Mentiras

Sergio Berrocal | Newsoncuba

¿Qué sería el mundo sin las mentirijillas, las mentiras piadosas o las más extravagantes que pueden enfrentar a países y a gente de importancia decisiva?Todo el mundo miente, a veces simplemente por presumir, otras por necesidad de aguantar el tipo pero quienes más lo hacen y siempre con intenciones aviesas son los políticos, a los que pagamos para que sean virtuosos, irreprochables.Pero es la naturaleza. La verdad es aburrida y casi nunca totalmente conveniente. Una mentirijilla, aunque solo sea para caso de emergencia, da picante a la vida. Se mienten los enamorados o que ya no lo están, mienten los niños porque les han enseñado y sobre todo los grandes de este mundo que basan su poder en no decir totalmente la verdad. Desde los tiempos más antiguos. Ulises mentía probablemente a Penélope, Hemingway también lo hacía cuando se jactaba de haber llegado a Europa desde la entonces lejana América sencillamente para ver una guerra. ¿Imaginan qué atrocidad? Como para asistir a un espectáculo.Como si los libros que unos y otros han escrito no contuviesen más que verdades a prueba de todos los artefactos que se han inventado para sacar la verdad de la boca del otro. Porque no se puede estar diciendo constantemente verdades y querer que te quieran. Cuando una mujer hace el amor con un hombre o con una mujer, la fantasía a la Anais Nin se mezcla con la emoción y los sentimientos imperantes en ese momento. Decir “Amor mío” no compromete a nadie pero da una sensación de confort, de alegría y ya es bastante.

¿Dónde empezó la mentira? Probablemente en los primeros libros que se escribieron tras la llegada del hombre a la tierra. ¿Alguien puede creerse realmente el cuento de la serpiente, la manzana y la Eva desnuda como en un cabaret de gogos para decir que allí y con el pobre Adán se cometió el primer pecado fatal? Habría que llevar encima un detector de mentiras cuando nuestro tendero nos asegura que los tomates que nos está ofreciendo son los más naturales que puedan encontrarse en la tierra, que no han pisado nunca una nevera sofisticado y que no se han criado con materias que normalmente estarían prohibidas. ¿Pero quién se come una ensalada escrutando cada hoja para tratar de averiguar si su procedencia es “bio” o un campo cualquiera mal regado, mal pensado y peor recogido? Pero lo principal es que el tomate nos sepa maravillosamente aunque tal vez los ingredientes que lleva en lo más profundo de su alma provocarían una pandemia. Pero somos gente de razón. Los pesos de los tenderos mienten, sus productos también y él es el rey de los malabares, el falso pastor que en las películas del Oeste se paseaba llevando en la mano un frasco con líquido milagroso, capaz de curar todos los males, hasta los balazos.

Podríamos averiguar la verdad, indiscutiblemente, aunque fuese con mucho esfuerzo. ¿Pero a quién le interesa saber realmente que el amante que dice a su amada que llega de una reunión urgente y pesadísima viene en realidad de un hotel donde ha pasado la tarde con otra mujer, o con otro hombre? Nos arregla la mentira, hace la vida más fácil y en todo caso menos penosa y grasienta. Los niños saben que sus padres les mienten cuando les dicen que son el alma de sus vidas, les mienten los profesores que quieren quedar bien. Y cuando cumplen los doce años están perfectamente diplomados en mentiras.

Hay que reconocer quizá que las mujeres mienten bien, porque tienen facilidades que en un teatro les valdría aplausos y porque es necesario que él, que se cree el amo, el dueño del universo, no sepa por todas las angustias que ella pasa para que todo funcione bien, en la casa, en el garage donde el coche pasa más tiempo que lo normal, y en cualquier pequeñez de la vida. Decir la verdad automáticamente, sin medir las consecuencias, es un crimen que trata de evitarse por todos los medios. No olviden nunca que las mujeres tienen la regla, lo pasan regular a hora fija todos los meses y son la caverna del nacimiento. Un hombre que trata de abrirse paso en un mundo donde tiene que competir con embusteros más refinados que él, donde el chanchullo prima sobre las cualidades reales, no tiene más remedio que inventarse, jugar con las mentiras, aunque solo sea al límite de la verdad, para no parecer un desgraciado, un perdedor de capa y espada.

