La última novela

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Se acabó lo que se dio durante cincuenta años. Mi próxima novela, “La muerte de la hija”, que estará en las librerías y otros lugares de mala vida cuando lo decida mi editor, será mi canto del mono, sí, hay monos que cantan cuando van a morir. Eso del canto del cisne es una cursilada literaria. Ya no habrá más novelas y esta última es porque se la prometí secretamente a la mujer que más he querido en la vida. Mi hijo, Tony Berrocal Jr., periodista y director del digital Newsonmagazzine.com, me ha ayudado en esta ocasión, tanto en la concepción de la portada como en la selección de algunos documentos.

Hace veinte años, cuando volví de mis correrías periodísticas en Brasil, donde estuve tres años de corresponsal gratos y de una belleza solo comparable a la de la ciudad donde pasé todo ese rato, Brasilia, publiqué una novelita –yo nunca he escrito más de lo que podía encajar un lector. La mejor novela de Ernest Hemingway, “El viejo y el mar” tiene solo 127 páginas.Esa novelita era la confesión más dura que he hecho jamás y eso que he pasado la vida, me he ganado la vida, haciéndole vomitar a la gente todo lo que le quedaba en el estómago del cerebro después de que no les quedara nada por lo que luchar.

La titulé “Ojos verdes” porque me dio la gana pero en realidad estaba dedicada a una muchacha, toda mi vida fue ella, y sigue siéndolo, después de todo este tiempo, que tenía los más bellísimos ojos negros del mundo, dos trozos de carbón que miraban como una radiografía. Te taladraban, te juzgaban y entonces, tal vez, sonreía.Se fue de mi lado con dieciocho años poco más o poco menos, una noche de despiste mío en que me la robó otro hombre, un gañán que no la merecía pero ya saben ustedes que nadie puede con la voluntad de una mujer enamorada. Finalmente yo no era más que su padre. Lo malo es que se fue para siempre, sin explicaciones, si un ya nos veremos, seguro que mañana vengo a buscarte. Solo mis amigos más íntimos saben cuánto me costó en güisqui aquella separación, y sigue costándome.

Porque no se dice adiós fácilmente, ni siquiera difícilmente, a la mujer en la que has puesto todas tus esperanzas, incluso la promesa de ser mejor por ella, de enseñarle el camino menos difícil, el que yo nunca había recorrido. Cuando se marchó y comprobé que era para siempre, que ya no podría verla más que en las fotografías familiares o en las que ella misma posaba como una artista, porque su propósito era convertirse en una gran fotógrafo, tanto como el muchacho, genial tipo, que le enseñó a sacarle partido a una cámara, comprendí que había llegado la hora de salir de su vida si quería sobrevivir. Empecé a viajar, yo que nunca había querido quitar las suelas de la redacción central de la Agencia France Presse de París. Cuando vi que era el punto final de nuestra relación procuré por todos los medios correr fuera y primero fue Cuba y luego Colombia, Argentina y otros trozos de aquellas tierras lejanas donde ella no había estado nunca. La locura me hizo pensar que así no podría encontrármela. Porque se producen encuentros hasta después de la muerte. El otro día recibí una nota de una amiga cubana, un personaje extraordinario del periodismo cubano, que había seguido todo el proceso de mi duelo con aquella chiquilla y para consolarme me dice de una crónica mía: “Una página escrita con dolor y con un talento fraguado por los golpes de la vida, destellante”. Mi novelita que saldrá antes de que nos coman los bichos que los chinos nos mandaron tan gentilmente, o eso espero, es sencillamente el adiós de un hombre a una mujer, que muere estúpidamente en un accidente de automóvil. O mejor, el adiós de un padre a su hija, la niña que no debería de haber muerto nunca y ahora no tendría mi mesa de trabajo llena de sus fotos donde me sonríe día y noche.

 

 

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