La guerra de la soledad

Sergio Berrocal | Newsoncuba  España

En este pueblo del fin del mundo vía África y que yo llamo mi isla africana, la soledad está devorándonos. Es impresionante asomarse de noche a una ventana y durante horas ver como no pasa un solo automóvil, ni los bomberos, ni la policía, ni ambulancias. Porque a las ocho de la noche los bares y otros lugares de ocio echan sus cierres por orden gubernativa. Y dejan viudos a millones de españoles que encontraban hasta hoy en esos lugares el calor, el amor, el consuelo que probablemente un nórdico encuentre en un libro de Marguerite Duras o en una película televisiva por mala que pueda ser.

Luego están los que extremamos las precauciones, que probablemente no sirven de nada. Yo llevo un año y dos días sin poner los pies en la calle. Y cuando lo he hecho ha sido en un taxi para ni siquiera tocar el asfalto. Y eso cuando ha sido una necesidad imperiosa. Pero con las calles tan vacías, los autobuses que antes molestaban tanto y que ahora gustaría oír su traqueteo e incluso marearse con el olor a gasóleo…

Recuerdo que en mi primera visita a La Habana llegamos muy de mañana-noche. Nos esperaba un autobús que apestaba a gasolina barata aunque el conductor parecía ir o venir de una fiesta. Silencio de muerte en los alrededores del viejo aeropuerto que hoy es uno de los más modernos. Nadie por ningún lado. Solo una muchacha de relucientes ojos verdes que esperaba agazapada a la salida –acechando quizá a alguien-. Fue cuando me enteré de que en Cuba hay también bellísimos ojos verdes que proceden de una sola provincia, que no descubriré aunque creo que es Matanzas. Aquella chiquilla-mujer, que me parecía desesperada o quizá fuese solamente angustiada por la espera, me impresionó muchísimo.

El autobús arrancó como pudo y en un silencio mortal salimos hacia el Hotel Nacional, donde aquella madrugada todo parecía cerrado por defunción. Cuánto agradecería yo que en estas noches, largas, larguísimas, que pasamos los habitantes de este pueblo tan lejos del cielo cubano, y tan cerca del infierno, hubiesen muchos autobuses bullangueros, que incluso me despertaran. Llevo año y pico sin pisar un restaurante, charlar en un restaurante, porque cierran. Y porque también no sabes dónde el enemigo chino se esconde. Un amigo, que sabe de lo que habla, me advierte que estoy desarrollando una fobia antichina peligrosa. Y lo creo. Cuando veo una foto del Primer ministro Xi Jinping, con su cara de trilero embustero me dan ganas de enrolarme en la Legión Extranjera por si un día hay que ir a defender a las minorías que el gobierno de China aplasta en un mundo callado y asustado. Aunque de vez en cuando algún periodista que no está a sueldo del poder recuerda que China tendrá que dar cuenta de cómo y por qué el coronavirus nos ha destrozado la vida, porque casualmente no salió de Taiwan, la que se llamó China nacionalista, sino de un popular mercado de Wuhan, en la que otra vez se llamara China comunista.

Por el momento, todos sufrimos un castigo inhumano que no merecemos. Y los periódicos están más frecuentados que nunca por psicólogos y psiquiatras que saben que pueden pescar clientela desesperada. Porque ya no hay contacto entre humanos. Salir a la calle para que tu perro mee no puede considerarse con un paseo de enamorados por mucho que quieras al animalito.

En las casas las peleas son más frecuentes sobre todo cuando uno de los dos que forman la pareja tiene que trabajar desde su domicilio, rodeados de niños que regresan del colegio y no entienden que sus padres no les puedan dedicar un segundo de más de cinco minutos malhumorados. La desesperación sexual crece a medida que se propalan abundantemente en los medios de comunicación anuncios ofreciendo romper la soledad. No son los que veíamos antes, de señoras prostitutas en el ejercicio de sus funciones legítimas. Son empresas que ofrecen compañía en varias especialidades, una amistad con derecho a roce y otras con derecho a irse a la cama después de haber saludado. Desesperación porque las que se ofrecen para estos menesteres de ruptura de la soledad (no he visto ningún anuncio en la que se ofrezcan hombres) son la mayoría mujeres jóvenes, asentadas, otras más mayores pero siempre con elegancia y gallardía e incluso belleza. Con sonrisas bonitas como las que ya no se ven más que en las películas románticas.

Es indiscutible que la desesperación de la soledad cunde y estoy convencido de que de aquí a que se vaya el coronavirus –la desesperación es tal que anuncian un medicamento que no tiene que ver con el bicho pero dicen que protege—los divorcios se precipitarán y es posible incluso que el problema de la falta de nacimientos se haya resuelto. Los cubanos tienen por lo visto un remedio que ayuda mucho para escapar a las fauces del animal chino- Y digo yo, ¿por qué el gobierno español, que tan mal se ocupa de la espantosa crisis, pide a sus colegas cubanos unas toneladas de ese remedio? Porque, por si fuera poco, se han acabado las vacunas y se comenta que los laboratorios son unos ladrones. Pero nosotros seguimos expuestos más que nunca.

Y lo peor de lo peor es que el gobierno socialo-comunista no hace más que mentir alrededor de la pandemia. El encargado de gestionar la catástrofe, un llamado ministro de Sanidad, Salvador Illa, se ha largado sin decir adiós, en pleno desastre, para dedicarse a elecciones que se preparan en Cataluña. Y por si fuera poco, dicen algunos comentaristas. la nueva ministro, Carolina Darias, no ha inventado la penicilina, con lo cual todos auguran nada bueno o algo peor que peor. Pero ellos, los ministros, los subsecretarios y toda esa pandilla, nunca están solos. Nada más que con el número de asesores, de los dos sexos que tienen, pueden escapar a la melancolía.Pero a la gente corriente como yo no nos queda más que los anuncios de los que les he hablado o… Me gustaría ver cuando haya pasado esta guerra el número de suicidados o de internados en psiquiátricos de pago porque ya en la sanidad oficial se considera que solo hay depresiones y otras cosas que pueden arreglarse con fármacos en venta en todas las buenas farmacias. Y nos morimos de desesperación mientras los poderes públicos tienen el valor de considerarnos solo como electores que les daremos más poder. Gracias a Dios yo soy francés. Pero la palabra víctima está prohibida para designarnos.

Ya llegó otra vez la noche cerrada. Todo desierto. Ni luces en los edificios. Escruto, registro con los ojos, una parada de autobuses que tengo debajo de mi casa pero no aparece ninguna muchacha de ojos verdes.

Ay, mi Cuba del alma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *