Las tres braguitas de Orson Welles

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Unas no sé cuántos miles de palabras constituyen la espina dorsal de mi carrera de periodista durante medio siglo. Palabras retorcidas a vuela pluma, 600 000 emociones que me permiten contar lo que veo, no lo que imagino, lo que siento, no lo que debería sentir. Todas no fueron ni mucho menos palabras de diez dólares como las que Ernest Hemingway, muerto de rabia, le atribuía al barroco William Faulkner. Eran épocas en las que se afinaban las palabras con una navaja de Albacete, las mejores, las más fiables para rebanar el cuello a un indeseable. Nosotros, los periodistas formados en los sesenta en la mejor universidad de periodismo que entonces existía, la Agencia France Presse, teníamos que sacarnos el verbo del bolsillo, de la cigarrera o de las entretelas del alma con la velocidad de un cuatrero en una película de John Ford.

La magia del grito amontonado en columnas apresuradas con titulares a veces chillones que hacían vibrar al lector, después de que los cronistas ciegos de las plazas de pueblos analfabetos pasaran muchos años contando a voces las últimas truculencias de la vecindad o del más allá. Luego llegamos los escribidores, modestos en nuestro porte pero soberbios en nuestras escrituras, que llenábamos columnas de plomo fundido que pasadas por tinta negra como el pecado original imprimían en papeles que una vez consumida la emoción servían para envolver pescado fresco o evitar las gotas de la cal que caían del techo. El periodista era el Cervantes de la improvisación, el William Shakespeare de la crónica rosa y el Molière anotador de todas las bajezas de una sociedad que Emile Zola y Balzac describieron en columnas de belleza inaguantable. A ratos nos tocaba comunicar emociones como las que Genoveva de Brabante metía en mis ojos llorosos y en los de mi niñera eternamente vestida de negro, como la viuda de un amante de Teruel hermafrodita. Intenté aprender la faena suprema de la entrevista, lo más depurado y difícil en el arte del periodismo, leyendo los diálogos de Alejandro Dumas, valedor del diálogo acelerado. Luego supe que escribía así porque le pagaban por cada línea. Y hasta entonces había que comer. No eran los diez dólares de Faulkner pero bueno…

Ahora, en este siglo XXI de la pandemia china, que el diablo le agujere los ojos, de todos los George A. Romero del horror, la sutileza de la palabra pensada y cuidada como una rosa ha sido reemplazada en la prensa por apresuradas vociferaciones malsonantes de licenciados en Comunicación (periodista es otra cosa, muy seria) a quienes enseñan a no ver y a contar sino a ser políticamente correctos. Y una gran parte de ellos, los más jóvenes ni siquiera han leído a Dumas ni saben del cuestionario de Proust. Supongo que una inmensidad de ellos ignora hastaque es un escritor. Puede que incluso lo confundan con un videojuego. Van al entrevistado con un bloc en el que han anotado con escritura infantil preguntas que hacen con el ritmo de un loro, sin nunca intervenir en el diálogo, por muy descabelladas que sean las respuestas. La verdad es que esos reporterillos incipientes ni escuchan. Hace poco me tocó sufrir este calvario con una joven periodista (dos años de experiencia, me anunció orgullosamente. Ahora me pregunto en que sería la experiencia) que encadenaba las preguntas como ristras de ajos en el aparcamiento deun supermercado de las afueras de Brasilia en medio del calor de la tarde. Días después me encontraba en los estudios de TeleMadrid.

El entrevistador era Fernando Sánchez Dragó, uno de los mejores prosistas de lengua española, cuentista en la tradición de las mil y una noches y uno de los más populares novelistas de España. Sin contar el más avezado castigador de mujeres de todas las edades cuando él ya tiene 83 años. Amén de periodista vocacional. Es de los que utilizan palabras no de diez dólares sino de veinticinco doblones de oro. Fue una gozada. Lo único malo es que Dragó no tiene el encanto de aquella muchachita inexperimentada. Regresé al hotel en medio de una tortilla de patatas y de un plato de calamares fritos madrileños. Desde la ventana de la habitación con suelo de madera, como aquella iglesia de Río de Janeiro donde recé por primera vez en brasileño, me asomé en la lejanía a un balcón donde se secaban tres primorosas braguitas. En París, eternos años sesenta, siempre regalaba a mis amigas prendas de lencería.

Ellas me daban las gracias luciéndolas como si fueran multicolores y suntuosos trajes salidos de las manos de oro del modista Christian Lacroix, impresionista renacentista de la moda. Empezó a llover y el balcón se quedó sin su alegría. Oí y luego escuché con rabia de melancolía a punto de romperse la cítara que dio fama a la película El tercer Hombre. Me esforcé en resucitarla con el mismo fervor con que he mirado una reliquia de santo en la catedral de Senlis, donde a poco rato de París existe un restaurante con vistas a la fachada barroca. Allí pasé deliciosos momentos. Hasta que una noche mi nieta Julie descubrió en su plato de pescado caro un sospechoso insecto. Se rompió el encanto. Como con El tercer hombre. Volví a ver a Orson Welles en un pretencioso disfraz de sombra, a Joseph Cotten con cara de chicle mal mascado y a Alida Valli sinmás encanto que el que usted le quiera dar. Me dormí odiando a Carol Reed, el autor de ese engendro malévolo en forma de largometraje.

 

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