Los revoltosos del hambre

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

El sol se ha acostado sobre mis espaldas y huele a cangrejos en esta playa de la última esperanza. Aquí han llegado a empujones de los gendarmes marroquíes miles de marroquíes ahítos de libertad y medio hambrientos. Son los pobres que el soberano rey de Marruecos, Mohamed VI, había expulsado para poner en un brete humanitario a España. Estoy en realidad en otra playa, adonde de vez en cuando aterrizan pateras de otros miserables que zarpan a vida o muerte de las costas de África, principalmente Marruecos, porque han decidido jugárselo todo para intentar una nueva vida en Europa.

Pero Europa está lejos de esta playa del Tarajal. La Europa con la que ellos sueños, la del trabajo no demasiado difícil, está a dos mil kilómetros. Pero no les importa. Han pasado mucho en su país y querían que sus hijos tuviesen un futuro mejor. Se traen hasta bebés con chupete. Como el que un guardia civil español salvó in extremis lanzándose al agua cuando lo vio a punto de hundirse en el mar. Dicen que fueron unos ocho mil jóvenes los que el Rey mandó perturbar con su presencia la paz en Ceuta, ese trozo de Marruecos español, que los marroquíes no cesan de reclamar, como la vecina Melilla. Creo que hay que tener mucho cuidado. Las tropas españolas tuvieron poco trabajo para contenerlos y devolver una mitad a Marruecos. Pero no deberíamos olvidar que las verdaderas revoluciones han sido hechas por gente sin nada que perder. La madre de todas las Revoluciones, la de 1789, hizo arder París y aunque tenía algunos ideólogos al frente, Robespierre entre ellos, el más sanguinario tal vez, fue el hambre, la búsqueda de una vida mejor la que provocó la caída de la monarquía francesa. No sé con certeza cuántos niños corrían por las calles de París, aunque sin duda fueron muchos. Y detrás o delante de los más jóvenes iban los padres y las madres. Las mujeres más valientes que jamás vio una revolución del hambre, porque finalmente no pedían más que comida, ni privilegios ni reparto de plazas al sol como ha sucedido más de una vez.

La desesperación ha sido siempre el arma más eficaz contra los tiranos, aunque los revolucionarios hayan sufrido una represión violenta. Pero era gente que luchaba por derechos tan simples como poder comer. Si la revolución de Mayo de 1958 en París fue hasta cierto punto una charlotada es porque la encabezaban niños de buena familia. Se cuenta la anécdota de algunos de sus líderes que tenían que esconder sus autos deportivos para que la gente no les abucheara. Eran niños mimados por familias ricas y que después de esa intentona por imponer no se sabe qué orden nuevo, recobraron posiciones muy ventajosas en la sociedad francesa.

Aquella algarada de gente bien la frenó en seco el General Charles de Gaulle simplemente con una alocución por la radio. Ni siquiera tuvo que meterse en la televisión y exhibir el uniforme con el que había combatido durante la Segunda Guerra Mundial. Viendo lo que ha sucedido en Ceuta, creo que es útil preguntarse si no habrá sido un mero ensayo de los marroquíes para quizá una acción más seria. Porque el Rey sigue reclamando Ceuta y Melilla y sabe que cuenta con el apoyo incondicional de los Estados Unidos, convencidos sus presidentes desde hace ya un tiempo que el reino hachemita es el mejor muro que pueden tener para detener el terrorismo yihadista. Naturalmente no es más que una hipótesis pero que los servicios secretos estadounidenses consideran muy válida.

Marruecos tiene otro reproche que hacerle a España: el Sahara que no todo el mundo reconoce como territorio marroquí. España poseía como provincia española en África el llamado Sahara Español desde 1958 a 1976. Este año se produjo la llamada Marcha verde, una impresionante multitud lanzada por el gobierno marroquí en las arenas del Sahara contra la posesión española, que al parecer el entonces jefe de gobierno español, Francisco Franco, no quiso o no pudo defender y España tuvo que retirarse. Esa parte del Sahara quedó sin signo definido y desde entonces el Sahara Occidental es reivindicado por Marruecos, que lo ocupa, y la llamada República Arabe Saharaui Democrática. La monarquía hachemita tiene detrás del Rey, todavía joven, a su hijo, Moulay Hassan, de 18 años de edad, del que se sabe poco o nada pero que podría perfectamente proseguir la campaña de “recuperación” emprendida por su familia. Y la multitud de jóvenes marroquíes que no tienen trabajo o que si lo tienen carecen de perspectivas realmente agradables pueden perfectamente inclinarse en favor de las pretensiones anexionistas de la Corona como pueden no hacerlo.

Pero la desesperación lleva a todo.

 

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