La última sábana

Newsoncuba Sergio Berrocal

No recuerdo y no creo que mucha gente recuerde lo que hacía el 4 de agosto de 1962 al amanecer. Eran los felices años sesenta que, por lo menos en París, vivíamos con un gran jolgorio pese a que, como siempre, sobre el mundo se cernían muchas amenazas. Pero los años sesenta, hasta el fatídico mayo de 1968, parecían flotar en un ambiente descuidado, donde yo diría que casi la preocupación más terrible era la de llegar tarde al metro y encontrarse el vagón elegido repleto de gente que empezaba a comprender que la ducha era una buena cosa. Olía a los perfumes más variopintos, todos con pinta baratos. Aquel 4 de agosto del 62, los que habíamos madrugado y nos apresurábamos por las escalinatas no estábamos todavía al tanto del drama que estaba punto de jugarse o ya había terminado en un lugar de Estados Unidos de cuyo nombre no quería acordarme. ¿Y quién diablos iba a recordar en su sano juicio un nombre como Brentwood Height, en un barrio para millonarios de Los Ángeles, y menos aún de una casa elegante estilo español, tipo hacienda?, decían los informes de los patrulleros que llegaron los primeros. Era una mañana cualquiera en el mundo complejo y abigarrado de unos Estados Unidos que para la inmensidad de los europeos no representaba más que un lugar que de vez en cuando veían una película o que surgía en un artículo de periódico. Yo probablemente ya estuviese sentado en mi mesa de la Agencia France Presse (AFP), donde acabábamos de inaugurar, bueno, dos años antes, el primer servicio en español para América Latina. Éramos los pioneros de un combate que se anunciaba rudo porque todas las demás agencias, entonces existía la United Press, invento norteamericano que tenía la técnica ya muy rodada de convertir una información en dos, la auténtica y la inventada. O al revés.

“La mujer estaba echada, desnuda, bajo una sola sábana blanca, como si fuera una mesa de autopsias. La sábana estaba pegada a su cuerpo y dibujada perfectamente las caderas, los senos de una forma a la vez excitante y repugnante. Bajo la sábana, las piernas aparecían lascivas. Uno de los senos estaba casi desnudo. El Tirador de Élite hubiese preferido que estuviese tapada. Las mechas del pelo platino, como los de una muñeca, caían sobre la almohada. El Tirador de Elite había tenido oportunidad de ver a la mujer cuando aún estaba viva. Era lo que la gente llamaba una belleza. Como los grandes pájaros… Ahora usted ve lo que es. Ahora conoce el poder del Tirador de Elite. Como si la mujer le hubiese escuchado, sus párpados se movieron. Pero el Tirador de Elite no se asustó. En ese estado una persona podía abrir los ojos sin ver nada ya que estaban plagados de sueños y lejos de lo que les rodeaba… De su cartera, el Tirador sacó una jeringa que había sido preparada por un médico que trabajaba para la Agencia y que la había llenado de Nembutal líquido… Empezó a buscar el ángulo más propicio. Finalmente se inclinó por encima del lado izquierdo de la mujer que no había recobrado el conocimiento. Y cuando su pecho se infló para respirar, el Tirador le clavó a fondo la aguja de quince centímetros en el corazón”.

Lo cuenta la novelista norteamericana Joyce Carol Oates en su apasionante Blonde,1110 páginas de las que no habría que perderse una sola. En mi mesa de la Agencia France Presse, donde los teletipos ya llevaban un rato ronroneando, nada de eso sabíamos. Ni siquiera nos acordábamos de nada. Tratábamos de hacer lo mejor posible nuestro trabajo, éramos novicios, periodistas con muchas ambiciones, y procurábamos que los clientes del otro lado del mundo estuviesen satisfecho de nuestro trabajo. Todos nos esforzábamos al máximo porque nos dábamos cuenta de que habíamos tenido una suerte de cocu (de cornudo, decían los franceses) al haber estado entre los primeros elegidos.

Ya no recuerdo si aquel día de autos, como diría un juez, dos peruanos que acababan de ser contratados casi al mismo tiempo que yo, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, estaban en la mesa de al lado. Todos tratábamos de dar buena impresión y de que no nos quitaran la silla. La mañana fue calma hasta que bajé a tomar café a la que llamábamos la cantine, en el mismo edificio de la agencia. Las camareras estaban agitadas. La más joven, que me dedicaba sonrisas maravillosas cuando estábamos solos, se me acercó y muy bajito me dijoi: “Monsieur Berrocal, la radio dice que acaban de encontrar el cadáver de la actriz Marilyn Monroe”,

El café se desparramó sobre mi corbata amarilla con símbolos freudianos que acababa de estrenar y cuando cogí el ascensor para volver a la Redacción me di cuenta de que no había soltado la taza del café de estaba bebiendo.La Redacción ya estaba agitadísima. Empezamos a vociferar, a pedir cualquier cosa, a teclear sin saber todavía muy bien qué.Y de pronto vi a otro redactor, recién estrenado pero con veinte años más que yo, que se había quedado paralizado. Dos lagrimones como puños corrían sobre sus mejillas.Agaché la cabeza y empecé a apisonar la máquina de escribir, una Japy gris: “La actriz Marilyn Monroe…” Al más viejo seguían cayéndose los lagrimones y cuando le dije algo contestó en un murmullo: “Llegué a conocerla”.

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