Jean Seberg, “como un ovillo”

Sergio Berrocal | Newsoncuba

La ví. Me enamoré. Ella me sonrió y yo creí que me correspondía. Pero en el cine todo es falso y más el amor. Cuántas Coca Cola tomé con ella haciéndome cuenta de que brindábamos con champán… Pero Jean Seberg había llegado a París para triunfar no para liarse con un pobre reportero sin más capital que su juventud, joven como ella. Pero me sonreía y eso me bastaba. Un día renuncié a los dos huevos duros de mi almuerzo, eran tiempos malos, tiempos de pocos francos, para comprarle una rosa que le llevé a la peluquería Carita, una española, casi en una esquina de la place de la Concorde. Hubo incluso murmullos, hablares que no cantares. Ella seguía sonriendo y yo estúpidamente enamorándome como cuando se tiene la primera novia de pueblo.Pero Jean Seberg había aterrizado en París no para tener un idilio con un indigente sino para ser famosa. Rodó con Otto Preminger “Juana de Arco” y muchos quisieron quemar la Opera de París, donde tenía lugar la gala de estreno, con ella y todo el elenco dentro. Un fracaso. Ya nos veíamos poco y ella sonreía menos. Andaba de amoríos con un abogado guapo pero que a mí no me gustaba. Y de pronto le cayó el premio gordo. Jean-Luc Godard que como todos los feos se había enamorado también de ella, le propuso el papel de su vida, “A bout de souffle”, y nada menos con el niño bonito del cine francés, el vencedor de todos los sondeos, el más simpático, el más angelical, Jean Paul Belmondo. Y yo mirando de reojo. Pero Jean, que ya sentía el viento del éxito soplar en sus velas, como si Eolo la siguiese desde el cielo, se dejó de pavadas, dejamos de tomar Coca Cola, yo pude seguir almorzando mis dos huevos duros puesto que ya no tenía que comprar más rosas. Las odié durante mucho tiempo. Hasta que se me pasó y entendí que una estrella no me convendría en mi pisito de la Rue Rodier de dos habitaciones, cocina y wáter en el descansillo.Pensé en los muchos amantes desesperados, despechados, me acordé de Ulises que finalmente había amado más de lo que le amaron, recordé a la lista Penélope que le guardaba la cama matrimonial con el arte de tejer, o eso decía ella. Y una modelo de lencería que andaba por allí una noche de mucho frío en París y yo sin mis cinco francos para pagar la habitación de hotel que había subarrendado a una colonia de chinches, muy majas todas ellas, me llevó a su estudio donde pasé tres meses, enseñándome ella francés por el método horizontal y apasionado y yo fotografiándola cuando descansaba de día. Porque de noche me era imposible.

Seguí de lejos y con despecho la carrera de Jean Seberg hasta su unión con uno de los hombres que yo odiaba más en el mundo, el escritor mil veces galardonado Romain Gary, una especie de Hemingway con la diferencia de que lo que él contaba era cierto.Seguí consolándome como pude. Con la ayuda de mi bienhechora pude comprarme unos mocasines de película de Gene Kelly, ya que los que había traído de Tánger se habían agujereado de tal forma que ni los mendigos los recogieron cuando los tiré a la basura. Es verdad que en aquellos tiempos París reunía una cohorte de pobres de una exquisitez tremebunda. Les llamábamos clochards, que sonaba como a caballero del Santo Imperio.

Y Jean siguió su camino de felicidad, siempre con una sonrisa maravillosa de cuando vendía las salchichas que su padre fabricaba en un pueblo perdido de la lejanía de los Estados Unidos.Dejamos de vernos. Y un día me llegó un rumor que me dejó mudo. Jean había tenido un idilio, clandestino claro está, con un líder del Black Power (eran tiempos en que los negros norteamericanos querían tomar el poder en Estados Unidos) y que los poderosos de los USA estaban que trinaban. Eso era lo que se murmuraba.Ya hacía años que no veía a Jean Seberg,, porque los sueños se acaban rápidamente, cuando en la mañana del 30 de agosto de 1979 se descubrió el drama.En una calle, creo recordar que empinada, ví un Renault 5 de aquellos que teníamos entonces todos los que podíamos presumir. Había policía por todas partes y el calor era más terrible que el del Sahara.

No me dejaron llegar al coche pero un policía que parecía tener lágrimas en los ojos me contó. En la parte trasera del coche habían encontrado a Jean Seberg “como un ovillo”. Estaba muerta claro, quizá desde hacía días. Luego, pues se dijeron muchas cosas.El terrible FBI, que entonces desarrollaba una lucha feroz contra los negros con ansias de quitar a los blancos del poder había decidido probablemente, oficialmente nunca ocurrió, cargarse a aquel pedazo de belleza como ejemplo. Y ahí acabó el cuento. No fui al entierro y todos tratamos de olvidar. Luego nos dijeron que la policía había encontrado a su lado, en el coche, un montón de barbitúricos y que tal vez se había suicidado. Era el 30 de agosto de 1979. Marilyn Monroe había sido hallada cadáver el 4 de agosto de 1962. Cambian los protagonistas, las fechas, pero no las razones de un “suicidio” y las muertas tenían algo en común.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *