La mejor novela del mundo

Newsoncuba Sergio Berrocal

Cuando se ven ciertas películas se apetece con ansias un buen documental sobre los pulpos gigantes de Canadá o los salmones de Africa del Sur.Esos bichos no molestan ni empañan la misión del cine como esos actores y directores que te quitan las ganas de ir al cine y a ratos hasta de vivir en un mundo riquísimo de la muerte con una cultura en la que todos los golpes valen. Hasta la procacidad más sucia.A veces parece como si algunos mal llamados cineastas hubiesen mal digerido movimientos artísticos como el gracioso y espeluznante Dada o leído sin entender novelas de la picaresca universal del siglo XX como La conjura de los necios. Esto que les voy a referir todo el mundo debería saberlo, pero por las dudas prefiero hacerme pesado. Vale la pena. Un libro de antología de inteligencia. Un autor, desconocido y enterrado, John Kennedy Toole, que lo escribe, se desespera porque nadie quiere publicarlo y se suicida a los 32 años en un arrebato de impotencia, el peor y a veces el más definitivo de los berrinches. Su madre le enterró y siguió dando la lata a las editoriales hasta que consiguió que en 1980 – habían pasado años del suicidio – se lo editaran en una universidad. Pese a la modestia de la apuesta, le dan el Premio Pulitzer. La conjura de los necios hubiese merecido mucho más. Debería de ser un libro de cabecera para todos cuantos intentamos escribir. Y que probablemente y objetivamente esté a la altura del tan cacareado Ulises de James Joyce, libro de difícil digestión pero que todos alaban. Lean La conjura de los necios y ya me dirán. Un atraco de risa sana e inteligente, de explicación de la vida y de las cosas. De Molière a Woody Allen sin trasbordo. Grandes críticos afirman que ese libro que le costó la vida al autor es el más bello del mundo aunque ya tenga varios años. Léanlo y podrán comprobarlo.

Da la impresión de que un analfabetismo ilustrado resulta a ratos, los más, una mixtura siniestra de mala interpretación, peor paso por el aparato digestivo y de las partes menos nobles de los seres humanos. Esta mañana de verano de bicho chino en esta isla africana mía donde poco se pesca ya, salvo turistas escandinavos enganchados al anzuelo del sol, las olas llegan con furor y desgana a una orilla viuda de cremas solares y cuerpos blanquecinos. Quedan pocos bañistas y los que resisten suelen proceder de las taigas del norte profundo de Europa. Para meterse en la terraza frente al sol en decadencia hay que proveerse a veces de una lanita como dicen los franceses.

Pero cambiar la playa por una sala oscura puede resultar más peligroso que la improbable insolación otoñal. A punto de llorar estuve cuando nubes bajas y lloronas me empujaron a una sala de cine casi vacía en esta ciudad donde nadie da una limosna a un cineasta. En la pantalla me atropellé, me pegué, me apabullé, de bruces con un actor y realizador español que es la alegría de las taquilla, Santiago Segura, en su obra maestra, Torrente 3, heredera de Torrente 2 y Torrente 1. Auténtica saga incomprendida por intelectuales. En los créditos de su última obra maestra, copia zafia de los sofisticados James Bond, aparecía el hombre que se jacta ruidosamente de no ser un intelectual, con un guiño de connivencia a los muchísimos retrasados mentales de este mundo, con la visible intención de querer convertir a una cabra poco agraciada en su amante del momento. En toda una vida metido en la crítica cinematográfica el que más y el que menos ha visto monstruos nacidos en la cabecita de realizadores de poca monta y menos talento. Y esta película, que algún crítico español evita de juzgar hablando de “fenómeno social”, merece un lugar destacado en ese museo de los horrores. Recuerdo una época en que el Festival de Cine de Cannes era aprovechado por productores y distribuidores pillos para organizar al mismo tiempo y a pocos kilómetros de esa localidad del sur de Francia un festival de películas pornográficas. Confieso que a la mayoría de los periodistas acreditados, con cartelones en el pecho en los que “pastillas” de colorines daban una idea del grado de alienación mental a la que habíamos llegado – yo tenía la máxima de los máximos honores (¿u horrores?), entrada por las escaleras con alfombra roja de quitipón, asiento asegurado, connivencia con la vieja que dirigía el rebaño de la prensa internacional –, aquel bullicioso y ocioso intervalo cinematográfico nos gustaba. Nos encantaba secretamente asistir a los cócteles que ofrecían esos asesinos de Meliés en medio de impresionantes pecheras femeninas y músculos masculinos, al menos eso era lo que nos decían. (Allí conocí a un tipo metido a actor que había llegado a tan noble profesión después de que su esposa, creo que ecuatoriana, le cercenara las partes genitales que apurados cirujanos consiguieron reponerle en su sitio, aunque no sé en qué orden). Era un personaje medio soportable porque estoy convencido de que ni el Viagra que venden por Internet hubiese podido aliviar su dolor. Para nosotros, pobres cronistas del Séptimo Arte perdidos en una industria infame, era una manera de escapar a películas del festival oficial que a veces resultaban puros comecocos de pretensión y alteración cerebral de unos pocos genios que probablemente terminaron en manicomios oficiales.

Allí, al aire libre, frente al Mediterráneo, era un descanso para quienes nos pasábamos ocho horas diarias sumidos en la oscuridad de salas donde la prepotencia de algunos autores hacía olvidar la maravilla de algunas películas.Los pechos voluminosamente faraónicos de una estrella del porno nos hacía pensar que además de los insípidos canapés de las recepciones oficiales festivaleras existía el jamón de bellota y las langostas recién pescadas, como más de una vez las tomé en una playa que Hemingway nunca conoció y luego en un restaurante de La Habana.Tenían el rojo del pecado menos recatado y no el verde de las langostas bretonas, con fama de inocencia prostituida a lo Nana de Zola. Era otro mundo. Otra forma de vivir. Qué se le va a hacer.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *