Mentiras sin vacunar

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Desde que apareció la pandemia del coronavirus chino –acabamos de entrar en el segundo año- las mentiras de todo tipo nos han inundado hasta sembrar la mayor confusión ya se trate de la eficacia de las vacunas, como del valor de la misma, su peligrosidad y todo cuanto puede imaginarse. Mienten los gobiernos, los encargados de la salud a nivel mundial o europeo, mienten los médicos, mientes los científicos, que nunca se habían tropezado con un problema tan difícil, mienten los periódicos en nombre de las políticas gubernamentales y mienten hasta los camareros.

La mentira es el signo más visible del coronavirus. Y viene del hecho de que más de un año después de estudio, los científicos están como al principio, sabiendo lo mínimo e intuyendo el resto. Las diferentes vacunas que están en el mercado, producidas por grandes laboratorios cuyo objetivo es vender más y más caro sin tener en cuenta el bienestar del paciente, son objeto de mil polémicas. Los propios profesionales se enredan cuando afirman que tal vacuna es mejor que la otra y que, aunque algunas de estas maravillas de la ciencia provoque efectos secundarios serios (ha habido varios muertos), porque se ha establecido un lema publicitario que repiten como gallinejas médicos, asimilados, actores pagados y otros interesados directamente de que es mejor sentir efectos secundarios, por severos que puedan ser, que rechazar la vacuna y morir. Lo malo es que ya ha muerto más de un vacunado.

La mentira y el susto se han aliado en esta venta desesperada porque los millones de vacunas que inundan todos los mercados del mundo tienen que venderse sea como sea. No vender es fracasar y aquí se trata de millones y millones de euros tirados al rio. Y los laboratorios farmacéuticos no pertenecen a organizaciones caritativas sino a empresas multinacionales cuyo único objetivo es el lucro. Se trata, pues, de que todo el mundo acepte la vacuna que le toque (hay cuatro o cinco marcas y habrá otras) sin rechistar, convencido de que los médicos han escogido la mejor para él teniendo en cuenta su edad.

Lo malo es que si la publicidad de las marcas y de los gobiernos no cesa, tampoco se para el murmurar de la gente que sabe de un modo u otro que tal vacuna, y no otra, puede ser mortal. La mentira es un método de lucha conocido desde la más lejana antigüedad. ¿Quién no ha oído hablar del Caballo de Troya, con el que los aqueos, enemigos jurados de los troyanos, consiguieron meterse en la monumental ciudad de Troya y conquistarla, pasando por el cuchillo a todo bicho viviente?

Más cerca de nosotros hubo las armas de destrucción masiva que había supuestamente en Irák, según juraban gente de gran prestigio, azuzadas por el demente y alcohólico presidente George Busch, el ministro británico Blair, otro individuo tan inútil como los dos anteriores, capaz de cualquier cosa por las doce monedas de Judas, y el español Aznar. Todos se confabulan para invadir Irak pretendiendo que hay que destruir cuanto antes esas armas masivas, que no existían más que en la imaginación calenturienta de un Bush borracho que con mil prebendas hizo que su lacayo de siempre, Inglaterra, se pusiese a su lado, y añadió a España. Y el 20 de marzo de 2003 destrozaron un país llamado Irak.

Por supuesto, no había armas diabólicas ni mucho menos, Mentiras, mentiras y mentiras. Mentiras en la guerra y mentiras y medias verdades en la paz. Desde que el virus saltó de China o lo mandaron desde allí con la intención de facilitar que China se convirtiese en la primera potencia mundial, lo que es ya casi una realidad, vivimos en una guerra sin cuartel que es un cuerpo a cuerpo insólito.

Lo peor es que cuando han llegado las vacunas, algunas de ellas han sido puestas en entredicho. Si hubiesen sido producidas por un organismo estatal, respetable, como el Instituto Pasteur, de París, organismo oficial de reputación mundial desde siempre, la cosa hubiese sido mejor recibida. Pero resulta que una serie de laboratorios, de las que no se conoce absolutamente nada sino las ganas de ganar dinero, han salido al mercado vendiendo vacunas como si fuesen naranjas. Nadie en el público conoce esas entidades cuyo objetivo número uno, como toda empresa comercial, es ganar el máximo de dinero en el menor tiempo posible,

Por el momento las vacunas funcionan a trancas y a barrancas salvo una, ya prohibida en varios países pero que en otros como España están debidamente autorizadas y que son las que han provocado muertes y reacciones menores pero graves. Pero los gobiernos, que rigen el reparto de vacunas, y de este modo controlan la población diciéndoles si pueden salir a la calle o tienen que quedarse encerrados en sus casas, no se cansas de cambiar de parecer. El perdedor es el ciudadano que creía estar atendido por grandes especialistas y se encuentra que lo que más funciona en esta lucha contra el coronavirus son decisiones gubernamentales tomadas por incapaces que muchas veces no tienen que ver nada con la salud sino con la “seguridad” del país y el control férreo de sus habitantes.

Nadie sabe lo que pasará. En el mundo entero se vacuna a troche y moche, salvo que en países como Estados Unidos o Francia usted puede obtener una vacuna voluntariamente hasta en una tienda y en Francia en farmacias y en las consultas de médicos acreditados. Pero no hay imposición rígida: o te vacunas o te mueres. En el resto del mundo, y en Europa en particular, es una junta, que podrían vestir uniformes, que dicen lo que hay que hacer. No le importan los caídos sino que todo el mundo esté vacunado para tal fecha. Es la peor guerra que el mundo ha tenido que enfrentar, porque no tenemos ningún ejército que nos defienda. Salvo que los líderes naturales que son los jefes de gobierno se desentienden, se vacunan ellos mismos, y esperan a cuánto ascenderán los muertos porque, además, en España como ejemplo, no se prohíben actos de puro jolgorio y borrachera en que la gente suele contagiarse más de la cuenta. Personalmente tengo la impresión de que estamos jugando a la ruleta rusa. Aquel “juego” que consiste en vaciar el cargador de un revolver. Quitar las seis balas y no dejar más que una. Acto seguido se le da una vuelta al barrilete que solo lleva ya una sola bala. El jugador apoya el cañón en su sien y acciona el percutor. Vida o muerte.

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