La tormenta perfecta

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Sabía que le conocía de algún sitio. Llevaba una vieja chamarreta del ejército norteamericano sin estrellas ni condecoraciones. Estaba tomando un café en mi bar preferido de la isla africana, ahora que los bichos chinos han conseguido que la gente extranjera huya de este pedazo de país de mierda. Me pidió fuego en inglés y ni le miré. Entonces se dio cuenta de que estaba hablando con el Conejo de Alicia en el País de las maravillas. “Mire, che, aprenda español o le echaremos de aquí. Ahora somos nosotros y los coronavirus los que mandamos en esta isla. Supongo que ni habla chino aunque sea cantonés”. Le desprecié con mis cejas bien fijas, como me había enseñado Gary Cooper en no sé qué película. Aunque sabía que le conocía no daba con su cara. Entonces le dije: “Le invito a un café, general Eisenhower”. Y el tipo abrió una sonrisa de mejilla a mejilla y en un fluido catalán empezó a charlar conmigo. Parecía desnutrido, un poco más flacucho que cuando mandaba los ejércitos de la II Guerra Mundial y ya solo sonreía con la parte de su dentadura izquierda.

Le interrogué y me di cuenta de que buscaba un amor prohibido.

“General, que ya se le acabó la guerra. Si quiere puedo emparejarlo con un coronavirus chino”.

-Qué asco—contestó escupiéndole a un pobre profesional que pasaba a tiro–. Odio a los chinos. Cuando era presidente no me dejaron pero hubiese invadido ese país de mierda y ahora ustedes no tendrían estos problemas de los bichos.

Comprendí que, en realidad, no era el general Eisenhower, muerto muchos años antes, sino un subversivo de no sé qué secta norteamericana que estaba dispuesto a todo para cumplir su misión.

-¿El venerable Mooon le ha dado instrucciones para exterminar a los chinos?

-Es cierto pero no puedo decírselo. Lo que ocurre es que no teníamos fondos más que para un billete de Washington a Málaga y aquí estoy.

-Yo estoy dispuesto a ayudarle. Tengo un ejército de desesperados, manxos, cojos, profesionales de la mendicidad de cinco países que no tienen ni para un café. Si usted pone las armas le juro que tomamos Pekin, destruimos a todo el comité Central y paseamos al Presidente por toda Asia en una jaula para que se lo coman sus propios bichos.

Nos volvimos a ver quince días después.

-Ya tengo el avión que nos llevará a China y las armas para nuestra misión.

Me afirmó que había encontrado dos sponsors, un multimillonario de la confección al que le horripilaban los chinos y el presidente de Mariconería Universal S.A., con sede en Andorra, que tenía 223 años y desde los siete odiaba a todos los asiáticos porque había sido violado por una criada asiática.

Me cambié de casa para evitar toda clase de fugas y nos veíamos a través de un espejo y a veces nos comunicábamos por un satélite que el falso Eisenhower le había robado a la NASA hacia 22 años.

-¿Cree usted que funcionará para nuestra ofensiva contra Pekín¿

-Los chinos son muy infantiles. Mao Tse Tung, Dios tenga su arma, los doblegó de tal manera que son capaces de creerse cualquier cosa.

El General había alquilado a una compañía aérea cuatro Boeing 747 que se estaban pudriendo por falta de viajeros.

El día señalado los cuatro aparatos despegaron al alba de un aeropuerto improvisado en un lugar que no puedo desvelar.

Los pilotos no sabían muy bien manejar aquellos mastodontes pero había que arreglarse con ellos ya que nos había costado mucho trabajo sacarlos a escondidas de un asilo para pilotos sin trabajo. Dos de ellos rebasaban los cien años de edad y los otros sufrían Alzehimer y solo se animaron cuando les hablamos de bombardear. Dos de ellos habían participado en el bombardeo atómico sobre Nagasaki y aunque decían que tenían solamente 101 años yo no lo veía claro. Luego averiguaríamos que en realidad eran nietos de los pilotos que llevaron a cabo aquella matanza histórica pero que se habían vuelto locos y se tomaban por sus progenitores.

Claro que yo no sabía nada de esto cuando me metí en esta aventura. Creo que si lo hubiese sabido…

Pero ya estábamos en pleno vuelo. Cuando el General dijo que habíamos llegado sobre el objetivo y que largásemos las bombas (¿de dónde las habrían sacado?) el jefe segundo de la expedición se presentó muy uniformado y muy apurado: “Mi general, el encargado del bombardeo me afirma que a él nadie le ha dado ninguna bomba”.

En realidad había dos enormes, que yo no sabía de qué eran, muy atadas bajos las alas porque el General temía un sabotaje.

El artillero recibió pues la orden de lanzarlas cuando el piloto le dijo que estábamos volando sobre Tokio.

–¿¡Pero qué es esto, Tokio es de los japoneses y nosotros tenemos que bombardear la capital de los chinos que es Pekín?!

Los insultos nos molestaban tanto que dos de los viejecitos y yo agarramos al general, abrimos la escotilla que conducía a las bombas y lo atamos encima de una de ellas y de una patada los mandamos a volar.

Y entonces fue cuando el General, que aparentemente había perdido la poca cabeza que le quedaba, creyó que estaba montando un caballo en su rancho y empezó a relinchar mientras la bomba salía hacia la tierra.

Supimos, después de los dos años que pasamos en un sanatorio psíquico, ya no se llamaban manicomios, que la bomba estaba vacía y que el general había caído en un mar desconocido donde no se sabe cuántos tiburones se los merendaron. Una grabación de la CIA, que espiaba toda la operación, registró la voz del general que antes de los glu glu glu final dijo “¡¡Hemos liberado a los chinos. Soy el nuevo emperador de Asia!!”-

En el fondo, el maldito y viejo general lo único que quería es ser Emperador.

Y entonces, mientras recogían los cuerpos, porque todo el mundo pereció, menos yo que me había quedado en el bar hablando con ellos por teléfono, surgió la tormenta perfecta.

Corrí hacia la playa donde las holas arrojaban a un cinematográfico barco de pesca contra la arena y me encontré cara a cara con el capitán del pesquero. Era George Clooney, que acababa de quitarse el maquillaje y que me invitaba a tomar un güisqui. No tuve más remedio que invitarle.

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