Futbolista rico, futbolista pobre

Newsoncuba Sergio Berrocal 

España es el único país del mundo donde el fútbol no es un juego, ni una distracción sino un imperio que implica una industria todopoderosa, un Estado en el Estado que maneja miles de millones de euros y no siempre a gusto de todos. Porque no hay que encandilarse con los Cristiano Ronaldo, Messi y otros Benzema, que tienen cuentas corrientes que necesitan un banco solo para ellas. Son los que de forma vulgar la gente conoce y reconoce con una pobre e imbécil sonrisa de satisfacción como “los putos amos”, los que mandan en los equipos a los que pertenecen, los que manejan más dineros que cualquier banquero. Están tocados por los dioses y por los millones que les caen de fichajes que dan vértigo, se pagan treinta o cuarenta millones de euros por un traspaso de un jugador de un equipo a otro, publicidad que se abona en millones, y popularidad que les permite hacer lo que les da la gana. Pueden rodar por la carretera con el último automóvil que la marca les ha regalado a la velocidad que les apetezca y en lugar de ir a la cárcel recibirán una cariñosa amonestación que saludarán enfervorecidos hasta el embrutecimiento sus millones de seguidores que en el actual panorama económico que vive Europa apenas tienen a veces para dar de comer a sus familias. Pero no se suba usted al tejado de la indignación. España es la tierra del fútbol, mucho más que la de los toros que debía ser por tradición, donde un latino que un representante listo ha sacado de una favela o de una casilla de adobe y ha presentado en el Bernabeu se convierte en un dios analfabeto, al que una murga de periodistas entrenados y pagados para ello lo siguen con más cuidado que si fuera el Presidente del país y a los que ríen las gracias y convierten en intocables personajes de un mundo, el del fútbol, que nada tiene que ver con nada. Pero este año de pandemia, cientos de jugadores se han rebelado. Son los que juegan en las divisiones menores, la tercera por ejemplo, donde según buenas informaciones un jugador gana modestamente, suficiente para tener una familia pero no mucho más. Pero este año están en pie de guerra, hartos de la Federación Española que les maneja a su guisa y se empeñas en considerarles “no profesionales”. Hombres ya de pelo blanco en el pecho, con una carrera sino genial sí honestamente pagada con el talento que tengan durante años se encuentran a la merced de decisiones de los entes que mandan en el fútbol español y que ellos temen puedan dejarlos en pelotas.

La pandemia el coronavirus ha hecho polvo muchas ilusiones. Como los mandamases han ordenado desde sus despachos con moqueta de la más cara que las ligas hay que jugarlas por mucha epidemia que haya, la situación es cada vez más difícil.

“Yo tengo una familia, hijos, un piso que pagar, gastos, y no puedo vivir como un rico pero no quiero vivir peor”. Este era el espíritu de lo que decía la otra noche en una de las cientos de emisiones deportivas que surcan el panorama radiofónico español. El hombre, que ya no era ningún jovencito y tenía las piernas rotas de muchos años de fútbol en las divisiones modestas, quería, suplicaba que no les quitasen la etiqueta de profesional, metiéndoles en una categoría que Dios sabe lo que puede dar. Ellos, aunque no sean Messi ni Benzema, tienen su dignidad, sus galones ganados con muchas patadas a través de años de carrera, eso sí, en clubs modestos que ahora no se sabe adónde pueden ir a parar. Porque todo depende de los ingresos por televisión y otras triquiñuelas que los dirigentes de la UEFA (máximo organismo de fútbol europeo) o la Federación Nacional manejan a su antojo, sin necesidad de pegar una patada.

Ganas de llorar daban escuchando a aquel hombre que le pedía a dios en voz alta que no le agarrara el coronavirus porque entonces sería su ruina. Temía que lo apartasen del equipo, de su pobre equipo medio bien pagado, hasta que venciera la infección… ¿Y entretanto? Oyendo las palabras de este futbolista de tercera por abajo, que no sabía si el bicho chino no se le acercaría demasiado y lo apartaría de los terrenos de juego, pero convencido de que los médicos que le atendiesen para que pudiese volver a calzar rápidamente las botas no serían los prestigiosos todo terreno que ponen a disposición de las estrellas intocables. Oyendo a este pobre hombre se te ponían los pelos de punta.

No sé por qué me acordé del cine neorrealista italiano, de aquel padre que intenta robar una bicicleta para poder llegar a tiempo a la fábrica y llevarse a casa el sueldo que esperaban su mujer y sus hijos. Pero eso son cosas de cine. Aquí estamos en la vida ruda y real, la que enseña a los analfabetos con pies de oro a coger una pluma entre los dedos sin que se les caiga y a trazar una firma que vale oro. Ese es el fútbol que les gusta a los paganos aficionados que se juegan sus dineros difícilmente ganados por acompañar a su equipo fuera de casa, donde se hartarán de cerveza aullando todas las imbecilidades que dan la felicidad pasada por alcohol a los afortunados y dejan sin bicicleta a los más débiles o simplemente que no saben cómo hacer para que el entrenador no te deje en el banquillo y el mandamás de la federación no te quite el título de profesional, que aunque mal pagado es lo único que te queda.

 

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