Luvia y arena

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Aprendió a cabrearse al ritmo del mar Mediterráneo, que lo tenía en total y continua comunión frente a sus narices en cuanto saltaba de la cama. La verdad es que nunca saltó de ninguna cama, más bien se arrastraba buscando el suelo.

El Mediterráneo es el más cabrón de los mares porque casi nunca dice nada. Es una mujer colérica y mal educada, además de estúpida, que de pronto se revuelve como si fuera un Cantábrico macho y cuando menos te lo esperas es una balsa transportadora de todas las mierdas que la gente echa al mar. Pero los turistas, todos imbéciles de nacimiento, por eso se les llama así, sino se les llamaría conquistadores, folladores o luciérnagas perdidas en la mañana, a los turistas les da igual. Ellos lo que quieren por lo menos una vez por año es poder meterse en un baño de agua que ya apenas tiene sal, lamida por todos los asquerosos bichos que pueblan el mar, y creerse que eso es la vida.

Conozco o he conocido, porque ya no conozco ni a mi perro, muchos parisienses que vivían pensando en el verano. Como el Sena no es apto para los baños, salvo para los suicidas, que en realidad se envenenaban y no se ahogaban, tienen que esperar julio y agosto para correr como imbéciles adulterados por el calor a las playas que con un empujón kilométrico encuentras no lejos de Paris, en le Touruet, o la esperpéntica Deauville.

En le Touquet alquilamos un año, sin verlo previamente, claro, un lugar donde pasar un mes y cuando llegamos resulto ser una hermosura de lugar, metido en las profundas arenas de la playa, una casa colonial donde por lo menos e habría suicidado Stefen Zwight, aunque dicen que se suicidó en Brasil.

Es el único lugar en el mundo donde me hubiese gustado quedarme toda la vida. Cuando entramos tuve la impresión de que me había metido en el decorado de aquella novela titulada “Vinieron las lluvias”, en la que un llamado Louis Bronfield  me daba el gusto por la India, por todos esos territorios lejanos, inhóspitos, desconocidos para mí. Llegan las lluvias, las pandemias, el horror, el heroísmo, y surge un buen doctor, que ha estudiado en la Inglaterra colonial pero que es hindú o indio que no se como se dice. Y al fondo de todas las catástrofes del mundo, paseando como en un desfile encima de la hartura de muertos comidos por las aguas pestilenciales, una dama de la media nobleza británica, Lady Edwina, que no quiere a su esposo . el tampoco, prefiere el gin tonic o sin tonic. Rama Safti /en el cine fue Tyrone Power, imaginen el tipazo de indígena pasado por las escuelas británicas y enamorado de una lady.

Pero yo quería hablarles de la casa de Le Touquet. Es la primera vez que me ocurría semejante cosa, enamorarme de una casa, pero era un lugar de ensueño, rodeada de esas arena que no se da más que en esa parte de Francia. Fueron días muy felices, por primera vez con toda la familia, mis hijas, mi esposa, su hermana, su esposo, un tahúr que podría haber figurado en el reparto de “Cuando vinieron las lluvias”, en realidad era Vinieron las lluvias, pero a mi me gusta mejor así. Le Tourquet era entonces un balneario elegante, con boutiques que encontrabas en Cannes o en París, naturalmente, y con precios parecidos. Pero por aquellos tiempos yo ya era un periodista que trabajando día y noche conseguía dar la impresión de tener dinero. Mi banco se encargaba de los números rojos.

Me enamoré una vez más, aunque no diré de quien, pero sepan que toda mi vida, incluso ahora, cuando escribo lo que nunca quise decir, he estado enamorado. Las mujeres tienen esa facultad de hacer nacer el amor, como el odio, por donde pasan. Es cierto, que la factura siempre es muy onerosa, pero ¿tienen ustedes idea de lo que es estar enamorado, aunque solo sea u mes y medio, de una dama que lo peor que te puede decir al volver de las vacaciones, en una conversación telefónica, cuando ya la lluvia se ha apoderado del Tourquet: “Estoy embarazada”.

Ya no recuerdo si a Tyrone Powers, bueno al doctor indígena educado en las mejores universidades ingleses, le pasó algo parecido. Porque las inglesas también se quedaban embarazadas y ellas nunca querían abortar porque sabían que después de que se fueron las lluvias que había matado a toda su servidumbre, no le quedaría más que el hijo fabricado en un leche con mosquitera y sin bragas. Porque hasta las inglesas sabían eso. La braga era esencial para el compromiso.

Luego, luego, ocurrieron muchas cosas. Las aguas de la India se fueron a su casa, el Tyrone Power se cansó de ser médico de perdedores y cuando fui a ver la casa de Le Touquet que me había embrujado, me encontré con que la habían transformado en pisos espantosos, pero, eso sí, con vistas al mar Maldita civilización que no quiere más que dinero. Malditos políticos. Malditos todos yo.

 

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