaba una especie de ventilador de plumas de aves señoriales que les hacía ver la vida color de rosa. Una de ellas confesó que nunca, ni en los primeros momentos de su luna de miel, su marido, le había procurado tanto placer. Indagando, indagando, la policía hizo confesar al ginecólogo de la alta sociedad vienesa. Cuando el ventilador había ventilado las partes más íntimas de la paciente, el ginecólogo utilizaba su instrumento genital y acababa la maniobra ensartándolas y haciéndolas gritar como nunca habían hecho (dijeron los vecinos y vecinas del consultorio).

El negocio hubiese podido seguir sin problemas éticos durante muchos años. El caso es que el ginecólogo, padre ya de una multitud de hijos fuera de su matrimonio, tenía el don precioso de embarazar a la agraciada en cuanto disparaba su esperma tan atinadamente que nada se perdía entre las faldas. La mujer, la paciente, estaba a punto de quedarse embarazada. Mano santa, por decirlo así, la de aquel hombre.

No me han contado si lo metieron en la cárcel o crearon un fondo nacional para él. El caso es que, mientras tanto, Sigmund Freud, arisco a esos métodos farfulleros, iba haciéndose una reputación de mejor conocedor del cerebro humano. Y así ha llegado hasta nosotros, como el mejor “locólogo” del mundo. Otro día les contaré lo que fue de su novia, la bella y pura Martha, que algún día sucumbiría, no al fetichista del ventilador de plumas de ave si no a los encantos del judío maravilloso, al que todos los locos del mundo le debemos mucho. Les cuento la historia del ginecólogo tal y como a mí me la contaron. Pero la verdad ignoro si así ocurrieron las cosas o si un borracho de Viena las inventó. Lo principal es que les haya gustado porque la verdad tiene poco que hacer en la realidad.

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