Recuerden la chulería de los mosqueteros del Rey en cualquier obra de Alejandro Dumas. Más que con sus espadas, perfectamente afiladas y de un acierto temible, hacían sucumbir a los malos con su verborrea, sus engaños, la vistosidad de un uniforme recién salido del sastre pero todavía no pagado. Y llegamos a la madre de todas las mentiras, la prensa, los medios de comunicación que en los últimos años, con el desarrollo de la informática, se han convertido en vectores de todas las opiniones que cualquiera quiere tener y exponer. La prensa, radios, televisiones, luchan por la audiencia que les garantiza el empleo y para ello hay que tenerla contenta. Cualquier observador poco agudo es capaz de darse cuenta de que la versión sobre el accidente de coche en la Nacional 1 difiere según el medio que lo cuente. El interés, los intereses creados más bien, hacen que haya que buscar un acomodamiento entre la verdad absoluta y los arreglos que se pueden hacer para no molestar a tal sector de la audiencia o de los lectores.

Todos los gobiernos tienen un batallón de asesores, periodistas ya de vuelta en su mayoría, que están ahí para contar lo que el gobierno quiere que se sepa pero sin provocar clamores de rabia. Al contrario todo tiene que estar bien. Si el presupuesto no alcanza, habrá que inventarse una triquiñuela para que los obreros no se enfaden demasiado cuando ven que una parte de ellos dormirá los próximos meses en el paro. Todo se hace por la felicidad de la gente, el elector, el que tiene que dar su voto y esto es importante. Estados Unidos inventó los llamados relaciones públicos, mitad periodistas mitad truhanes, encargados de hacer pasar las más aviesas mentiras por verdades mal entendidas. Todavía en este siglo XXI en el que la prensa es un batiburrillo que se extiende por las pantallas de los ordenadores, las ondas y hasta por el papel del diario clásico, la imagen del periodista, del public relation, del encargado de convencer de la bondad del senador tienen la primera fila de la importancia en el constante pelear por imponer al público lo que se quiere imponer. Y luego están los aficionados que no saben nada pero que quieren lucirse.

En el siglo XIX y más allá, los judíos eran representados como gentuza a la que no interesaba más que el dinero, la rapiña más bien. En tiempos de Hitler, creador de los campos de concentración donde perecieron millones de judíos y otros que ni siquiera lo eran, el judío era el ser más detestable, al que se le atribuían todos los males del país. Hoy los descendientes de esos mismos judíos, asentados en un próspero Estado de Israel que cuenta con las simpatías y la ayuda infinita de los Estados Unidos, se han olvidado de lo que hicieron con ellos y tratan de destruir sin miramiento a los palestinos, en cuyas tierras viven por decisiones políticas después de la Segunda Guerra Mundial. Pero aquí nadie o casi nadie dice nada. Los famosos combates de piedras contra balas de calibre máximo entre palestinos que apenas pueden vivir y tropas del ejército de Israel perfectamente preparadas ya pasan por anécdotas. Y si se tiene la dicha de tropezar como actualmente con una pandemia que está destruyendo el mundo, mejor que mejor. Los palestinos tendrán menos derechos, se podrán ocupar más fácilmente sus territorios mientras el gordo presidente de Estados Unidos se prepara a instalar su Embajada en Jerusalén, dejando a los palestinos sin más recursos que las piedras contra los cañones.

Pero todo esto contado por una cierta prensa no sabe igual. Los partidarios de Israel, muchos y poderosos, saben manejar las fichas de la credulidad, y los campesinos que no quieren más que les dejen cultivar sus tierras y vivir en paz pasarán hábilmente por bandidos.

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