Jineteras

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Amanece en mi isla africana, allí donde acaba Europa y empieza el Mediterráneo, camino de África. Estoy encogido ante el ordenador, asustado, callado. Solo me rodean algunos libros, uno de Freud, el gran curador de majaretas, que es una delicia. Dan ganas de seguir viviendo solo para tener tiempo de leerlo. Me he levantado pensando en el Vedado, embrujo de La Habana donde un día, hace muchos años, quizá hasta siglos, pensé que bajo su calor húmedo estaba mi destino, muy lejos de Europa. Ya no es más que un sueño. Como todo lo mío. Sueño para tener fuerzas y seguir palante. Lo malo es que a veces falta el ánimo, el querer hacer.

Tomaría un barquito de vela de los que cruzan por el mar de la terraza y pondría rumbo al Caribe. No me hago ilusiones. En Cuba voy a encontrar largas colas para comprar cualquier cosa, pero también la sonrisa de un niño o de aquella muchachita de los ojos como carbones que, la primera vez, mi primera vez, me esperaba en el viejo aeropuerto José Martí. Seguramente esperaba a otro porque a mí nunca me espera nadie. Una amiga periodista me llevó a su casa, en el Vedado, donde los árboles todavía tienen derecho a meterse por los balcones y dar paz. Muchos árboles necesitaría yo. El Dr. Pauwells, mi psiquiatra, me ha dicho que hable con Dios, que solo él podría curarme.

¿Pero qué hago en La Habana? Casi todos mis amigos ya no están. El más querido murió sin permitir que yo le echara una mano. La culpa la tiene el cine que los dos amamos. Tambores lejanos y el furo de Cary Cooper tienen la culpa. Un muchacho con dientes blancos publicitarios me ofrece con una sonrisa un medicamento genial, el PPG que, me asegura, “le quitará esa tristeza que lleva usted impresa en el rostro”. Me lo creo y se lo compro. La rampa sigue llena de gente. No sé si sabrán adónde van o tal vez les importe un pito adonde le lleven los zapatos. Eran tiempos en que todo el mundo sonreía, sobre todo cuando veía a un extranjero, reconocible por la ropa, parece ser. Cerca del Hotel Nacional me alcanza una ráfaga de perfume. La propietaria es una morena de ojos verdes, una jinetera, que se busca la vida con su cuerpo. Por el mío no me darían ni un peso y me moriría de hambre. Su falda se abre sobre unas piernas jóvenes y angelicales. Me sonríe. Le sonrío y le pregunto si quiere tomar algo conmigo. Asiente pero recuerda que en el hotel no dejan entrar a las cubanas. Al rato estamos sentados en un rincón de un bar que a mí me gusta en lo más profundo de este hotel que es una joya. Me habla de no sé qué. Apenas la escucho. No hago más que olerla, mirarla y quererla. Ella lo sabe. Me coge una mano, Dios mío, pienso, deja que esto dure siempre, Estoy tan solo. Tan desesperado. Dice que estaríamos mejor en mi habitación. Desde luego. Salí de París con el alma en vilo. Sin esperanzas. Ya sé que es una jinetera, que no me ama, que no se ha enamorado de mí, y qué más da. Quiero que me arrulle un ratito, que me cuente muchas mentiras. Pero quiero sentir su cuerpo, el cuerpo de una mujer.

Se ha sentado en una de las ventanas que dan al mar. Me mira muy seria. Y le cuento que podríamos irnos a París y allí tomaríamos el Trans Europa Express, un tren de historia garantizada que nos llevaría al ladito de Venecia…Por la primera vez veo en sus ojos algo que podría ser una lágrima. No tengo permiso para salir de Cuba. Además, tengo una familia que atender. Se me echa encima y me abraza creo que de una forma muy natural. Sabe a rosas. Su cuerpo es una sinfonía. Le digo que nunca la dejaré marchar que ya se quedará conmigo. Es un vendaval de sensaciones. Hasta me parece sincera. Cuando me despierto se ha ido. En una mesita de noche están los dólares que yo le había entregado y en una caja de cerillas ha escrito algo: “Te he querido”. Ya sé que es mentira.

Que todo es mi imaginación. Que ellas están para los turistas. Que soy un imbécil. Durante dos días la busqué y pregunté por ella. Al tercer día salía mi avión. En el aeropuerto estaba desesperado. Nunca más la vi. Estaba agazapada en un rincón y me dijo adiós. Regresé a París. En France-Presse me gastaron las bromas reservadas a los primeros exploradores de Cuba. La lloré durante tres días y tres noches. Luego la comprendí. Todavía tengo en mi bolsillo su cajetilla de cerillas y los dólares que no quiso aceptarme. Fui uno de los tantos europeos que en aquellos años acudíamos a Cuba a por un poco de consuelo sentimental que solo sabían dar las jineteras. Ya se acabó todo. Ahora reinan los negocios de los de siempre. Porque los otros se entretienen con las colas interminables y frustrantes. Eran tiempos de una Europa descafeinada, en que los europeos corrían a Cuba en busca de algo diferente. Y a veces lo encontraban hasta el matrimonio.

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