Los ojos azucena de Elizabeth Taylor

Sergio Berrocal | Newsoncuba

La Agencia France-Presse (AFP) de los años sesenta, cuando se decidió instalar un servicio de información destinado a todos los periódicos de América Latina y España siempre me hace pensar en la Legión Extranjera, Entre la fauna variopinta que se reunió no sé en cuál de las convocatorias nos cayó en suerte José Horacio Cabral Magnasco –acabo de verificar su identidad en el anuario del organismo encargado de conceder o de rechazar el carnet profesional en Francia. Le cayó en suerte cuando consiguió reunir todos los requisitos el número 55 854, lo cual me hace pensar que ingresó en la AFP ya en los años setenta bastante adelantados, porque yo tengo el número 18.535 y fui uno de los pioneros de aquel magnífico servicio en español, llamado Desk Amsud, en 1960. Estoy casi seguro que no lo contratamos cuando el general Videla hizo que una parte de los periodistas argentinos salieran huyendo por el mundo y una buena parte aterrizó en Europa, sobre todo en España, de donde muchos salieron mal parados, dicen que por creer que la máquina de escribir que le habían prestado en el periódico donde la bondad del generalísimo y dictador Francisco Franco les había dado trabajo eran propiedad de ellos. Esto me hace pensar que el glorioso Cabral, una delicia de hombre, entró en la AFP de París hacia 1976. Cabral era alto, de porte señorial aunque no te invitase quizá nunca a tomar un café de nuestro propio restaurante donde los precios eran adecuados a nuestros sueldos que al principio no eran para estar todo el día de juerga. Lo que más te llamaba la atención era su pelo, una mata blanca, que algún desgraciado de envidioso argentino dijo alguna vez que seguramente se lo teñía todas las noches. Era agradable, educado en la medida de lo posible y más mujeriego que el Don Juan español. Estaba casado y tenía una esposa argentina muy distinguida pero que raramente le acompañaba a los alrededores de la Agencia y todos suponíamos que era por celos suyos.

Con su pinta de embajador que espera una embajada de lo más exquisito, Cabral entraba y salía siempre con una gabardina impecable y un enorme maletín tipo escolar, donde se decía que llevaba la obra de su vida, una novela sobre la historia de su país. El caso es que le pusimos para encargarse de las embajadas, lo cual quiere decir que estaba todo el día fuera de la Redacción por la que no aparecía más que cuando le surgía alguna noticia importante procedente de alguna embajada latinoamericana. Pero le veíamos a ratos y entonces las charlas eran interminables en medio de la humareda de los cigarrillos, que tenían tantas procedencias como fumadores o casi.

Lo tuve a mi cargo una temporada larga y entonces me di cuenta de su amor por el género femenino. Hasta que una noche ya se destapó un poquito. No sé cómo se las arreglaba, aunque creo que el pelo blanco era uno de sus mayores valores, pero casi siempre tenía una amiga de las de postín. Nunca en domingo, porque tenía que estar en casa, pero el resto de la semana, entre dos embajadores él ocupaba su tiempo de forma muy agradable. Teníamos un número de teléfono secreto adónde había que avisarlo.

Un día nos contó que siempre llevaba a sus conquistas a un hotel que todos conocíamos, elegante sin ser muy caro. Pero el momento más emocionante fue cuando consintió abrirnos una especie de baúl que tenía cerrado con candados. Allí residía parte de su éxito con las féminas. Tenía toda una dramaturgia. Cuando llegaban al hotel y mientras ella se instalaba, él se metía en el cuarto de baño tras haber apagado la luz de la habitación y dejado una lucecita muy propicia y muy estudiado. Decía que todo era truco. En su baúl tenía otros artilugios que nunca nos enseñó pero el caso es que en poco tiempo se convirtió en el rey de los donjuanes de la AFP.A mí me enamoró pero fue por otra cosa. Lo mandamos al festival de cine norteamericano de Deaudille, un evento que entonces tenía cierta importancia sobre todo porque los organizadores se arreglaban para que siempre acudiese un actor o una actriz de cierto prestigio de los Estados Unidos. Aquel año le había tocado la china a Elizabeth Taylor, quien seguramente no tenía nada mejor que hacer y que aprovechaba para conocer uno de los lugares de la costa francesa más elegante. Yo era el encargado de impedir que se enamorara (Cabral, claro) y nos dejase tirados. Y la verdad es que no teníamos más que a Elizabeth Taylor para escribir los tres o cuatro días de festival. Una tarde que me llamó desesperado porque ya no sabía por dónde coger a la actriz, bueno, en el sentido más figurado, le pregunté:

-¿Has visto sus ojos?

-Sí, claro, Dicen que los tiene color violeta.

-Bueno, pues vete a verla otra vez y te darás cuenta de que en realidad los tiene azucena. Ese es tu artículo de hoy y el de mañana.

Dos horas después me llegaba la crónica de Horacio Cabral-Magnasco, basada en indicaciones mías totalmente dementes, que conservé entre mis papeles mucho tiempo, porque tenía la garra de un gran escritor. Armó tal marimorena con el color de los ojos de la Taylor que al día siguiente nos llovían las felicitaciones de los periódicos latinoamericanos porque ningún otro corresponsal de había dado cuenta de que los ojos de la estrella no eran violeta, como estaba establecido por las pitonisas del periodismo de Hollywood, sino color azucena. Desde entonces amé a Cabral. Ya se estropeó la cosa cuando me pidió que leyese el manuscrito que no sacaba nunca de su cartera, “El bastión”. Pero hoy, miles de años después acabo de comprobar que esa novela por la que tanto luchó está todavía en venta en el portal de una editorial española de prestigio.

Ay, Cabral, eras el más grande.

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