Fu Manchú ha vuelto

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Cuando nosotros éramos pequeños y la televisión no existía o casi no porque en sus primeros tiempos fue cosa de unos cuantos, los tebeos y el cine nos proporcionaban una serie de héroes de lo más rebuscado en el heroísmo y la maldad. Estaban tan bien contados, tan bien dibujados y luego tan bien cinematografiados que eran nuestros héroes negativos, aunque algunos los convertían en sus ángeles de la guarda. Eso fue antes que el cine nos enseñara a vivir. ¿Qué no ocurrían cosas malas en aquellos años treinta y pico, cuando la guerra civil española acababa de terminar? Claro que sí. Había hambre, necesidades de todas clases, enfermedades terribles como la llamada parálisis infantil y mil cosas para las que los padres tenían que tener medios si querían que sus niños llegasen a ser unos hombrecitos.Con diez o doce años teníamos nuestros héroes algunos de los cuales, curiosamente, eran malos de la muerte, y eso que la curia de la Iglesia Católica quería hacernos creer que el malo de todos los malos era el Diablo. Pero como nadie nos los había presentado no lo teníamos muy en cuenta. En los tebeos fue donde empezamos a encontrar terroríficos personajes inventados seguramente por los norteamericanos que entonces tenían ya una verdadera industria de monstruos, porque ellos siempre han sido, en el fondo, bastante monstruosos. No les faltó tiempo para ser la primera potencia atómica, y sembrar el terror, el de verdad no el de los tebeos lanzando las dos primeras bombas atómicas sobre Japón, Nagasaki e Hiroshima.El presidente que perpetró tamaño desaguisado, que ni los héroes negativos que leíamos los jóvenes hubieran podido con tanta maldad, había sido un vendedor de corbatas antes de que unos cuantos majaras lo llevaran a la Casa Blanca. Me lo contó en París, hace ya muchos años, Guido Orlando, el primer Relaciones públicas de los Estados Unidos. Un tipo capaz de cambiarte el invierno en primavera para que los ciegos de mentirijilla pudiesen ganarse unos cuartos en los Campos Elíseos. De monstruito en monstruito llegamos a encontrarnos un buen día con un tebeo en el que aparecía una auténtica pesadilla un tipo larguísimo, con cara de chino –la China era entonces misteriosa y no como ahora que nos mandan regalos como el coronavirus—unas uñas larguísimas, rostro de chino malo, delgadísimo, malísimo de la muerte, muy alto y estruendoso en todas sus manifestaciones. Se presentaba como un mandarín chino satánico que había decidido ajustar cuentas con unos y con otros, pero en general con los blancos, a los que parecía tenerle una tirria espectacular. Decían que gozaba de todas las riquezas del mundo y disponía de un ejército de matones pero también de toda clase de bichos horrendos, como serpientes, arañas espeluznantes y escorpiones que llevaban la muerte con ellos.

Un monstruo que usaba insectos para aniquilar a sus enemigos, algo parecido al coronavirus que nos mandaron hace apenas un año de China, bueno que se escapó y ha producido una pandemia de miles y miles de muertos en todo el mundo Occidental. Porque este bicho que ahora nos ataca nunca se revolvía contra los amarillos. Su objetivo son los blancos. Igual que las huestes amaestradas de Fu Manchú. Lo extraño es que lo creó en la ficción literaria un norteamericano, Sax Rohmer, allá por 1935, cuando todavía faltaban cuatro años para la segunda guerra mundial en la que Oriente, Japón, China y algún otro, pagaron muy caro lo que habían hecho o querían hacer.Da la impresión de que el tal Sax Rohmer era más bien un vidente que quería preparar a los occidentales a enfrentar el peligro amarillo que mucho más tarde, en 1974,daría lugar a uno de los libros más acertados sobre lo que sería el peligro amarillo fuera de tebeos y película, “Cuando China despìerte”, del diplomático francés Alain Peyrefitte.

Rohmer no podía imaginar que muchos años después de que él inventará al siniestro Fu Manchú, que nos quitaba el sueño y casi la razón, China se convertiría en una nación donde un tal Mao Tse Tung reinó como un pirata sin fe ni ley que esclavizó a millones y millones de chinos, convirtiéndoles en constructores de su imperio, pero sin tener más maquinaria que sus manos. El terrible Mao Tse Tung, paternalista y demoniaco como Fu Manchú, que hoy ha sido reemplazado Xi JImping. Comunista-ultracapitalista que viste siempre trajes cortados por los mejores sastres, quizá Armani ande entre ellos, y esclaviza al mismo pueblo pero con métodos modernos.Luego de aquellos tebeos que nos metieron en el mundo de Fu Manchú el malvado, al que le temíamos como una vara verde, vinieron las películas que eran más terribles aún, porque el sonido y la imagen que se movía hizo realidad todos nuestros temores. “El escorpión de oro”, creo recordar, fue uno de los títulos que más pánico nos causaban.

Uno de los primeros Fu Manchú fue el gran actor Boris Karloff en “La máscara de Fu Manchú”. Y así hasta el año 1943, ya en plena Segunda Guerra Mundial con “Los tambores de Fu Manchú”.Otro actor que nos hacía temblar era Christopher Lee, que también encarnó a un Fu Manchú con “El regreso de Fu Manchú y “El beso de la muerte”.Por supuesto que aunque éramos niños ya un poco mayorcitos o más instruidos por los mayores sabíamos que el peligro pasaba en cuanto se apagaban las salas del cine.Lo fantástico, lo terriblemente extraordinaria es que muchos de esos niños como yo estamos viviendo ahora, en pleno siglo XXI y en el año 2020 el mismo terror que antaño, salvo que ahora sabemos que el coronavirus llegado de China, no de la imaginación de un norteamericano aburrido, es de verdad y nos quita el sueño y la vida.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *