La guerra de los tramposos

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Escritor norteamericano, Tom Wolfe murió antes de que Europa ardiera por los cuatro costados con la II Guerra Mundial. Y solía decir, así lo dejó como testamento: “Eran jóvenes… tenían 20 años y sabían que nunca podrían morir”. Muchos de los norteamericanos que leyeron este bello responso a la juventud indomable cayeron en los campos de batalla de Europa, por donde ya andaba Ernest Hemingway queriendo brillar una vez más. Había recorrido todas las guerras, todos los prostíbulos y toros, todos los palacios. Y es seguro que prefería tierras donde los hombres se matan como si fueran los dictados de una religión. Le gustaba brillar, ser el primero, el más listo, el más guapo. Tiempos de paz y de guerra y maravillosos. Tiempos que nosotros no conocimos, en los que no nos dejaron entrar porque éramos muy pequeños. Ya habrá otras guerras para vosotros. Y las hubo. Pero cada vez más innobles, más brutales, más sin sentido, en las que ni Hemingway se sentía a gusto. Hemos llegado a los años dos mil, con dirigentes tan incapaces en todos los países que hemos engendrado la peor de las guerras, la bacteriológica, la llamada epidemia del coronavirus, “descuido”, “regalo” o como quiera llamársele de su Majestad el Presidente de China, Xi Jinping, para sus amigos norteamericanos, que no lo tomaban en serio. Y cuando le oyes decir chulescamente, con su uniforme de traje medio elegante y occidental, sus ojos de fascista irredento, que ha acabado con la miseria en China (más de mil millones de personas, que ya hace falta pan para saciar tanta boca) te dan ganas de que estuviese metido en una de esas escenas del cine yanqui en que con su Magnum 357, Clint Eastwoord, hacía respetar su ley. O que se hubiese encontrado con cualquiera de las armas que empleaba Charles Bronson para liquidar a los criminales barriobajeros de una ciudad sin ley. Da igual.

Imaginen qué pena. Su Majestad Xi Jinping, el Presidente de todas las Chinas, no habrá bailado nunca ni en su imaginación con una mujer en los salones decadentes de Nápoles, ni tampoco habrá soñado con Lois Lane, la novia de Superman, y apuesto que si le dice usted Avanti cree que es un dentífrico y no la más bella comedia de amor romántico con Jack Lemon y una isla maravillosa de un mar de los muchos que tiene Italia. Una isla con amor y orquesta que a medianoche se permite vivir. Y sin bichos como el coronavirus.

Qué triste debe de ser la vida de ese hombre que gracias a un virus nos ha hecho besar el polvo de la derrota y nos tiene encerrados en nuestros miedos hasta que a él le de la gana. Cómo echamos de menos al infame Mao Tse Tung, aquel campesino listo que trataba a sus compatriotas como animales encerrados en la inmensidad de China para satisfacer sus caprichos y sus ansias de ser alguien. Y entonces fue cuando lanzó el Libro Rojo, un compendio de nada dicho en lenguaje comunista y con portada roja para que nadie se equivocara.

Ya llevamos más de un año enterrados en las trincheras de nuestros miedos que el coronavirus alimenta y quienes tendrían que defendernos parecen cantarles el himno nacional por su inexperiencia, chulería y latrocinio. Escasean las vacunas, o te ponen una que con un poco de suerte puedes morir o quedar hecho un trasto de museo de los horrores.

Qué lástima que se fuera, que le echaran esos demócratas débiles del cerebro con su prensa sucia, al presidente Donald Trump, que no era como los liberales afirmaban. Y que ahora echan de menos sus compatriotas cuando ven que el nuevo presidente, Joe Bilden, se ha estrenado lanzando un ataque aéreo contra Siria, un conjunto de ruinas amontonadas por todos un poco. El loco de Trump fue el único que dijo a los chinos, a grito pelado, que tendrían que rendir cuentas por el bicho.

Bilden, el hombre que no sabe subir a su avión personal, esa cosa enorme desde donde se puede organizar una partida de cartas o una guerra nuclear, protegidos por mil aviones más pequeñitos armados como aquella película en el que el loco del general prefería lanzar su última bomba nuclear y para asegurarse de su puntería se montaba en ella, como en un rodeo. Pobres Estados Unidos que desde el negro Obama, Premio Nobel de la Paz por cerrar una prisión siniestra, Guantánamo, en un rincón de Cuba, pero territorio yanqui, que sigue abierta con sus presos que nunca escaparán.

A Bilden se le mueven los dientes. Ni siquiera ha encontrado un dentista que le ponga una dentadura postiza que le haga parecerse por lo menos a Ronald Reagan. Es un viejecito tan ambicioso que un día se lo comerán los cerditos de cualquier cuento que le cuente su oficial de guardia para dormirlo. Pobre mundo, en manos de bellacos e incapaces, de gobernantes que se rifan las vacunas en vez de dárselas al pueblo. Ladrones por todas partes. Muertos por todas partes. Amén.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *