Mi último café au lait

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

No soy ni guapo ni rico ni siquiera seductor. Sólo he presumido siempre de haber tenido una vida de película, privilegio del periodista que siempre he sido y que ha vivido por lo menos mil doscientas veintitrés vidas. He llorado y reído, me he emocionado y a veces he caído en la más profunda depresión. Mi vida es un compendio de vidas, como el buen cine es un reflejo de lo que vivimos y de lo que morimos. Una amiga entrañable, maravillosa periodista y a la que recuerdo por la risa más perlada del mundo mundial, pero que no me quiere como yo siempre la he querido, se escandaliza de que presuma de haber tenido una vida de película, cuando “el cine no es más que una mala copia de lo vivido”.

De muy joven empecé a huir de una realidad que me partía el alma y que de chiquillo había astillado mis tirabuzones rubios. Llegó un momento en que descubrí el cine y comprendí que pasara lo que pasara, por mucho que el sol no quisiera acostarse al oeste, siempre conseguiría noventa minutos de paz y de regocijo por unas pocas pesetas (todavía no se había inventado el ruinoso euro). Me imaginaba con el cigarrillo siempre encendido de Humphrey Bogart en las comisuras del idilio con la más sensual de las gélidas actrices, Ingrid Bergman. Cary Cooper y John Wayne me enseñaron a codearme con el valor. Y mi primera novia fue la sirena Esther Williams pese a que yo no sabía nadar. Cuando conseguí ser aprendiz de periodista en el semanario “Cosmópolis” de Tánger, simultaneaba los sucesos horribles (un día me desmayé en un hospital porque una maravillosa muchacha me contó cómo le habían aserrado el pie en plena calle para salvarle la vida) y la “crítica” de cine, es decir que contaba el contenido de los estrenos en Tánger, ciudad internacional de un Marruecos que ya no existe más que en el trasfondo de mi cerebro. Empecé a frecuentar el Cine Roxy, que me parecía el más elegante de la ciudad, y la misma magia de la adolescencia guió mis pasos. Nunca más paré de considerar que lo bueno que se contaba en las pantallas formaba parte de mi vida. Yo protagonizaba todas aquellas historias que me seguían haciendo gotear las lágrimas o que sencillamente me daban alguna razón más de creer. Por lo menos, en la pantalla los Al Capone se pudrían en cárceles miserables. Mientras la pantalla me ayudaba a hacer huir mis fantasmas heredados de una infancia escasa en padre, el ejercicio del periodismo me hizo descubrir otra vida de película. En el París de los 60 conocí a gente miserable y otra admirable, hombres y mujeres que me hicieron soñar y otras que me llevaron a la desesperación. Buenas y malas pero todas ellas asomadas a los balcones de una vida de película, la que ellos vivían. Era la ventaja de ser periodista. Ganabas apenas para mantenerte fuera del umbral de la pobreza pero aunque tuvieses una gabardina medio raída o zapatos asqueados de tantas medias suelas te dejaban entrar en hoteles particulares donde la manera de vivir era totalmente distinta, donde los refrescos eran a base de champán perdido en el tiempo de las bodegas de Champagne, y los huevos duros de mis almuerzos los reemplazaban suaves canapés de caviar. Los hombres respiraban suficiencia y las mujeres transparentaban seda salvaje. Asistí a más de una fiesta que hubiese podido figuraren “La dolce vita” o en “Il gatopardo”. Enamoré y me enamoré de más de una señora en medio de suaves lencerías.

Luego, junto a un tal Mario Vargas Llosa, y otros cuantos anarquistas periodistas españoles, huidos de Franco, me dejaron entrar en la Agencia France Presse (AFP), que era como la capilla sixtina para mí, y formé parte del primer equipo de periodistas que se encargó de enfrentarnos con nuestras noticias a las demás agencias y periódicos en América Latina y España. Casi cuarenta años de amor indestructible.

La AFP fue mi novia, mi amante y mi esposa. Nunca podría devolverle todo el amor que me dio y todo lo que me enseñó. Me enseñó a ser periodista y, sobre todo, hombre.

Ya sé que hay algunos que no se atreven a hacer tal confesión por envidia, porque nunca pudieron conseguir entrar en la AFP y porque tampoco supieron dónde estaban. De gentuza está el mundo lleno. Vargas Llosa, pese a su Premio Nobel, se acuerda de vez en cuando del poco tiempo que pasó en aquella agencia de la Place de la Bourse y del que pasó con gente menos suertuda que él. Otro gran escritor fue Julio Ramón Ribeyro, igualmente gloria de las letras peruanas, nuestro mejor elemento en la Redacción. Hubo otros poetas pero todos éramos ante todo periodistas de la AFP, el mejor título que en aquellos tiempos podía exhibirse como garantía de calidad. Hoy ya no sé. Me mandaron a la calle con champán una noche en Montevideo, aprovechando que tenía la edad oficial de la jubilación, porque aquel muchachito ya les molestaba para sus futuros planes.

Eran tiempos de enamoramientos porque la edad lo mandaba. Eran momentos de compartir amor y siempre o casi siempre lo sublime hacía huir a la vulgaridad que habría padecido irremediablemente de no haber dispuesto del sésamo que abría esos estudios donde Brigitte Bardot rodaba una de esas películas que apasionó a toda una generación. Y tú, parapetado en tu camisa blanca de nylon de los domingos mil veces lavada en la bañera estrecha y oscura del hotel Houdon de la rue Mouffetard con más alegrías que recuerdos de Ernest Hemingway. Y conocías a una de las maravillas del cine de aquellos momentos en París, la actriz norteamericana Jean Sebergque quería ser más famosa que Juana de Arco. Llegaba huyendo de las deliciosas salchichas con mostaza y cebolla que vendía su padre en uno de esos pueblos de Estados Unidos que nosotros siempre conoceremos sólo por el cine. En un teatro me tropezaba con la cantante Juliette Greco, con su eterno vestido negro, y con la novelista Françoise Sagan, de una cierta sonrisa equívoca formateada por el güisqui con cine. Un día, mis zapatos mocasines pagados con muchos huevos duros no rotos y menos comidos se acercaban a los de Gene Kelly y charlábamos, él con unos extravagantes dientes a la Obama, que contrastaban con los míos a punto de ortodoncia. Cada cual a nuestra manera éramos felices.

Estoy en la última recta de la vida y el cine sigue alentándome, dándome razones de esperar que un día, que yo no veré, el mundo no será peor. Ya sé, me dirán ustedes, eso son cosas de película. Y es verdad que para que el cine te haga soñar hoy hay que ir casi a la cinemateca. La gente que reemplazó a Federico Fellini, a Frank Capra tiene tanto talento como una berenjena de invernadero. Nunca más podré ser Escarlata porque nadie será capaz de volver a rodar “Lo que el viento se llevó”. Y tampoco el Joe Bradley que encarnaba Gregory Peck en “Vacaciones en Roma”. Allí estaba también, y sobre todo, Audrey Hepburn,la de los tremendos ojazos andaluces.

Es probable que Armando Manzanero aparezca una mañana en esta playa de mi isla africana, en medio de mi descafeinado con leche y sol, para recordarme con su voz velada que han pasado los años, que han cambiado las cosas…

Nota bene.- Han pasado muchos años, estamos casi al principio del final. Manzanero ya no vendrá a mi playa. Se fue antes que yo. Unos tienen más suerte que otros. Mucha de la gente que me conoce piensa que he tenido una vida de camino real. Quizá, aunque yo no lo siento así. Porque cuando se fuma un cigarrillo tiene que saber bien hasta el final. Y a mí las últimas bocanadas me saben a alquitrán. Quizá he sido demasiado ambicioso. Tal vez he llegado a creerme inmortal. Y quién sabe si no lo soy. Pero en este último tramo, que puede prolongarse, me puede más el rencor por los errores que cometí, el arrepentimiento por cosas que no hice bien. Y no consigo perdonar. Me pregunto si Jesús perdonó de verdad cuando estaba en la cruz. Pero puede que todo estribe en que le pedí demasiado a la vida. Y la vida pasa factura cuando supone que hemos gastado demasiado.

Cuantos escupitajos se me quedarán en la garganta cuando deberían haber alcanzado a los traidores, falsos amigos y cobardes. Pero todo mi amor fue para los que lo merecieron. Sobre todo ellas que me amaron como no se puede ni soñar y cuando más necesitado estaba de esa singular vitamina.

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