Las cigüeñas soviéticas vuelan

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Una vez tuve una ilusión. Duró unas semanas pero creí que Jesús me había concedido unas vacaciones en el infierno que era el mío. Satanás andaba por allí y lo estropeó todo. El viejo periodista escribía estas líneas cuando le llegó un mensaje en su ordenador. Sin decir palabra, pero ¿a quién iba a decirla si no tenía nadie con quien hablar desde la Primera cruzada?, preparó sus cosas para un viaje de unos días. Jean, su amigo el doctor de siempre, el que le había vuelto a la vida en varias ocasiones, lo acogió nada más entrar en el hospital.

-No te preocupes, es una alerta. Ha tratado de suicidarse. Estaba muy sola.

-Hacía tiempo que no nos veíamos…

-Háblale como si no hubiese pasado nada.

Dos noches y dos días después, porque el viejo profesor había sido bendecido en su cuna por un hada buena, eso es al menos lo que le decía su mamá, Sabine estaba de pie y ya había olvidado su intento de quitarse la vida, no le gustaba la palabra suicidio.

Se sentaron en el café frente al hospital que había escuchado tantas confidencias de amor, de desesperanza y de esperanza algunas.

-Perdóname, viejo, pero me desesperé. Creí que me había enamorado. Y el tipo era un aprovechado que se llevó mis ilusiones.

-¿Y yo?

-¿Cómo voy a compararte con un amante que pasa? Tú eres el viejo profesor, el que está siempre ahí, el que en mis noches más locas me enrosca con sus manos que tantos libros han manoseado y me devuelven la gracia de vivir. Juntos volvieron a la casita que el viejo tenía en lo alto de la montaña, desde donde milagrosamente y gracias a la tecnología moderna, se veía el mar muy lejano, tanto que parecía inalcanzable, como los sueños y muchos deseos. Pero cuando la angustia apretaba era cuestión de bajarte a la playa y enjuagarte la boca con agua del mar. Nunca fallaba.

-Eres muy joven, Sabina, y he pensado que si te atreves vamos a intentar tener ese hijo que tú quieres. Entiendes que no es para mí, pero será la prueba de que puedes vivir en paz con los dioses. Fueron varias noches locas pero apaciguadas de las que el viejo profesor tenía que agarrarse a sus clásicos para aguantar el ímpetu, el dolor y las ganas de sobrevivir a lo invivible de una mujer llena de vida, aunque ésta la venciera de vez en cuando. Transcurrieron los meses de rigor y salió a la luz una niña más bonita que Sabine. El viejo profesor había renacido y ella había recobrado las ganas de vivir y perdido las de correr detrás de una quimera con un aparato genital joven. La niña fue creciendo, como se crece cuando se nace, con el despertar de la vida. Sabine la madre era feliz, pero sabía que no le bastaría siempre con el canto de los ruiseñores, el único pájaro que entraba en la casa. Amaba hasta la locura al viejo pero sabía que la juventud pide otras cosas. Ella y el profesor hablaron. Llevaban una vida conyugal perfecta, sexualmente muy satisfactoria.

-Pero soy muy joven, necesito…

Al día siguiente, una limusina verde vino a buscarla. El viejo le había dado un montón de cheques de viaje que guardaba. Una señora vieja pero alegre y competente vino para ayudar al viejo y a la niña.

Y pasaron dos, tres años. Alguien trajo un día una revista de cine con algo subrayado de rojo. Era Sabine, más bonita que nuca. Se había casado con un productor de 40 años con el que haría su primera película. El viejo supo que había perdido la partida. Pero estaba seguro de que la vida había ganado. Dos semanas después, Sabine, a punto de ser estrella de cine, vino a buscar a su niña.Tuvo una breve conversación con el viejo profesor, que terminó con un abrazo interminable.

-Ningún hombre me dará lo que tú me diste.

El viejo quedó solo pero siguió escribiendo, recibiendo a algunos alumnos.

Una mañana llamaron a su puerta para la clase que tenían prevista. Nadie contestó.

Pegada a la puerta había una nota: “He tenido que salir. Perdón por las molestias”.

Nadie lo creyó.

Queridos lectores, se equivocan. El viejo escritor no se había suicidado. Mientras todo el mundo lo buscaba él degustaba en un cine viejo como él de un pueblo más viejo que él la proyección de la película soviética “Cuando pasan las cigüeñas”. Toda su vida había estado enamorado de la protagonista, Tatyana Samolova, y cuando ella falleció en Moscú en 2014 le llevó un ramo de rosas rojas al cementerio más cercano.

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