I Love You, Prostitutas

Newsoncuba.com Sergio Berrocal 

Me cae en las manos, como una hoja de un árbol sacudido por Charles Trenet, una cosa llamada periódico en la que se dedica un largo artículo a las prostitutas en Cuba, donde, dice el autor del panfleto, hay actualmente de todo, desde las más tiradas a las más elegantes. Uno, que es de la generación del 67, cuando Fidel Castro enseñaba a leer y a escribir a una pandilla de analfabetos que ahora se creen hombres de Estado, solo conoció en Cuba las maravillosas jineteras que, decía la leyenda, eran muchachas de buenas familias, muchas veces universitarias que se ganaban la vida con lo más bonito que tenían. Conocí a muchas de ellas, y juro que algunas sabían más que muchos directores que yo he tenido. En todo caso, eran una ricura, bellezones siempre, a las que el castrismo todavía no ha rendido el culto y el homenaje debido a las heroínas. Porque hicieron más por el conocimiento de Cuba en el extranjero que el mismísimo Ernesto Hemingway.

La cosa esa de papel que me ha llegado a las manos pretende que toda aquella belle époque se acabó y ahora abundan en La Habana cuchitriles de putas baratas, aunque, precisa quien sea, con generosidad interesada, las hay de todos los precios. Mis amigos cubanos se ríen mucho conmigo porque no comprenden mi pasión por las prostitutas. Claro que muchos de ellos se criaron cortando caña de azúcar y recogiendo café porque eran patriotas, pero yo no soy más que un señor que respeta a las prostitutas porque son la esencia de la vida. Pero nada de prostitución, qué asco, mon Dieu, con la cantidad de madres que hay en esa corporación.

Nadie se da cuenta de que la prostitución fue primer el ejercicio de la libertad sexual y femenina que duró hasta hace muy poco, cuando las locas marimachos, que se dicen antimachistas, salieron como serpientes de Hollywood pidiendo como trofeos feministas los penes de algunos hombres. Pero, hijas de mi vida, ¿saben ustedes lo que el arte mundial hubiese perdido si una prostituta de Arles, sur de Francia, no se hubiese enamorado del pintor Van Gogh (¿les suena o tienen que miran en Wikipedia?), quien por ella se cortó un cacho de oreja?.

En estos maravillosos años del coronavirus chino, gracioso animalejo, ¿qué hombre se cortaría un pedacito de cualquiera de sus partes vitales por el amor de una mujer, aunque me contaron que la prostituta a la que Van Gogh tiraba los tejos era una hembra de las que ya se llaman señoras con mayúsculas y andan en Rolls Royce o son putas de lujo en Hollywood. Entonces, el periodicucho ese de que les hablé va y descubre la piedra filosofal diciendo que hay mucha puta en La Habana. ¿Saben ustedes, especie de tarugos aceitados con restos de latas de pulpo al ajillo lo que ha representado desde los primeros tiempos la prostitución para la humanidad? La vida, la reproducción. La enseñanza del amor. Es probable que usted mismo, sí, usted que presume de macho de no sé cuántos centímetros, sería hoy una desdichada perdida entre los sexos principales si su papá o un primo no le hubiese llevado por primera vez a un prostíbulo, donde una mujer profesional hasta las cejas, le enseñó el arte del tango.

Porque en aquellos tiempos en que la televisión no difundía guarrerías, porque no había televisión, el sexo era una incógnita para gran parte de la humanidad. Los franceses, siempre los más adelantados en todo, conocieron durante la II Guerra Mundial (1939-1945) el burdel más célebre de toda Europa, el One Two Two, afincado en una bella calle de París, adonde acudía la burguesía y, por supuesto, toda la plana mayor de la Werchmacht (el Ejército alemán que ocupaba la capital de Francia). Luego, con el tiempo, la paz, y el auge de la homosexualidad como piedra de toque de la elegancia –los mejores modistas de París eran los primeros cofrades—las prostitución, incluso en París, una barbaridad, fue diluyéndose aunque entre tanto la capital francesa presumiese de tener una señora llamada Madame Claude que poseía las más bonitas y elegantes mujeres de París, espectaculares, cuidadas, educadas, al servicio del sexo y de la patria. Me cuentan, porque yo no las conocí tan íntimamente, muy caras para un pobre periodista, que eran una especie de jineteras que hubiesen aprendido el oficio en Harvard y hubiesen salido al ruedo con dos masters impartidos por geishas del Emperador de Japón.

Se dice que eran empleadas sistemáticamente por los servicios secretos franceses y seguramente se evitaron muchas catástrofes mundiales cuando el invitado de la jinetera francesa entraba en transe y donde podía. Esto es lo que siempre se ha contado en París, donde hacer el amor ha sido siempre una de las ocupaciones primordiales de los franceses. Hasta que llegaron los maricones y dijeron que era pecado.  En este triste año de 2020, la prostitución, al menos en Europa, ha perdido mucho, ya apenas se cotiza en la bolsa de Valores de Amberes. La brutal crisis económica y la llegada del animalito regalado por los chinos, qué gente más generosa, al resto del mundo, han convertido el arte sexual en una práctica bastante tranquila.

En Europa no faltan las casas de putas, según el nombre real y general de la cosa aunque en España por lo menos se tapa con especie de bares de carretera. Pero el objeto principal del negocio sigue siendo el mismo. Pero no se olviden, por favor. Sin prostitución el mundo sería un lugar tan desolado que ni los antiguos jemeres rojos camboyanos hubiesen querido vivir en él. Hay más hijoputas, que hijos fabricados con la bendición del cura que daba las impartía después de haberse abotonado la bragueta.

 

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