La muerte de un amor de novela

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Casualidades de la vida, vida de casualidades. Dos minutos antes de que un muchacho sonriente y con toda la vida por delante, toda la que yo ya no tengo, me entregase un paquete de libros, los últimos de mi larga guerra, veo en FaceBook a un gran amigo que tuve en Brasilia, el doctor Ilidio Soares, un hombre de pies a cabeza, gran médico, que me quitó más de una angustia. Durante tres años fuimos íntimos amigos, compartimos decenas de botellas de vino tinto francés o chileno, pasado por el refrigerador porque las altas temperaturas de la capital, maravilloso recuerdo para toda una vida, no permitían beberlo directamente. Tardes o medias mañanas, que ya no sé, en la que nos reuníamos un grupo de conocidos para rendir homenaje a ese caldo que de tan lejos venía. Varias veces tuvimos como contertulio a un almirante jubilado, exquisito y pequeñito hombrecillo que había mandado tropas, hombres, deseos y sueños.

Reinaba en el Palacio de Planalto el Presidente Fernando Henrique Cardoso, a quien Dios le guarde siempre aquella risa cachonda que no se le borraba ni cuando tenía que poner firme a alguien. Lula trataba de ser presidente pero no lo conseguía, aunque luego se desquitó y hasta la cárcel lo llevaron los esbirros de Jair Bolsonaro. Un día en que bebíamos más que otros, quise sorprender al almirante y le pregunte con mi copa de vino ancha por todo escudo que si a su juicio en Brasil podía haber un golpe de Estado. Brilló de cólera su copa, que estaba en un estado de ebriedad mayor que la mía, y me contestó que ese tipo de cosas (el golpe de estado) no figuraba en los genes de los brasileños. Unos años después, tras haber dejado secas muchas botellas de vino tinto que merecían bendiciones, yo regresé a Europa, maldito día aquel, Lula fue presidente hasta dos veces y todo estaba en orden. Era cierto, recordé a mi almirante, los genes del golpe militar no estaban en las cabecitas de los brasileños.

Han pasado unos años, yo en mi isla africana donde lamento por seguidillas lo que fue mi Brasilia y las alegrías que siempre me dio Brasil, y me entero de que el venerable Jair Bolsonaro, derecha de derecha que te quiero derecha, ha sido elegido Presidente de Brasil. Se me rompió el alma y maldije a aquel almirante chiquitito y bebedor que me había asegurado que nunca los militares meterían sus manos grasientas de pólvora entrarían en el Palacio presidencial de Planalto. Y resulta que el camarada Bolsonaro, ahora Presidente, había sido militar, teniente o capitán ya jubilado. Como para creer más en la virtud de aquel dicho in vino veritas.

Los militares habían vuelto a las viñas del Señor de Brasilia. Mi amigo el doctor Ilidio Soares resucitado en las páginas de Facebook, a través de una foto donde sonríe, como si tuviese alguna de aquellas copas en sus manos, homenaje de su familia y amigos. Siempre he dicho que las fotos tenían que estar prohibidas. Esa foto me ha llevado fatalmente a Brasilia, a su maravillosa casa bajo el sol, a tantas mujeres bonitas como pasaron por ella, a tantos amigos que nos repartíamos con el tradicional vaso de vino. No sé si alguna vez llegamos a estar trece con una copa en las manos, y ya hubiese que haber elegido a Jesús, que era el del medio.

Lo terrible es que la foto de Ilidio en prensa me ha llegado, la he visto, justo cuando le abría la puerta a un muchacho que me traía dos paquetes de libros sin desvirgar, nuevecitos. Son los ejemplares de “La muerte de la hija”, remake, seamos cinematográficos, de otro escrito hace unos veinte años y titulado “Ojos verdes”.

De un modo u otro, yo no he escrito en toda mi vida más que la historia supuesta, soñada, inventada o real, de una muchacha que un día de hace mil años se mató con un coche. Era mi hija, Corinne. Si ella hubiese vivido el mundo, el mío habría cambiado seguramente. Pero la enterré. Y tuve que apechugar con mi maldita vida de periodista pasado por todas las desgracias del mundo.

La novela la hemos hecho, no digo escribir siquiera, mi hijo Toni y yo, como un homenaje a la que fuera la mujer más importante de nuestra casa, con sus ojos espléndidos, su sonrisa de señora del Renacimiento italiano y sus ganas de vivir.

Pueden leerla o no. Si quieren que les diga la verdad me importa un carajo. Pero ella, que se quedó muerta en aquel muro cerca de París en la cabina de un coche maldito, estoy seguro que nos lo agradecerá o por lo menos se reirá con las cosas que hemos inventado para que vea que la amamos más allá de esa puñetera muerte tan traidora e injusta.

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