Hola, amor Adiós, amor

A punto de sonar las viejas doce campanadas, que este año están acompañadas por unos invitados muy especiales llamados coronavirus, bichitos preciosos y adorables que los chinos, ya hartos de las ceremonia aquellas de Mao Tse Tung que obligaba a la gente a morir de vergüenza, la Revolución cultural, nos han mandado quizá para que sepamos el gusto que tiene el comunismo amarillo. A punto de sonar esas campanas, las más sangrientas de muchos, muchos años, me he dado cuenta de que estar en la bisagra de la muerte que dictan los años y saber que la felicidad no es para los viejos, me fui a ver a un viejo amigo, que tiene mi edad, pero que es médico internista en París, algo parecido a un callista metido a sociólogo-psiquiatra. Lo hace todo, y puede algunas cosas. Pero yo estaba seguro de que conmigo sería diferente. Mefistófeles quizá podría darte un cachito de felicidad en el punto final de tu recorrido a cambio de algo, ni se me ocurre. Pero mi fe en mi viejo amigo el internista era inefable.

Lo que queremos los que después de vidas más o menos ricas en amores, en felicidad, en desgracias y en achuchones vitales, es que nos dejen disfrutar un ratito más, como aquel bolero de alguien que también anda ya cumpliendo los años del punto final. Me gustan los cuentos no solamente porque a veces los fabrico yo sino porque mi profesión de periodista durante toda una vida me ha acostumbrado a que me cuenten tantos y tantos… A la gente no es que le guste mentir, hacerse pasar por otro, engañarte. La gente cuando ya ve el corredor de la muerte, ese tan iluminado que un día me dijo haber visto Sánchez Dragó durante una operación tremebunda de aquellas que se llamaban a corazón acierto, quisiera un ratito más pero de pura felicidad.

De pronto, las broncas que tienes en tu casa se apagan y todo el mundo se ama. Hacienda deja de perseguirte porque el ángel de la Caridad del Cobre, encargado de recaudaciones en ciertos fielatos, así lo ha mandado, y vives de nuevo, como cuando tenías los años de la sinrazón, la felicidad. Tu esposa, tu amante, tu novia o lo que sea, te descubre como eras hace cuarenta años, impulsivo, genial, triunfador. Tus hijos dejan de pensar por un rato que menudo coñazo tener que ir al cementerio y además éste quiere que lo incineren, lo que en algunas familias cristianas es un deshonor.

Entonces, el viejo internista llamó a su secretaria para que le trajese no sé qué chorrada. Y entró por la puerta corredera una mujer que tenía fácilmente cuarenta años menos que él, bonita, inteligente, sonriente. Cuando su cuerpo de Esther Williams hubo desaparecido y de mi cabeza se marchó la orquesta de Xavier Cugat, me quedé mirando a mi amigo y médico con una expresión tontuela.

“Hace ya un montón de años –me dijo con una sonrisa satisfecha–, mi esposa, que era más joven que yo y se conservaba muy bien, se enamoró de un visitante de estos que pasan por las consultas para que luego los médicos recomienden a sus pacientes determinados medicamentos, a cambio, en tiempos, ya no, de un viaje por las Bahamas. Quedé anonadado. Mis dos hijos ya habían tomado las de Villadiego y me encontraba solo en este caserón. Lloré lo indecible y entonces fue cuando me di cuenta de que el visitante medical no solamente se había llevado a mi mujer sino que me había engañado como a un chino, aunque eso de engañar a un chino, ni en La Habana”.

Como tenía que seguir viviendo puso un anuncio buscando una secretaria.

“Al tercer día apareció Corinne. Me venía recomendada porque era hija de unos muy viejos amigos de los que yo ya ni me acordaba. Estaba estudiando medicina, casi terminando pero el puesto que yo ofrecía le interesaba porque se decía, y eso tú lo sabes, que tengo mano para la cantidad de locos que os presentáis en la consulta y que aparte unos cuantos suicidios el saldo ha sido más bien honorable. Pero si me dieron incluso una medalla acompañada de un suntuoso arroz. Creo que te lo perdiste porque decías que tú no querías saber nada con viejos”.

Mi amigo se reía. Era la primera vez en veinte años que le oía desternillarse. Pero yo no pensaba más que en la silueta de Corinne y en el perfume que había dejado, que a su vez me recordó a una amiga de París que usaba el mismo. Lo terrible con esos frascos que cuestan un dineral es que los buenos forman una colonia de asiduas de la que no escapas, como una tribu exquisita. Mi amigo me juró que estaba en condiciones de hacer muchas cosas. Y cuando él me animaba a escribir otra novela, yo no pensaba más que en Corinne. A la cuarta consulta, él tuvo que salir porque le habían llamado de urgencia para una consulta en el hospital donde había operado toda la vida y que, por lo demás no estaba lejos.

Entonces, Corinne y yo nos descubrimos en nuestro francés de andar por el mundo. Ella adoraba París y yo le prometí que nos iríamos allí si ella consistía en dejar a mi amigo el internista. La primera vez que hicimos el amor entendí toda la filosofía de aquel puñetero internista. A ella no le supo tan mal y como yo contaba cuentos maravillosos sobre mi vida de periodista en la mayor agencia de prensa del mundo, que era el mundo entero, desde las Bahamas hasta Budapest, nos enamoramos como parvulitos. Y un día, en primera de una compañía de Kuwait emprendimos otra vida. El divorcio lo tramitó un viejo amigo que había engañado a más jueces que el célebre Vidocq, el ministro del Interior más eficaz que había tenido Francia en el siglo XVIII, pese a que había sido el ladrón más perseguido de Francia..

Y Corinne y yo éramos asquerosamente felices y ya llevábamos por lo menos seis años. Ella ya había instalado su gabinete de médica en un pueblecito rico de las afueras de París. Mi amigo el internista madrileño, según supe, había llegado a conseguir un suicidio que, según me contaron, fue muy celebrado por su perfección por los colegas del hospital. Corrinne y yo parecíamos en eterna luna de miel. Habíamos preparado para celebrar nuestra dicha un viaje en un extravagante yate viejo que había preparado para gente pudiente el diario Le Figaro. Quedamos en reunirnos en Marsella, desde donde salía el delicioso barco. Estaba ya cenando, pensando en ella, únicamente en ella, cuando un botones muy fino me trajo un telegrama: “No me esperes. Finalmente mi felicidad no estaba contigo. Adiós, mon amour”.

Terminé la copa de champán y, según me contaron, tuvieron que llamar a la policía porque después de leer el telegrama me había propuesto (según declaraciones del mayordomo mayor), destrozar todo el mobiliario del restaurante. Ahora, por eso les escribo, estoy muy bien. Vivo en una isla africana y pienso a menudo pero no sé lo que pienso, con lo cual soy muy feliz. Dicen que pasado mañana llega un internista de Europa que seguramente me ayudará muchísimo. Viene con su familia, su esposa y dos hijos pequeños. Todos son por lo visto muy jóvenes y muy agradables.

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